Las 5 pruebas del ser en sí de Dios
¿Que evidencia lo dicho?
Rikardo Zorpa
Realmente nada, es una cuestión de Fe, y la primera fe es en un ser en sí, más si no
hay esta fe en un ser en si no puede haber ninguna racionalidad ni sentido, solo
estaríamos en un mundo contingente y toda racionalidad seria instrumental y por
conveniencia.
¿Qué pensamos nosotros?
Que estamos en un mundo contingente irracional herido, pero
que si hay este mundo contingente fenoménico es
porque hay un en sí necesario arquetípico que se manifiesta en el para sí.
Este es el principio de inversión El ser en si se invierte y nos da el ser para
si
1→0
Para luego generar la síntesis en nuestra conciencia
1→0→10
Síntesis simbólica religiosa
Síntesis artística ideoléctica
Síntesis conceptual filosófica
Síntesis formal científica
No concebimos una mejor manera de explicar lo real simbólico,
artificial, conceptual, formal tanto ontológica como gnoseológicamente y esta
reflexión va desde los presocráticos Pasando por Hegel hasta una cibernética de tercer orden
que supere todo sistema abriéndonos al campo ontológico.
Pero también tenemos su reflejo partiendo del ser existencial
un Dasein un no ser en el mundo un ser para la muerte, teniendo como mediador
el ser en sí, y llegando a la nada pura alcanzando la liberación de toda
representación, la paz.
0←1←0
Más no hay experiencia pura si no hay ser en sí, en ese
sentido, el ser en si es fundamental para mediar toda experiencia.
Pero como te dije la base para pensar un ser en si es la fe
pero esa fe sostiene toda racionalidad y su inversión irracional, realmente no
se puede pensar en un mundo racional e irracional sin un ser en sí, si sacamos
el ser en sí, queda un mundo en completa incertidumbre contingente en el que
cada uno construye su cultura como le da la gana, no siendo ni racional ni
irracional, sino mediocre e instrumental donde las razones no tienen ningún fundamento
y lo irracional tampoco, simplemente hay instrucciones en sistema formales que
son funcionales, nosotros detestamos ese tipo de mundo y damos el salto de fe
hacia el ser en sí.
Dado ese salto tenemos ahora que reflexionar sobre el ser en
si ¿Qué es?
Y pienso que podemos probar sí que ese Ser en si es Dios para
esto expondremos 5 argumentos del libro
5 pruebas de la existencia de Dios de Edward Feser:
Examinaremos cinco
argumentos a favor de la existencia de Dios que pueden resumirse brevemente
como sigue. La prueba aristotélica empieza con el hecho de que hay
potencialidades que son actualizadas y argumenta que esto no puede tener
sentido a menos que afirmemos la existencia de algo que puede actualizar la
existencia potencial de las cosas sin ser él mismo actualizado: un actualizador
puramente actual. La prueba neoplatónica empieza con el hecho de que las cosas
de nuestra experiencia están compuestas de partes y argumenta que no podrían
existir si no tuvieran una causa absolutamente simple o no-compuesta. La prueba
agustiniana empieza con el hecho de que hay objetos abstractos como los
universales, las proposiciones, los números y los mundos posibles, y argumenta
que tienen que existir como ideas en un intelecto divino. La prueba tomista
empieza con la distinción real, en cada una de las cosas de nuestra
experiencia, entre su esencia y su existencia, y argumenta que su causa última
tiene que estar en algo que sea la existencia misma subsistente. La prueba
racionalista empieza con el principio de razón suficiente y argumenta que la
última explicación de las cosas sólo puede encontrarse en un ser absolutamente
necesario.
Comprendamos que Feser se basa en la metafísica escolástica Tomista,
nosotros en una metadialéctica transferencial pero desde ella podemos integrar
todo el desarrollo que se ha hecho del ser en si en la teología y filosofía escolástica,
la gran diferencia es que nosotros al igual que Hegel y toda la filosofía moderna invertimos el ser
en si en un ser para sí y luego lo condesamos en un síntesis del ser en sí y
para sí.
Estructura transferencial que tiene su reflejo en una
estructura retransferencial donde el Dasein es mediado por el ser en si para
llegar al no ser puro.
Luego en una cibernética de tercer orden donde se logra el
ajayu el alma complementaria alterando y contra alterando sistemas, ambas estructuras
se traspasan y retraspasan logrando una comunión más allá de todo sistema en el campo ontológico, más en
este texto solo nos ocuparemos del ser en sí y es que logrado el ser en si solo tenemos que invertir y convertir para
lograr la plenitud del ser.
1. LA PRUEBA ARISTOTÉLICA
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 1
El cambio ocurre. Estamos inmersos en una plétora de
ejemplos de cambio. El café de tu taza se enfría. Una hoja del árbol que hay
fuera cae al suelo. Aquel charco crece a medida que va lloviendo. Aplastas una
mosca y muere.
Estos ejemplos ilustran cuatro tipos de cambio: el cambio
cualitativo (el café que se enfría); el cambio con respecto al lugar (la hoja
que cae al suelo); el cambio cuantitativo (el charco que crece en tamaño); y el
cambio sustancial (el ser vivo que se convierte en materia muerta). Que cambios
de este tipo ocurren es evidente a partir de nuestra experiencia sensible del
mundo extramental.
Pero supongamos que nuestros sentidos nos engañan. Imagina
que toda tu vida ha sido un largo sueño o una alucinación, del tipo que
Descartes describió en sus Meditaciones y que ha sido llevado a la pantalla en
películas de ciencia ficción como Matrix. Aún así, no habría ninguna duda de
que incluso en este escenario descabellado el cambio ocurre. Tienes una
experiencia, después tienes otra. Te planteas si estás durmiendo o alucinando,
después desechas la idea como demasiado estúpida, más tarde descubres que aún
te preocupan los argumentos que lees en Descartes y te preguntas si no será que
hay en ellos algo de verdad. Todo esto es un tipo de cambio: cambio con
respecto a tus pensamientos y experiencias.
¿Podría ser que incluso estos cambios fueran una ilusión? Al
fin y al cabo, el filósofo griego Parménides argumentó que, cuando analizamos
con cuidado lo que cualquier cambio debería implicar, descubrimos que es
imposible. Piensa una vez más en tu café, que empieza siendo caliente y tras
estarse un rato sobre la mesa se enfría. Podríamos decir que la frialdad del
café, que no existe mientras éste es caliente, empieza a existir. Pero entonces
tenemos un problema, dice Parménides. Y es que si la frialdad del café
inicialmente era no-existente, entonces en ese momento era nada; y cuando
posteriormente empieza a existir, entonces es algo. Pero algo no puede salir de
nada. Por tanto, la frialdad del café no puede empezar a existir y, con ello,
el café no puede enfriarse. Lo mismo cabría decir frente a cualquier supuesto
ejemplo de cambio: cualquiera tendría que implicar algo saliendo de la nada, lo
cual es imposible. Por tanto, concluye Parménides, en realidad el cambio nunca
puede ocurrir.
