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miércoles, 20 de enero de 2010

La Teoria del Caos y la Guerra

LA TEORÍA DEL CAOS



Y LA TÁCTICA DE GUERRA EN EL CAOS




POR NICOLE SCHUSTER





“El mundo nos aparece lógico porque



primero lo hemos logificado”



Nietzsche







Introducción

Desde los inicios de la historia de la humanidad, las autoridades que ejercen el poder sobre sus súbditos han elaborado sistemas de comprensión del universo, que procuran, en un cierto sentido, aliviar la ansiedad de los hombres frente a un entorno cotidiano regido por la adversidad y los caprichos de la naturaleza. En occidente, luego de que varios sistemas de organización del conocimiento representados a través de la mitología, la filosofía y la religión se sucedieran, la ciencia empezó a asumir el rol que esas formas rivales se habían adjudicado antes de ella. Ello se realizó a partir de Newton, cuando el físico inglés brindó el cuadro teórico-racional que convirtió a la ciencia de la naturaleza en el nuevo cuerpo epistemológico, desplazando de esa manera a la concepción cosmológica totalizante de la Iglesia cristiana. Al mismo tiempo, una buena parte de los ingenieros de la guerra vieron el desarrollo de la ciencia con buen ojo, pues ésta se empeñaba en corregir la dirección equivocada en que el enfoque empirista aristotélico había encaminado a la balística durante toda la Edad media. Desde entonces, pese a algunas rupturas, la ciencia y la guerra han ido siguiendo una línea de cooperación que ha ido apuntando hacia un mayor control sobre el hombre y el mundo en general.



Hoy en día, esta simbiosis entre el campo de la ciencia y la guerra se deja notar con más pujanza a través del interés que los círculos militares y políticos muestran en la teoría del caos y de la complejidad, que surgió hace tres décadas. Este interés se debe a que los militares y gobernantes ven el orden político-social actual como un mundo caracterizado por la complejidad, la conectividad y el cambio rápido. Según ellos, la globalización ha dado lugar a un nuevo tipo de amenazas que transcienden los confines territoriales de los Estados-nació n. De ahora en adelante, la soberanía de los Estados occidentales peligraría frente a enemigos nebulosos tales como las redes internacionales terroristas y de narcotráfico, el crimen organizado, los movimientos anti-globalizació n, el incremento del número de Estados en decadencia, así como la urbanización descomunal en los países del Tercer Mundo[1]. Es en este contexto de lucha contra las amenazas asimétricas que se inscriben la transposición literal del marco conceptual de la ciencia del caos hacia el arte de la guerra y la adecuación de las modalidades tácticas de combate a este cuadro científico.







La ciencia del caos y de la complejidad







La integración de los principios de la teoría del caos en el arte de la guerra y la geoestrategia no pudo realizarse sin que antes los científicos y estrategas militares se alejaran del modelo de pensamiento lineal encarnado por McNamara durante la guerra de Vietnam, y encontraran otro menos determinista y más representativo de la realidad.



Es el ruso galardonado con el Premio Nobel de Química en el año 1977, Ilya Prigogine, quien potenció el proceso de trasladación de una modalidad de predicibilidad determinista laplaceana a otra en que el discernimiento de las causas no conduce necesariamente al conocimiento de los efectos. Partiendo de la termodinámica, y particularmente del principio de entropía, Prigogine echó las bases de la ciencia del caos al plantear que el universo es un espacio abierto en constante construcción, en la cual participan activamente tanto la naturaleza como los hombres. De ahí en adelante, los científicos no pensaron el mundo en términos de sistemas cerrados en los cuales reina un orden programado por agentes exteriores, sino que lo vieron conformado por conjuntos de redes conectadas entre sí, que obedecen a una lógica compleja de interacción en su seno y con su entorno. El enfoque es tan diferente de los sistemas anteriores y abarca una visión de la realidad que sobrepasa tanto los confines de la física clásica, que su metodología de interpretació n de los fenómenos que rigen la vida fue acogida con gran entusiasmo por numerosos campos de la ciencia[2].