Quizás sospechas que hay alguna trampa en el argumento, y si
así es, estás en lo cierto. Un problema es que no es posible aceptar de modo
coherente esta posición. Supón que intentas convencer a alguien, incluso a ti
mismo, de que el cambio es ilusorio, sea por medio del argumento de Parménides
o de cualquier otro. Te abres camino por el argumento paso a paso hasta que tú
o tu interlocutor quedáis convencidos. Pero que tu mente sopese una premisa
después de otra y alcance finalmente la conclusión es ello mismo una instancia
del cambio que el argumento niega. Así, el mismo acto de dudar del cambio
presupone su existencia.
Hay aún otro problema con el argumento de Parménides. Y es
que, como señaló un filósofo griego posterior, Aristóteles, es un error pensar
que el cambio implica que algo sale de la nada. Volvamos a nuestro café. Es
cierto que mientras el café está caliente, su frialdad no está presente en
acto. Aún así, está ahí potencialmente de un modo en el que no están otras
cualidades. El café no tiene, por ejemplo, la potencia de alimentar un motor de
gasolina, o de convertirse en sopa de gallina, o ya puestos de transformarse en
una gallina de verdad y ponerse a cloquear. Pero sí tiene la potencia de
enfriarse, y muchas otras más: la de mantenerte más alerta si lo bebes, la de
manchar el suelo si lo derramas, etcétera. Que tiene la potencia de enfriarse
al tiempo que carece de otras potencialidades muestra que su frialdad no es
exactamente nada, aunque aún no sea actual.
Lo que el cambio implica, pues, para Aristóteles es la
actualización de una potencia. El café tiene la potencia de enfriarse, y tras
estarse un rato sobre la mesa esta potencia es actualizada. Esto no es un caso
de algo saliendo de la nada —lo cual, Aristóteles coincide, es imposible—
porque, de nuevo, una potencia ya es algo.
En resumen, el cambio ocurre. Nuestra experiencia ordinaria
así lo muestra, y un poco de reflexión filosófica no sólo refuerza este juicio,
sino que consigue explicarlo. ¿Pero cómo ocurre el cambio? Esto, por supuesto,
depende del tipo de cambio. El enfriarse del café no es el mismo proceso que el
caer de la hoja, el crecer del charco o la mosca siendo aplastada. Aún así,
cualquiera que sea el tipo de cambio en cuestión, habrá algo que lo provoque.
Es decir, el cambio requiere un cambiador. De nuevo, estamos
rodeados de ejemplos de esto en nuestra experiencia cotidiana. La temperatura
de la habitación enfría el café. Un movimiento de tu muñeca aplasta la mosca
con el matamoscas. Pero la tesis de que el cambio requiere un cambiador es algo
más que una mera generalización a partir de casos como éstos. Se sigue de lo
que el cambio es: la actualización de una potencia. Hemos visto que mientras el
café es caliente, su frialdad no es exactamente nada, dado que está
potencialmente en el café de un modo en el que otras cualidades no lo están.
Pero sigue estando ahí de manera meramente potencial y no actual, pues si no,
estaría ya frío incluso mientras es caliente, lo cual por supuesto no es así.
Pero la frialdad potencial difícilmente puede hacer nada, precisamente porque
es sólo potencial. Unicamente lo que es actual puede hacer algo. En concreto,
la frialdad potencial del café no puede actualizarse a sí misma. Sólo algo que
ya sea actual puede hacer tal cosa: la frialdad del ambiente, o quizás algunos
cubitos de hielo que dejas caer en la taza. En general, ninguna potencia puede
ser actualizada si no es por algo que ya sea actual. Y en este sentido, todo
cambio requiere algún tipo de cambiador.
Esta es la base para que pensemos la necesidad de un
mediador en toda experiencia y ese mediador tiene que ser el ser en sí, la
diferencia con Aristóteles es que nosotros
comprendemos la potencialidad como una nada que es ser y diferente al ser, porque
claro es ser en potencia más el acto está en la
potencia y la potencia en el acto el ser y el no ser son lo mismo y a la vez
diferentes, por lo mismo todo ser requiere una mediación potencial así como
toda potencia requiere una mediación del ser en acto. Si no fuera así el ser no
podría variar.
Por tanto, el cambio ocurre y todo cambio requiere un
cambiador; o por ponerlo de modo menos coloquial pero más preciso: algunas
potencias son actualizadas, y cuando lo
son, tiene que haber algo que ya sea actual que las actualice. Ahora date
cuenta de que, a menudo, lo que es cierto de la cosa que cambia lo es también
de la cosa que produce el cambio. La frialdad del ambiente de la habitación
enfría el café, pero ella misma era meramente potencial hasta que el aire
acondicionado la actualizó. El movimiento de tu muñeca provoca que el
matamoscas caiga con fuerza, y su impacto, que la mosca muera. Pero el
movimiento de tu muñeca era meramente potencial hasta que la activación de
determinadas neuronas motoras lo actualizó. Así, cuando algo produce un cambio,
a veces es porque él mismo está experimentando un cambio; y cuando tal es el
caso, ese cambio también requiere un cambiador. O, por ponerlo de nuevo de modo
menos coloquial pero más preciso, a veces cuando una potencia es actualizada,
lo que la actualiza es algo que ha ido también de la potencia al acto; y si es
así, tiene que haber aún otra cosa que lo haya actualizado.
Date cuenta de que no he dicho que todo lo que causa un
cambio tiene que estar cambiando. Eso no se sigue de nada de lo que hemos dicho
hasta el momento y, como veremos, no es cierto. El punto es más bien que si
algo que produce un cambio está él mismo experimentando cambio, entonces
requiere un cambiador propio. Así, a veces tenemos una serie de cambiadores y
de cosas que cambian. La frialdad del café fue causada por la frialdad del
ambiente, que fue causada por el aire acondicionado, que se encendió cuando
presionaste cierto botón. La mosca murió por el impacto del matamoscas, causado
por un movimiento de tu muñeca, producido por la activación de ciertas neuronas
motoras, debido a tu fastidio ante la mosca volando por la habitación. Una
potencia es actualizada por otra cosa, que a su vez es actualizada por otra,
que a su vez es actualizada por otra.
Hasta el momento, todo esto es sentido común complementado
con algo de jerga más o menos técnica. Pero dicha jerga nos va a ayudar a ir
más allá del sentido común, no para contradecirlo, sino para desplegar sus
implicaciones. Considera a continuación que las series de cambiadores del tipo
que acabamos de describir comúnmente se extienden hacia atrás en el tiempo, en
lo que podríamos llamar un modo lineal. El café está frío porque el aire de la
habitación lo enfrió, el aire estaba frío gracias al aire acondicionado, el
aire acondicionado se encendió porque tú presionaste cierto botón, etcétera.
Ahora supongamos que esta serie se extiende hacia atrás en el pasado
infinitamente, sin comienzo. Presionaste el botón, tu deseo de enfriar el ambiente
te llevó a hacerlo, el efecto del calor sobre tu piel produjo en ti este deseo,
el sol generó dicho calor, y así sucesivamente sin que haya en esta serie de
cambios y cambiadores ningún primer miembro en sentido temporal. El mundo
material, estaríamos suponiendo, siempre ha estado ahí y siempre ha estado
cambiando. Tal es, justamente, lo que Aristóteles mismo pensaba.
Hoy en día se suele suponer que la teoría del Big Bang
muestra que estaba equivocado. Aunque, por otro lado, algunos científicos han
sugerido que el Big Bang no fue sino el resultado de la implosión de un
universo anterior, o que quizás tuvo que ver con que nuestro universo se separó
de otro universo paralelo. A veces también
se dice que la serie de tales universos preexistentes es infinita, de modo que,
incluso si el nuestro tuvo un comienzo, la serie como un todo no. Todo esto es
bastante controvertido, pero que sea verdad o no simplemente no nos importa
ahora mismo. Concedamos, pues, por el bien de la discusión, que el universo, o
el «multiverso» que contiene nuestro universo junto con muchos otros, no tiene
comienzo alguno sino que siempre ha existido.
Incluso sí tales series lineales de cambios y cambiadores
pueden en teoría extenderse hacia atrás infinitamente, sin ningún primer
miembro, hay otro tipo de serie —llamémosla jerárquica- que debe tener un
primer miembro. Recuerda que nos imaginábamos una serie lineal como
extendiéndose hacia atrás en el tiempo: el café se enfrió porque la habitación
estaba fría, lo estaba porque el aire acondicionado la había enfriado, tú lo
encendiste porque no estabas cómodo con el calor, el cual había sido generado
por el sol, etcétera. Para entender lo que es una serie jerárquica, en cambio,
será útil pensar en lo que puede existir en un solo instante de tiempo. Esto no
es de hecho esencial para una serie jerárquica, pero nos servirá para
introducir la idea.
Considera una vez más la taza de café encima de tu mesa.
Está, podemos suponer, a más o menos un metro del suelo. ¿Por qué?
Naturalmente, porque la mesa la sostiene. ¿Pero qué es lo que sostiene la mesa?
El suelo, por supuesto. Este, a su vez, es sostenido por los fundamentos de la
casa, y éstos por la Tierra. Ahora, a diferencia del café enfriado por el
ambiente, que a su vez es enfriado por el aire acondicionado, y así
sucesivamente, ésta no es una serie que deba ser pensada como extendiéndose
hacia atrás en el tiempo. Por supuesto, la taza puede llevar sobre la mesa
horas y horas. Pero el punto es que, incluso si consideramos la taza en
cualquier instante, está en esa posición sólo porque la mesa la sostiene en ese
instante, y esto es así sólo porque la mesa a su vez está siendo sostenida,
también entonces, por el suelo. O imagina una lámpara que cuelga sobre tu
cabeza de una cadena, que a su vez cuelga de un gancho atornillado en el techo,
todo en el mismo instante. En ambos casos tenemos lo que hemos llamado una serie
jerárquica de causas, una que se remonta hasta el suelo y la otra, hasta el
techo.
Debido a que estamos pensando en cada una de estas series
jerárquicas como existiendo en un instante particular de tiempo más que en el
transcurso de minutos u horas, puede parecer extraño pensar que implican
cambio. Pero nuestra consideración de la naturaleza del cambio nos llevó a
introducir la idea de la actualización de potencias, y cada una de estas series
tiene que ver con esto. La potencia de la taza para estar a un metro del suelo
es actualizada por la mesa, la potencia de la mesa para sostener la taza es
actualizada por el suelo, y así sucesivamente. De modo similar, la potencia de
la lámpara para estar a dos metros es actualizada por la cadena, y la potencia
de la cadena para sostener la lámpara es actualizada por el gancho atornillado
en el techo.
De todos modos, lo que convierte a estas series en
jerárquicas en el sentido relevante del término no es que sean simultáneas,
sino el hecho de que hay cierto tipo de
dependencia de los miembros posteriores respecto de los anteriores. La taza no
tiene por sí misma ninguna capacidad para mantenerse a un metro del suelo;
estará ahí sólo si alguna otra cosa, como la mesa, la sostiene. Pero la mesa, a
su vez, no tiene ningún poder por sí misma para sostener la taza en esa
posición. La mesa también caería si no la estuviera sosteniendo el suelo, y el
suelo sólo puede sostener la mesa porque él mismo está siendo sostenido por los
fundamentos de la casa, y los fundamentos, por la Tierra. De modo similar, la
lámpara puede estar colgando a dos metros del suelo sólo porque la cadena la
sostiene en esa posición, pero la cadena la sostiene sólo porque es a su vez
sostenida por el gancho, y el gancho, por el techo. El techo, sin embargo,
puede sostener el gancho sólo porque él mismo es sostenido por las paredes, que
son también sostenidas por los fundamentos, que son sostenidos por la Tierra.
Así, podríamos decir que en realidad es la Tierra la que sostiene tanto la taza
como la lámpara, y que lo hace a través de estos intermediarios. La mesa, la
cadena, las paredes y el suelo no tienen poder para sostener nada excepto en la
medida en que derivan dicho poder de la Tierra. Son en este sentido como
instrumentos. Igual que no es el pincel el que pinta un cuadro sino el pintor,
que usa el pincel como un instrumento, también es la Tierra la que sostiene la
taza y la lámpara, con el suelo, las paredes, la mesa, la cadena, etcétera
sirviendo, por decirlo así, como sus instrumentos.
Lo que hace que una serie causal sea jerárquica, pues, es
este carácter instrumental o derivativo de los miembros posteriores de la
serie. La mesa sostendrá la taza sólo en la medida en que sea ella misma
sostenida por el suelo. Si el suelo colapsa, la mesa cederá con él y como
resultado la taza caerá. Los miembros de una serie lineal no son así. El aire
acondicionado está funcionando porque tú lo encendiste pero, una vez lo has
hecho, seguirá enfriando la habitación incluso si te marcharas de casa O
cayeras muerto.
Es por esta diferencia que una serie causal jerárquica ha de
tener un primer miembro, mientras una serie lineal no. Pero es crucial entender
lo que significa aquí «primero». Como ya he indicado, el mejor modo de
introducir la idea de una serie jerárquica es pensando en una secuencia cuyos
miembros existan todos juntos en un solo instante de tiempo, como la taza que
es sostenida por la mesa que es sostenida por el suelo. Por tanto, cuando se
dice que una serie tal ha de tener un primer miembro, no significa que la serie
tenga que ser rastreada hacia atrás hasta un punto inicial en el pasado (en el
Big Bang, digamos).