Apenas sedimentada[3], la ciencia del caos estrenó un nuevo léxico, al que una plétora de vocablos como emergencia, efecto mariposa, fractales, bifurcaciones, borde del caos, agentes de cambio sirvió de andamiaje. Es verdad que la ciencia tanteaba un terreno inexplorado y que necesitaba de una nueva terminología, pero seguramente deseaba al mismo tiempo demarcarse de los sistemas epistemológicos tradicionales y ostentar su capacidad de innovación.



Uno de los primeros conceptos a ser concretizado es el de “emergencia”. Como lo señalábamos, para la ciencia del caos el mundo está regido por redes interconectadas y dinamizadas por flujos intrínsicos sujetos a los cambios espacio-temporales. La actividad interna de los flujos puede ser energizada bajo la interacción de unidades que experimentan un proceso de auto-sincronizació n y del cual emergen propiedades colectivas. Éstas, a su vez, pueden llevar a que el sistema se re- auto-organice en una dirección totalmente diferente de la preliminar. En este marco de evolución de fenómenos “complejos”, las relaciones ya no son vistas como operaciones sino como una reproducción continua[4] que convierte cada proceso de intercambio en una estructura protozoaria de la cual está excluida toda perspectiva reduccionista. Es de la progresión evolutiva de este tipo de procesos complejos, de donde emergen otras estructuras promovidas por agentes de cambio, que proviene el término de “emergencia”. Como se puede apreciar, el dinamismo del proceso interno de los sistemas complejos lleva a que elementos/interacci ones no previstos puedan modificar una estructura en su integridad. Además, aun si las contingencias que hacen variar la evolución de un sistema complejo son, a corto plazo, casi imperceptibles, a largo plazo pueden tener consecuencias considerables. Esto lo ha conceptualizado uno de los pioneros de la teoría del caos, Edward Lorenz, con la imagen metafórica del “efecto mariposa”[5], aunque este fenómeno, también llamado de “sensibilidad a las condiciones iniciales”, había sido ya estudiado en el siglo XIX por el matemático francés, Poincaré.



Otra evolución caótica que un fenómeno complejo puede experimentar, es la que Benoît Mandelbrot llama la formación de “fractales”, o sea “la reproducción a gran escala de partes de un todo, como ramificaciones, las cuales pueden sufrir ligeros cambios y cuya forma puede ser extremadamente irregular, interrumpida o fragmentada”[6]. En realidad, el efecto dinámico de los fractales tiene una cierta semejanza con el efecto mariposa, porque, al igual que el esquema de Lorenz, revela que de una situación dada nacen varios ciclos que se mezclan con otros, y este proceso de articulación desemboca en una realidad totalmente diferente de la anterior.



Esas observaciones, hechas en base a la visualización gráfica por computadora, llevaron a los científicos a plantear que las variaciones que hacen desviar un sistema caótico de las condiciones iniciales resultan del surgimiento de unidades/agentes de cambio. Sin necesidad de ser controlados desde el exterior, estos últimos hacen avanzar el proceso puesto que son dotados de un alto grado de autonomía y de una gran capacidad de adaptación/sobrevive ncia. La interacción continua y compleja provoca por lo tanto una dinámica colectiva, la cual empuja el proceso hacia la auto-organizació n y la formación de un nuevo modelo amoldado a la situación que emerge. La evolución del proceso es estudiada de cerca por los científicos y militares, que ven en ella varias etapas fundamentales, constituidas, por ejemplo, por la aparición de “atractores”[7], que son puntos que surgen en el sistema y hacia los cuales las trayectorias se dirigen[8]. Los atractores pueden aparecer de forma individual o múltiple, en cuyo caso se hace referencia a “cuencas de atracción”. Las cuencas de atracción, que son resultado del proceso de imbricación que se lleva a cabo entre los actores y el entorno, pueden formarse antes o después de una “bifurcación”, la cual es descrita como el momento en que los agentes llegan a un cruce formado por dos o varias ramificaciones, cada una de esas ramas representando una opción. La opción tomada por los agentes frente a esas bifurcaciones, y que depende mucho de la capacidad de adaptación de éstos, es decisiva, pues puede desembocar en un estado denominado “borde del caos” (edge of chaos), es decir “una posición intermedia entre la rigidez y la turbulencia"[9]. Los analistas de la teoría de la complejidad ven en este “borde del caos” la exacerbación de las contradicciones que precipita el conflicto hacia la solución. Para los analistas, este momento es fugaz y tiene que ser aprovechado de manera inmediata, dado que lo peor es quedarse estancado en la estabilidad. Eso lleva a la constatación que el proceso de sincronizació n desencadenado por la emergencia de agentes de cambio y el paso a otra forma de organización no excluyen la previsión en el corto plazo. Además, aún si las fluctuaciones impiden que se sepa con exactitud cual será la evolución del proceso, uno se está adecuando de antemano a la idea de un desenlace que puede diferir totalmente de lo esperado inicialmente. Estamos entonces nuevamente frente a una evolución con cierta predicción, que deja aparecer un orden dentro del caos[10].