La idea es más bien la siguiente. Dado que la mesa, el suelo
y los fundamentos no tienen ningún poder por sí mismos para sostener la taza,
la serie no podría existir en absoluto a menos que hubiera algo que sí tuviera
el poder de sostener estos intermediarios (y la taza a través de ellos) sin a
su vez tener que ser él mismo sostenido por otra cosa. Podríamos decir que,
dado que la mesa, el suelo, las paredes y lo demás están actuando como
instrumentos de algún tipo, entonces tiene que haber algo respecto de lo cual
sean instrumentos. O, para ponerlo de otro modo, dado que tienen sólo un poder derivado para sostener
cosas en alto, entonces tiene que haber algo de lo cual lo deriven, algo que no
necesite derivar dicho poder de otra cosa sino que, en cambio, lo tenga
«incorporado» en sí. El tipo de «primera» causa que ha de tener una serie
jerárquica, pues, es una causa que posea el poder de producir sus efectos de un
modo no-derivado y no-instrumental. En el caso de la taza, en el que la mesa la
sostiene sólo porque deriva el poder para hacerlo del suelo, y el suelo, de los
fundamentos del edificio, ninguna de estas cosas podría sostener nada en absoluto
a menos que hubiera algo que las sostuviera sin tener que ser él mismo
sostenido.
Más arriba dijimos que podíamos pensar en la Tierra como la
«primera» causa en esta serie, dado que hay un sentido obvio en el que sostiene
el suelo, las paredes, la mesa, la taza y la lámpara, sin que nada la sostenga
a ella. En realidad, ni siquiera la Tierra es una causa «primera» en el sentido
estricto, pero ya volveremos sobre esto más adelante. El punto que quiero
enfatizar ahora es que lo que convierte algo en causa «primera» en el sentido
relevante para entender una serie causal jerárquica es el hecho de ser el tipo
de cosa que tiene poder causal no-derivado, esto es, ser aquello que puede
actualizar una potencia sin tener que ser él mismo actualizado. Como ya he dicho,
ser «primera» en un sentido temporal, de estar en algún punto inicial en el
tiempo, no es lo que está en juego. Pero ni siquiera es esencial a la noción de
una serie causal jerárquica la idea de una serie de causas que sea sólo finita
en vez de infinita. Por poner un ejemplo que se usa a veces para ilustrar este
punto: un pincel no tiene ningún poder para moverse a sí mismo, y permanecería
así incluso si su mango fuera infinitamente largo. Por tanto, incluso si
pudiera existir un pincel infinitamente largo, si tiene que moverse de verdad,
tendrá que haber algo exterior a él que sí tenga «incorporado» el poder de
producir que se mueva. O, para volver a nuestro ejemplo, una mesa no tiene
poder por sí misma para sostener la taza en alto y, por ende, una serie
infinita de mesas, si pudiera haber tal cosa, sería igual de impotente para
sostenerla que una sola. Por tanto, incluso si tal serie existiera, tendría que
haber algo fuera de la serie que pudiera impartirle el poder para sostener la
taza. Cuando decimos, pues, que una serie causal jerárquica ha de tener un
primer miembro, no queremos decir «primero» en el sentido de ser aquello que va
antes que el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, etcétera. Queremos
decir que es la primera causa en el sentido de tener poder causal inherente o
incorporado, mientras el resto lo tienen sólo de modo derivado. Es esto lo que
hace que los demás miembros sean secundarios en vez de primeros o primarios.
Hagamos una pausa para hacer balance, porque las cosas se
han vuelto un poco abstractas. Hemos empezado señalando que no puede haber
ninguna duda de que el cambio ocurre, y que esto sólo puede ser así si las
cosas tienen potencialidades que pueden ser actualizadas. Hemos visto también
que todo cambio requiere un cambiador en el sentido de que, cuando una potencia
es actualizada, tiene que haber algo ya actual que la actualice. Introducida
esta distinción entre lo que es potencial y lo que es actual, hemos distinguido
entre dos tipos de series en las que una potencia es actualizada por otra cosa que es
actualizada por otra. El primer tipo, que hemos llamado serie lineal, es aquél
que solemos imaginar cuando pensamos en el cambio. El ejemplo del café enfriado
por el ambiente de la habitación, cuya temperatura había bajado por el aire
acondicionado, que se había encendido porque habías presionado cierto botón,
etcétera, nos ha servido para ilustrar este punto. En este tipo de serie, cada
miembro tiene su propio poder causal. Después de que lo hayas encendido, el
aire acondicionado puede continuar enfriando la habitación incluso si dejas de
estar presente. Además, el ambiente permanecerá frío un tiempo después de que
se apague el aire acondicionado, y por tanto retendrá el poder para enfriar el
café.
Lo que hemos llamado una serie causal jerárquica es muy
diferente. Aquí toda causa distinta de la primera tiene su poder causal sólo de
modo derivado. Por tanto, la mesa, el suelo y los fundamentos no tienen ningún
poder para sostener en alto la taza de café excepto en la medida en que lo
derivan de la Tierra, en la que descansa toda la serie. Esto nos lleva más allá
de lo que cotidianamente entendemos por «cambio», porque solemos pensar en la
secuencia de la taza, la mesa, el suelo, los fundamentos y la Tierra como
simultánea. Pero lo que importa es que seguimos teniendo actualización de
potencialidades, noción que introdujimos para dar sentido al cambio. La
potencia de la taza para estar a un metro del suelo es actualizada por la mesa,
la potencia de la mesa para sostener la taza es actualizada por el suelo,
etcétera.
Ahora, es esta segunda clase de serie, la jerárquica, la que
nos interesa en último término aquí, ya que es más fundamental que la lineal?.
Para ser claro, de entrada es más sencillo para nosotros reconocer y entender
el tipo lineal de serie, ya que estamos familiarizados por nuestra experiencia
diaria con las clases de cambio que implica. Por contraste, introducir la
noción de una serie jerárquica nos ha requerido, primero, abstraer de esta
experiencia ordinaria la noción de actualizar una potencia, y después aplicarla
a un contexto en el que no sea esencial el paso del tiempo. Pero una vez hemos
hecho esto, podemos ver que toda serie del tipo lineal presupone series del
tipo jerárquico. Podemos darnos cuenta de que para entender los cambios que
observamos a nuestro alrededor cada día —el café enfriándose, la mosca siendo
aplastada, etcétera—, tenemos que entender cómo las series jerárquicas se
remontan hasta una primera causa. Hasta una sola primera causa, de hecho.
¿Cómo? Volvamos al café que está en la taza. Por obvio que
sea, sólo puede enfriarse, o ser sostenido por la mesa, si existe; un café
no-existente no puede hacer ninguna de las dos cosas, o nada en absoluto.
Ahora, ¿qué hace que el café exista? Es obvio que alguien lo hizo vertiendo
agua caliente a través de granos de café, pero eso no es lo que estoy
preguntando. Me refiero a qué hace que el café exista aquí y ahora y en todo
momento particular en el que existe. ¿Qué lo mantiene en la existencia?
Por un lado, el café existirá sólo en la medida en que
exista el agua que lo compone, así que para simplificar las cosas fijémonos
sólo en eso. ¿Qué mantiene el agua en la existencia en cada momento particular?
Al fin y al cabo, dada la química del agua, la materia que la forma también
tiene la potencia de existir como cantidades
distintas de oxígeno e hidrógeno. Pero ésa no es la potencia que está
siendo actualizada ahora mismo, sino la potencia de esa materia para existir
como agua. ¿Por qué? No nos sirve responder que tal y tal proceso ocurrió en
tal momento del pasado de manera que se combinó el hidrógeno y el oxígeno justo
del modo correcto. Eso nos explica cómo el agua llegó aquí, pero no estamos
preguntando eso. Tampoco nos sirve señalar que nada ha pasado aún que separe el
hidrógeno y el oxígeno. Eso nos explica cómo podría dejar de existir el agua
algún día, pero tampoco nos referimos a esto. Estamos preguntando, de nuevo,
qué mantiene el agua en la existencia en cualquier instante en el que de hecho
existe.
Podrías decir que tiene que ver con los enlaces químicos
entre átomos, pero eso no responde la pregunta, sencillamente la reformula. Y
es que los átomos tienen la potencia de estar enlazados de otras maneras, y aún
así no lo están. Lo que está siendo actualizado es su potencia para enlazarse
de tal modo que den lugar a agua. ¿Pero por qué? Apelar a la estructura del
átomo tampoco responde la pregunta, sino que la empuja un paso más atrás. ¿Pues
por qué están las partículas subatómicas combinadas justo del modo específico
en el que lo están, aquí y ahora, en vez de en cualquier otro? ¿Qué es lo que
actualiza esa potencia en vez de otra?
Lo que tenemos aquí, como quizás ya has visto, es algo
similar a la taza que es sostenida por la mesa que es sostenida por el suelo.
Lo único que en este caso es la misma existencia de la cosa lo que está en
juego, más que su posición en el espacio. La potencia del café para existir
aquí y ahora es actualizada, en parte, por la existencia del agua, que a su vez
existe sólo porque cierta potencia de los átomos está siendo actualizada, donde
los átomos mismos existen sólo porque cierta potencia de las partículas
subatómicas está siendo actualizada. Esto es una serie jerárquica: una que,
como hemos visto, ha de tener un primer miembro. Hemos visto también que lo que
significa, para una serie tal, tener un primer miembro es que hay algo que
puede impartir poder causal al resto de miembros de la serie sin que ese mismo
poder le tenga que ser impartido: algo que lo tenga de modo «incorporado» o
no-derivado. Ahora, dado que lo que está siendo actualizado en este caso es la
potencia de una cosa para existir, el tipo de causa «primera» de la que estamos
hablando es una que pueda actualizar la potencia de otras cosas para existir
sin que su propia existencia tenga que ser actualizada por nada.
Lo que esto implica es que dicha causa no tiene, para
empezar, ninguna potencia para existir que deba ser actualizada. Sencillamente
es actual, siempre y de entrada, por ponerlo así. De hecho, podríamos decir que
no es que tenga actualidad, como la tienen las cosas que actualiza, sino que
simplemente es pura actualidad ella misma. No es sólo que resulta que no tiene
causa, sino que no podría en principio haber tenido o necesitado una.
Careciendo de potencialidad, no hay nada en ella que necesite actualización,
como en el resto de cosas. Es en este sentido una causa incausada, o por usar
la famosa expresión de Aristóteles, un Motor Inmóvil. De modo más preciso,
podemos llamarlo un actualizador no actualizado.
Date cuenta de que hemos alcanzado este resultado empezando
con procesos y objetos individuales ordinarios, como la taza de café y su
enfriamiento. No hemos empezado preguntándonos de dónde vino el universo como
un todo, y de hecho no hace falta partir de ninguna afirmación acerca de éste
para acabar llegando a un actualizador no actualizado. Pero lo que hemos dicho
tiene implicaciones para el universo en su conjunto. Y es que lo que es cierto
del agua de nuestro café es cierto de cualquier otra cosa material: de la hoja
que cae del árbol, de la mosca que aplastas, etcétera, etcétera. Toda cosa
material es tal que existe en cada momento sólo si ciertas potencias son
actualizadas. Por tanto, en último término es tal que, igual que el agua en el
café, sólo puede existir en cada momento en la medida en que es causada por un
actualizador no actualizado.
Como he dicho, hemos alcanzado este resultado a partir de la
consideración de fenómenos cotidianos, pero las cosas se han puesto muy
abstractas, así que volvamos brevemente sobre nuestros pasos. Hemos empezado
con la observación de que el cambio ocurre: esto no puede ser negado de modo
coherente. A continuación, hemos argumentado que el cambio sólo puede darse si
las cosas que cambian tienen potencialidades que son actualizadas —la potencia
de ser enfriado, de aumentar de tamaño, o lo que sea—, dado que el cambio es
sencillamente la actualización de una potencia. Y hemos visto que el cambio
requiere un cambiador porque una potencia sólo puede ser actualizada por algo
que ya sea actual. Entonces hemos señalado que hay, por un lado, cambios que
constituyen series de tipo lineal, ilustradas por el ejemplo del café que es
enfriado por el ambiente que había sido enfriado por el aire acondicionado que
había sido encendido cuando aprestaste un botón. Este tipo de serie no requiere
un primer miembro. Pero hemos visto también que hay otra clase de serie en el
que una potencia es actualizada por otra cosa que es actualizada por otra en la
que sí tiene que haber un primer miembro. En esta serie de tipo jerárquico, el
primer miembro es «primero» en el sentido de que puede causar otras cosas sin
tener que ser él mismo causado. Tiene el poder causal de modo primario,
inherente o «incorporado», mientras el resto de miembros de la serie lo tienen
sólo de modo secundario o derivado.
Después hemos visto que las series lineales de cambios son
menos fundamentales que las series jerárquicas. Pues las cosas están sujetas a
cambio sólo porque existen —el café, por ejemplo, no puede enfriarse a menos
que exista— y para que algo exista en cualquier momento particular hace falta
que sea actualizado en ese momento, al menos si es del tipo de cosas que tiene
potencia para existir o no existir. Esto, a su vez, es posible sólo si hay una causa
que pueda actualizar la potencia de tal cosa para existir sin tener que ser
ella misma actualizada, es decir, un actualizador puramente actual? Y hemos
visto que esta conclusión puede ser generalizada, pues lo que es cierto del
café de nuestro ejemplo lo es también de cualquier otra cosa material. Así, del
hecho de que el cambio ocurre llegamos a la conclusión de que tiene que haber
un actualizador no actualizado o Motor Inmóvil.
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 2
En resumen, la innegable realidad del cambio implica la
existencia de Dios. ¿Pero por qué llamar «Dios» al actualizador no-actualizado
o al Motor Inmóvil? De entrada, porque esta causa es la causa última de la
existencia de las cosas, en el sentido más íntimo de ser aquello que las mantiene
en la existencia en cada momento. Y sea lo que sea Dios, se supone que es la
causa última de las cosas.