Como vemos, la teoría del caos presenta una concepción del mundo sustancialmente diferente de cualquier cuerpo epistemológico elaborado en la historia. Al incorporar en su modelo de interpretació n la noción de contingencia y de azar, esta ciencia reproduce el mundo y las vicisitudes de la vida de un modo que sería más conforme a la realidad. Eso le daría la facultad de desentrañar las relaciones entre los entes y entre éstos y el entorno y, eventualmente, la de orientar la acción que ciertos factores, animados por una vitalidad inherente al proceso en el cual están involucrados, ejercen en el seno de esas relaciones. Esta mayor comprensión de la situación mundial, donde la incertidumbre es lo dominante, permitiría llegar a un estado de equilibrio, desde luego inestable, pero en el cual podemos incidir creativamente. Como lo señalaba Prigogine, ello significa que nos encontraríamos en un estado de transición permanente.







Clausewitz y el caos







Alan Beyerchen[11] fue uno de los primeros a estudiar la no-linealidad y los principios de la teoría del caos en la guerra. Para él, Clausewitz presentaba la guerra como una trinidad, cuyos polos eran respectivamente: la violencia y las animosidades; el azar y la incertidumbre (fricciones/ neblina de la guerra); y el aspecto político, del cual la guerra es un instrumento[12]. Según Beyerchen, al plantear que la guerra, en su evolución, oscilaba entre esas tres tendencias en interacción como si fuera suspendida entre tres centros de atracción, el estratega estaba aludiendo directamente a la noción de “atractores” perteneciente a la teoría del caos.



Tanto Beyerchen como el Mayor Mark T. Calhoun[13] de la US Army, coinciden en que la enseñanza de Clausewitz relativa a las fricciones habría inducido a los alemanes a modificar su visión de la guerra y a enfocarla como algo que excluye toda previsibilidad y estabilidad[14]. Para Calhoun, esta evolución hacia la integración y el control de las adversidades en la estrategia operacional se había encaminado en Alemania a partir de 1872, y se materializó poco después en la Auftragstaktik elaborada por Hans von Seekt. A diferencia de la Normaltaktik, que se refiere a un comando planificado y centralizado, la Auftragstaktik se realizaba en función de misiones tácticas descentralizadas[15] en que un comandante militar asignaba a un subordinado una operación de batalla, que éste último lideraba de forma autónoma. En este sentido, el Auftragstaktik era una modalidad de combate que les proveía a los líderes militares una visión global de los objetivos en la guerra y de la guerra, y un margen de iniciativa mayor, que les permitía adecuarse a la fluidez de la batalla[16]. El Mayor Calhoun señala que los militares alemanes «operaban en el filo del caos, al distribuir el proceso de la guerra a través de un control descentralizado que les posibilitaba gobernar las oportunidades emergentes, tipificar el entorno complejo de la guerra moderna, así como destacarse de la estabilidad al integrar las oportunidades que surgen desde el interior del proceso”[17]. De ello se desprende que el énfasis está puesto en la movibilidad, la rapidez y en una estrategia operacional que coloca la Auftragstaktik en la categoría de “guerra de maniobras”. Es evidente que ello no hubiera podido realizarse sin que antes ocurriesen grandes cambios en la organización logística, que los avances tecnológicos de la “revolución industrial” propiciaron.







Scientia non est potentia



(El anti-Bacon)







El Swarming en la teoría y el caos.







Hoy en día, se afirma que la integración de la tecnología de punta en el uniforme de combate del soldado, articulada a una táctica adaptada al entorno de caos que reina en el campo de batalla, constituye la aparente “panacea” para neutralizar a los enemigos asimétricos[18]. Los militares partidarios de la teoría del caos siguen en eso la misma línea que los analistas de la Rand Corporation[19], y pretenden que el desafío del caos y la complejidad podría contrarrestarse con un modelo de guerra “caopléxico”, respaldado por la numerización de los teatros de guerra. La táctica mágica para salir victorioso de los campos de batalla asimétricos se situaría en la modalidad de combate denominada “swarming”, o “enjambre” en español. Aunque es menester mencionar que el swarming no es nuevo en la historia de la guerra, por cuanto había sido aplicado por ejemplo por los Partos, los Scitas, las hordas de Gengis Khan[20].



Cuando abordan el tema del swarming, Arquilla y Ronfeldt hacen claramente hincapié a los principios de la teoría del caos, pues lo definen como una modalidad que incluye los principios de la geometría fractal[21], la descentralizació n, la adaptación y la capacidad de auto-organizació n de los “pods” frente a un entorno lleno de perturbaciones y de fenómenos emergentes. Presentan el swarming como el método de combatir ideal, porque es “amorfo y al mismo tiempo estratégico, deliberadamente estructurado y coordinado por una fuerza “pulsativa” constante y de fuego, que se caracteriza por combates de cuerpo a cuerpo, pero igualmente por posiciones tácticas de dispersión. Su funcionamiento óptimo es sin duda inherente a un despliegue de miríadas de unidades de maniobras pequeñas, dispersadas, que se llaman «pods» (o unidades agrupadas en enjambre, en manada) y que son organizadas en clusters”. La definición de Arquilla y Ronfeldt deja entrever el orden que surge del desorden, y el control que los agentes activos tienen sobre la situación. Según los estrategas militares, esta manera de conducir las operaciones tendría además una ventaja decisiva, puesto que las fuerzas amigas, contrariamente a las enemigas, estarían preparadas a que la recuperación constante de la incertidumbre en el proceso en curso lleve eventualmente a un desenlace totalmente diferente de lo ambicionado a priori. Como vemos, lo central de esta táctica es entonces jugar con las turbulencias de tal manera que se saque mayor provecho de la situación fluctuante. Como lo nota Alain Bousquet, esta organización fomentada supuestamente “desde la base” concordaría con los principios de la teoría del caos, puesto que los pods, conformados por agentes de cambio, responden con alta velocidad y flexibilidad a las situaciones emergentes, así como entran en coordinación entre sí, se armonizan y actúan sin tener que solicitarle a la instancia superior la autorización de proseguir con la opción que estiman la más idónea.







El swarming en la práctica. Un enfoque crítico.







Es interesante notar que la táctica de combate del swarming ha sido experimentada últimamente por Israel en Palestina, y fue aplicada en el conflicto contra Hezbollah en el 2006[22].



Asimismo, Leonard Wong[23] señala que en Irak se está promoviendo el surgimiento de jóvenes oficiales capaces de conducir varias operaciones de manera simultánea y alentando el uso de sus capacidades de organización y adaptación para responder prontamente a una situación de guerra dominada por el caos, la complejidad y el azar.



Sin embargo, la incapacidad que demostró el ejército israelí para doblar la voluntad de su enemigo libanés, así como el estancamiento de las fuerzas aliadas en Irak y en Afganistán prueban que la ambición de querer controlar por todos los medios las vicisitudes de la vida en función a intereses determinados y de tratar de reducir los riesgos a cero, resulta irrealizable.