Pero es que, además, de lo ya dicho se siguen diversos
atributos característicos de la idea tradicional de Dios. Lo veremos en detalle
más adelante, pero por el momento será suficiente un breve esbozo para
transmitir la idea general. Primero de todo, dado que la causa de las cosas es
pura actualidad y, por tanto, carece de potencia, no puede ir de la potencia al
acto y es, en consecuencia, inmutable o no sujeta a cambio. Dado que existir en
el tiempo implica mutabilidad, una causa inmutable tiene que ser también eterna
en el sentido de existir completamente fuera del tiempo. Ni empieza a ser ni
deja de ser, sino que simplemente es, de modo intemporal, sin principio ni fin.
Dado que ser material implica ser mutable y existir en el tiempo, una causa
inmutable y eterna tiene que ser inmaterial y, por tanto, incorpórea, sin
ningún tipo de cuerpo.
Piensa a continuación lo que significa para algo ser imperfecto
o defectuoso en algún sentido. Un animal herido o una planta dañada son
imperfectos en la medida en que ya no son capaces de realizar plenamente los
fines establecidos por su naturaleza. Por ejemplo, una ardilla que ha sido
atropellada por un coche puede que sea incapaz de escapar de sus depredadores
con la rapidez necesaria; y un árbol cuyas raíces han sido dañadas puede que
sea inestable o que no pueda adquirir el agua y los nutrientes que le hacen
falta para seguir sano. Un defecto de este tipo (por utilizar algo de jerga
filosófica tradicional) es una privación, la ausencia de un rasgo que
determinada cosa requiere por su naturaleza para estar completa. Implica el
fracaso a la hora de realizar alguna potencia inherente de la cosa. Algo es
perfecto, pues, en la medida en que tiene dichas potencias actualizadas y
carece de privaciones. Pero, entonces, una causa puramente actual de las cosas
posee perfección máxima, precisamente porque es puramente actual y por tanto
carece de potencias no realizadas o privaciones.
¿Podría haber más de una causa así? No, ni siquiera en
principio. Y es que sólo puede haber dos o más ejemplares de un tipo de cosa si
hay algo que los diferencie, algo que uno de ellos tenga y el otro no. Y no
puede haber tal rasgo diferenciador por lo que respecta a algo puramente
actual. Por lo general distinguimos las cosas de nuestra experiencia por sus
características temporales o materiales: porque una cosa es mayor O menor que
otra, por ejemplo, o más alta o corta, o por existir antes O después. Pero dado
que aquello que es puramente actual es inmaterial y eterno, una cosa puramente
actual no podría ser distinguida de otra en estos términos. De modo más
general, dos o más ejemplares de un tipo de cosa se diferencian en términos de alguna perfección o privación que uno de
ellos tiene y el otro no. Podemos decir, por ejemplo, que las raíces de este
árbol son más robustas que las de aquel otro, o que a esta ardilla le falta la
cola mientras a aquella otra no. Pero como hemos visto, lo que es puramente
actual carece de toda privación y es máximamente perfecto. Por tanto, no puede
haber ningún modo de diferenciar una causa puramente actual de otra en términos
de sus respectivas perfecciones o privaciones. Pero entonces dicha causa posee
el atributo de la unidad, esto es, no puede haber, ni siquiera en principio,
más de una causa puramente actual. Por tanto, es el mismo actualizador
no-actualizado aquél al que todas las cosas le deben su existencia.
Piensa ahora que tener poder es sencillamente ser capaz de
hacer que algo ocurra, es decir, de actualizar alguna potencia. Pero entonces,
dado que la causa de la existencia de todas las cosas es ella misma pura
actualidad, en vez de una cosa actual más entre otras, y que es la fuente del
poder actualizador de todo lo demás, entonces tiene todo el poder posible. Es
omnipotente. Piensa también que algo es bueno, en sentido general, en la medida
en que realiza las potencias que le son inherentes por el tipo de cosa que es,
y malo en la medida en que fracasa a la hora de hacerlo. Un buen pintor, por
ejemplo, es bueno en la medida en que ha realizado su potencial para dominar
los distintos aspectos de la pintura —la artesanía, la composición, etcétera,
mientras un mal pintor es malo en la medida en que ha fracasado a la hora de
adquirir las habilidades relevantes. Pero de una causa puramente actual del
mundo, carente de toda potencialidad, no podemos decir que sea mala o
deficiente en ningún sentido, sino que, al contrario, como ya hemos visto, es
perfecta. En este sentido tal causa ha de ser totalmente buena.
Hasta aquí, pues, hemos visto que el actualizador puramente
actual o Motor Inmóvil ha de ser uno, inmutable, eterno, inmaterial,
incorpóreo, perfecto, omnipotente, totalmente bueno y la causa de la existencia
de las cosas, en el sentido de ser aquello que las mantiene en el ser a cada
instante. ¿Podemos atribuirle características de naturaleza más personal? Por
ejemplo, ¿podemos atribuirle algo así como inteligencia? En efecto, sí. Pero
para ver cómo, antes tenemos que decir algo acerca de la naturaleza de la
inteligencia, y también alguna cosa más acerca de la causalidad.
La inteligencia, entendida tradicionalmente, implica tres
capacidades básicas. Primero, está la capacidad de aprehender conceptos
abstractos, como el concepto hombre, que es lo que captas cuando conoces no
sólo a este o aquel hombre particular, o a este o aquel conjunto particular de
hombres, sino qué es ser hombre en general. Tener el concepto hombre es tener
una idea universal que se aplica a todos los hombres posibles, no sólo a
aquéllos que existen o han existido, sino también a todos los que podrían
existir. Segundo, está la capacidad de juntar estas ideas y formar pensamientos
completos, como cuando combinas el concepto hombre y el concepto mortal en el
pensamiento Todos los hombres son mortales. Tercero, está la capacidad de
inferir un pensamiento de otros, como cuando razonas a partir de las premisas
Todos los hombres son mortales y Sócrates es un hombre a la conclusión Sócrates
es mortal.
Obviamente, la capacidad de aprehender conceptos abstractos
o universales es la más fundamental de las tres. No podrías formar pensamientos
completos o razonar de un pensamiento a otro si no poseyeras los conceptos que
los componen.
Ahora, tener un concepto tal es tener un tipo de forma o
patrón en la mente, la misma forma o patrón que existe en las cosas en que
estás pensando. Hay una forma o patrón que todos los hombres poseen que los
hace ser a todos la misma cosa, esto es, hombres; hay una forma o patrón que
todos los triángulos poseen que los hace ser la misma cosa, esto es,
triángulos; etcétera. Cuando estas formas o patrones llegan a existir en las
cosas materiales, los resultados son los distintos objetos individuales —
hombres, triángulos, etcétera- que encontramos en el mundo que nos rodea.
Cuando pensamos en hombres o triángulos en general, en cambio, abstraemos de
los diferentes hombres y triángulos particulares y nos centramos en lo que les
es común y universal. Y tal es la esencia de la actividad estrictamente
intelectual: la capacidad de poseer la forma o patrón abstracto o universal de
una cosa sin ser ese tipo de cosa. Un objeto material que tenga la forma o
patrón de un triángulo simplemente es un triángulo. En cambio, cuando contemplas
lo que es ser un triángulo, también tú tienes la forma o patrón de triángulo,
pero sin serlo tú mismo.
Volveremos enseguida a la noción de inteligencia, hablemos
ahora un poco más sobre la causalidad. Hemos visto que cuando algo cambia o es
producido, una potencia es actualizada, y que lo que la actualiza tiene que ser
algo ya actual. Esto se llama a veces el principio de causalidad. Una
observación adicional es que cualquier cosa que haya en un efecto tiene que
estar de algún modo u otro en la causa, aunque no sea siempre del mismo modo. Y
es que una causa no puede dar lo que no tiene. Esto se conoce como el principio
de causalidad proporcionada.
Supongamos, por ejemplo, que te doy 20€. El efecto en este
caso es que tienes 20€, y yo soy su causa. Pero sólo puedo serlo si tengo de
entrada 20€ para dártelos. Ahora, puedo tenerlos de distintas maneras. Puede que
tenga un billete de 20€ en mi cartera, o dos de 10€, o cuatro de 5€. O puede
que no tenga dinero en la cartera, pero sí 20€ en mi cuenta bancaria y que te
firme un cheque. O puede que ni siquiera tenga esto, pero soy capaz de tomar
20€ prestados de alguna otra persona, o trabajar para conseguirlos. O quizás un
amigo mío tiene la llave de la imprenta del Tesoro de los EEUU y consigo que me
imprima un billete oficial de 20€ para ti. O por tomar un escenario aún más
rocambolesco, supongamos que de algún modo logro convencer al Congreso de
aprobar una ley que me permita manufacturar personalmente mis propios billetes.
Todo esto son distintas maneras en las que, en teoría, podría darte 20€. Pero
si ninguna de ellas está a mi alcance, entonces no puedo dártelos.
De nuevo, esto son distintos modos en los que la causa puede
tener lo que está en el efecto. Cuando yo mismo tengo un billete de 20€ y te lo
doy, lo que está ahora en el efecto estaba en la causa formalmente, por
utilizar un poco de jerga tradicional. Esto es, yo mismo era una instancia de
la forma o patrón de «tener un billete de 20€», y provoco que tú te conviertas en otra
instancia de esa misma forma o patrón. Cuando no tengo el billete a mano pero
sí 20€ en mi cuenta bancaria, podríamos decir que lo que está en el efecto
estaba en la causa virtualmente. Y es que, aunque no tenía 20€ en el bolsillo,
sí tenía el poder de conseguirlos. Y cuando consigo que el Congreso me conceda
el poder de manufacturar billetes de 20€, podríamos decir (de nuevo, utilizando
jerga tradicional) que tengo 20€ eminentemente. Porque, en este caso, no sólo
tengo la capacidad de adquirir billetes de 20€ que ya existen, sino el poder
más «eminente» de hacer que existan en primer lugar. Cuando se dice, pues, que
lo que hay en un efecto tiene que estar de algún modo en su causa, lo que se
quiere decir es que tiene que estar en su causa al menos «virtual» o
«eminentemente», si no «formalmente».
Ahora, piensa una vez más en el actualizador puramente
actual de la existencia de las cosas. Hemos visto que la existencia de todo lo
que puede existir va a remontarse hasta esta causa única: es la causa de todo
lo posible. Pero hacer que algo exista es precisamente causar un tipo
particular de cosa: una piedra en vez de un árbol, por ejemplo, o un árbol en
vez de un gato. Es decir, causar que algo exista es sencillamente causar algo
que tenga una determinada forma o que encaje en un determinado patrón. Pero,
como hemos dicho, la causa puramente actual de las cosas es la causa de todo lo
posible: todo gato posible, todo árbol posible, toda piedra posible. Es, por
este motivo, la causa de toda forma o patrón posible que algo pueda tener. Y
hemos visto también que cualquier cosa que haya en un efecto tiene que estar,
de un modo u otro, en su causa.
Si unimos todos estos puntos, lo que se sigue es que las
formas o patrones de las cosas tienen que existir en el actualizador puramente
actual, y tienen que existir de un modo completamente universal o abstracto,
porque estamos hablando de la causa de toda cosa posible que se ajuste a cierta
forma o patrón. Pero tener formas o patrones de este modo universal o abstracto
es precisamente tener la capacidad que es fundamental para la inteligencia.
Añadamos a esto que esta causa no lo es sólo de las cosas mismas, sino de sus
distintas relaciones. Esto es, no es sólo la causa de los hombres, sino del
hecho de que todos los hombres son mortales; no es sólo la causa de este gato,
sino del hecho de que este gato está en esta alfombra; etcétera. Así, tiene que
haber algún sentido en el que también estos efectos existan en la causa
puramente actual, y tiene que ser de un modo que tenga que ver con la
combinación de las formas o patrones que existen en ella. Es decir, esos
efectos tienen que existir en la causa de una manera similar a como los
pensamientos se dan en nosotros.
En resumen, lo que se da en las cosas causadas por el
actualizador puramente actual preexiste en éste de modo parecido a cómo las
cosas que producimos preexisten en nuestra mente como ideas o planes antes de
que las hagamos. Existen, por tanto, en la causa puramente actual de modo
eminente y virtual, aunque no formal. Y es que ella misma no es un gato ni un
árbol (y no puede serlo, dado que es inmaterial), pero puede causar un gato, un
árbol o cualquier otro ente posible. Pero no es sólo inteligencia lo que podemos atribuirle.
Considera que, al ser la causa inteligente de todo lo que existe o puede
existir, no hay nada que esté fuera del alcance de sus pensamientos. Es, por
tanto, todo-sapiente u omnisciente.
Podríamos decir mucho más: el tema de los atributos divinos
merece que le dediquemos un capítulo entero, y eso haremos más adelante. Pero
este esbozo debería dejar claro que cabe decir mucho acerca de la naturaleza de
la primera causa y mostrar que encaja bastante bien con la descripción
tradicional de Dios.
UNA PRESENTACIÓN MÁS FORMAL DEL ARGUMENTO
Resumamos lo dicho brevemente. Hemos visto que no cabe negar
de modo coherente que el cambio ocurre, y que esto sólo puede ser así si las
cosas tienen potencialidades que son actualizadas por algo que ya es actual. De
este modo, el café caliente tiene la potencia de ser enfriado, y esa potencia
es actualizada por la temperatura del aire que lo rodea. Hemos argumentado
también que, mientras una serie lineal de cambios y cambiadores podría en
principio extenderse hacia atrás en el tiempo sin comienzo, los miembros de
esta serie dependen a cada momento de una serie jerárquica de actualizadores, y
que esta serie ha de terminar en una causa O actualizador de su existencia que
sea puramente actual. Y ahora hemos argumentado que esa causa tiene que ser
una, inmutable, eterna, inmaterial, incorpórea, perfecta, omnipotente,
totalmente buena, inteligente y omnisciente: esto es, que ha de tener los
atributos divinos principales. En resumen, las cosas de nuestra experiencia
sólo pueden existir a cada momento si son sostenidas en el ser por Dios.