Además, la indecisión que persiste en Irak y en Afganistán en cuanto al desenlace del conflicto evidencia los límites prácticos que la teoría del caos aplicada a la resolución de problemas sociales encuentra. Estos últimos son producto de contradicciones sociales e ideológicas, que implican una dinámica que no se soluciona solo con un proceso físico-biológico flexible. Por otra parte, la lógica de la teoría del caos, para la cual los fenómenos complejos tienen una capacidad auto-organizadora propia, no corresponde a la lógica de la táctica de combate preconizada por los militares, quienes pretenden trabajar con “la base” cuando los objetivos son asignados desde arriba. Ello muestra que, aun si a nivel de discurso se alaba la creatividad y la capacidad de adecuación a las situaciones emergentes, la descentralizació n no se realiza de forma automática y es difícil obviar la intervención desde arriba. Siempre hay un agente que controla y nivela la evolución del conflicto[24] a fin de orientar arbitrariamente el sistema hacia el objetivo operacional diseñado de antemano por los jefes militares. En esas condiciones, resulta utópico creer que la cultura militar, que se ha caracterizado desde milenios por una estructura piramidal, se metamorfosee, en el espacio de algunas décadas, en una organización de unidades independientes y proactivas. Asimismo, si bien crece la voluntad de adhesión a una mayor descentralizació n y auto-estructuració n, la guerra centrada en redes demanda de un importante nivel de centralizació n para respectar los términos del ciclo OODA basado en la observación, orientación, decisión y acción. El tratamiento de la información requerido en esas circunstancias necesita un tiempo que la neblina de la guerra y el ritmo acelerado impuestos por la dinámica del combate impiden.



Aparte de ello, como lo revela Leonard Wong[25], existe una distancia abismal entre teoría y práctica, entre tradición e innovación. Oficiales estacionados en Irak deploran la discrepancia que existe entre la enseñanza del Arte de la guerra y lo que el teatro de operaciones exige de ellos. Pocos son los jóvenes oficiales que desean tomar iniciativas y aplicar los arduos métodos de combate adaptados a la situación de caos y complejidad. Ni hablar de la mayoría de los militares antiguos que no reconocen ningún mérito en la promoción de agentes de cambio. La disconformidad entre teoría y práctica es tal que oficiales militares denuncian que no existe todavía un cuerpo doctrinal basado en el estudio exhaustivo y crítico de la guerra caopléxica y de la aplicación de sus enseñanzas. Tampoco se ha realizado hasta ahora una síntesis de operaciones en curso o pasadas que involucran los principios de la teoría del caos, por lo que este tipo de literatura tendría que salir directamente de los teatros de operaciones[26].



Como lo señalan los estrategas Qiao Liang y Wang Xiangsui en su libro La guerre sin restricciones[27], la informatizació n de la guerra representa en Occidente el eje que une todos los sectores de la tecnología que sirven en el campo de batalla, y puede, paradójicamente, derivar hacia un proceso de vulnerabilizació n de los países adeptos a la guerra centrada en redes. La tecnología se vuelve en este caso el centro de gravedad y, por ende, pone directamente en peligro las nuevas modalidades de guerra en enjambre.







Conclusión







En realidad, la propensión reciente a la clasificación de la situación mundial y de la guerra en función a parámetros científicos obedece a una lógica positivista muy peligrosa. La tecnologizació n del mundo, como expresión máxima del positivismo científico, y la asimilación de cada fenómeno de la vida a un principio científico esconden una deliberada deshumanizació n de las relaciones sociales y una voluntad de los círculos gobernantes de hacer neutros los mecanismos de control y la tecnología. Esta evolución perniciosa debe ser puesta al descubierto, dado que las poblaciones mundiales tienden siempre más a internalizarla y a aceptar que la tecnología dirija sus vidas, sin darse cuenta del peligro de ideologizació n y de pérdida de control que ello lleva consigo.