Hasta ahora he presentado el argumento de modo informal y
relajado para que sea fácil entenderlo, especialmente para aquellos lectores
que no estén familiarizados con los tecnicismos de la filosofía académica. Pero
una vez el núcleo general del razonamiento está claro, será útil resumirlo de
modo más formal. Podríamos hacerlo como sigue:
1. El cambio es un rasgo real del mundo. 2. Pero el cambio
es la actualización de una potencia. 3. Por tanto, la actualización de
potencias es un rasgo real del mundo.
4. Ninguna potencia puede ser actualizada a menos que algo
ya actual la actualice (el principio de causalidad).
5. Por tanto, todo cambio es causado por algo ya actual.
6. Que se dé cualquier cambio C presupone alguna cosa o
sustancia S que cambia.
7. La existencia de S en cualquier momento dado presupone la
actualización concurrente de la potencia de S para existir.
8. Por tanto, toda sustancia S tiene en todo momento algún
actualizador A de su existencia.
9. La existencia de A en cualquier momento en el que
actualiza a S presupone ella misma o bien (a) la actualización concurrente de
su propia potencia para existir, o bien (b) que A es puramente actual.
10. Si la existencia de A en cualquier momento en el que
actualiza a S presupone la actualización concurrente de su propia potencia para
existir, entonces existe un regreso de actualizadores concurrentes que o bien es
infinito, o bien termina en un actualizador puramente actual.
11. Pero tal regreso de actualizadores concurrentes
constituiría una serie causal jerárquica, y tal serie no puede retroceder hasta
el infinito.
12. Por tanto, o bien A es ella misma el actualizador
puramente actual, o bien hay un actualizador puramente actual que termina el
regreso que empieza con la actualización de A.
13. Por tanto, el hecho de que se dé C y, en consecuencia,
de que exista S en cualquier momento dado presupone la existencia de un
actualizador puramente actual.
14. Por tanto, hay un actualizador puramente actual.
15. Para que haya más de un actualizador puramente actual,
tiene que haber algún rasgo diferenciador que uno de ellos posea y los otros
no.
16. Pero sólo podría haber tal rasgo diferenciador si un
actualizador puramente actual tuviera alguna potencia no-actualizada, lo cual,
siendo puramente actual, no es así.
17. Por tanto, no puede haber tal rasgo diferenciador, y en
consecuencia no puede haber más de un actualizador puramente actual.
18. Por tanto, sólo hay un actualizador puramente actual.
19. Para que este actualizador puramente actual fuera
susceptible de cambio, tendría que tener potencias capaces de ser actualizadas.
20. Pero, siendo puramente actual, carece de toda potencia.
21. Por tanto, es inmutable o no susceptible de cambio.
22. Si este actualizador puramente actual existiera en el
tiempo, entonces sería susceptible de cambio, lo cual no es así.
23. Por tanto, este actualizador puramente actual es eterno,
existe fuera del tiempo.
24. Si el actualizador puramente actual fuera material,
entonces sería mutable y existiría en el tiempo, lo cual no es así.
25. Por tanto, el actualizador puramente actual es
inmaterial.
26. Si el actualizador puramente actual fuera corpóreo,
entonces sería material, lo cual no es así.
27. Por tanto, el actualizador puramente actual es
incorpóreo.
28. Si el actualizador puramente actual fuera imperfecto de
cualquier modo, tendría alguna potencia no-actualizada, lo cual, siendo
puramente actual, no es así.
29. Por tanto, el actualizador puramente actual es perfecto.
30. Que algo sea menos que totalmente bueno significa que
tiene una privación, esto es, una carencia a la hora de actualizar algún rasgo
propio suyo.
31. Un actualizador puramente actual, siendo puramente
actual, no puede tener privación alguna.
32. Por tanto, el actualizador puramente actual es
totalmente bueno. 33. Tener poder implica ser capaz de actualizar potencias.
34. Cualquier potencia que sea actualizada es actualizada o
bien por el actualizador puramente actual, o bien por una serie de
actualizadores que termina en el actualizador puramente actual.
35. Por tanto, todo poder deriva del actualizador puramente
actual. 36. Pero ser aquello de lo que todo poder deriva es ser omnipotente.
37. Por tanto, el actualizador puramente actual es omnipotente.
38. Lo que sea que esté en un efecto está en su causa de
algún modo, sea formal, virtual o eminentemente (el principio de causalidad
proporcionada).
39. El actualizador puramente actual es la causa de todas
las cosas.
40. Por tanto, las formas o patrones que se manifiestan en
todas las cosas que causa tienen que estar de algún modo en el actualizador puramente
actual.
41. Estas formas o patrones pueden existir o bien en el modo
concreto en el que existen en las cosas individuales y particulares, o bien en
el modo abstracto en el que existen en los pensamientos de un intelecto.
42. No pueden existir en el actualizador puramente actual en
el mismo modo en el que existen en las cosas individuales y particulares.
43. Por tanto, tienen que existir en el actualizador
puramente actual en el modo abstracto en el que existen en los pensamientos de
un intelecto.
44. Por tanto, el actualizador puramente actual tiene
intelecto o inteligencia.
45. Dado que son las formas o patrones de todas las cosas
las que están en los q q
pensamientos de este intelecto, no hay nada fuera del
alcance de estos
pensamientos.
46. Que no haya nada fuera del alcance de los pensamientos
de una cosa significa que tal es omnisciente.
47. Por tanto, el actualizador puramente actual es
omnisciente.
8. Por tanto, existe una causa puramente actual de la
existencia de las cosas que es una, inmutable, eterna, inmaterial, incorpórea,
perfecta, totalmente buena, omnipotente, inteligente y omnisciente.
49. Pero que haya tal causa de las cosas es justo lo que
significa que Dios existe.
50. Por tanto, Dios existe.
ALGUNAS OBJECIONES REFUTADAS
Naturalmente, este argumento está llamado a despertar todo
tipo de objeciones. Por ejemplo, la derivación de los atributos divinos asume
toda una serie de presupuestos filosóficos que van a ser controvertidos. De
nuevo, abordaré esta cuestión en mayor detalle en otro capítulo, donde
responderé a las objeciones correspondientes. La intención de lo que se ha
dicho hasta el momento es dar al lector un atisbo de cómo el argumento
aristotélico nos lleva bastante más allá de una mera causa de la existencia del
cambio. Es una objeción común, aunque enteramente infundada, a este tipo de
argumentos decir que, incluso si consiguen llevarnos a una causa del mundo, no
pueden contarnos lo suficiente acerca de su naturaleza como para justificar
identificarla con la idea tradicional de Dios. Lo que hemos dicho hasta ahora
sirve para mostrar cuán problemática es esta objeción, y hacia el final del
libro resultará evidente que no tiene en absoluto fuerza alguna.
Hay varias críticas generales que suelen plantearse contra
este tipo de argumentos, y serán abordadas en otro capítulo dedicado
específicamente a ellas. Pero hay otras que han de ser tratadas ahora, sobre
todo aquéllas que afectan a los aspectos distintivamente aristotélicos del
argumento que acabamos de exponer.
Malentendidos comunes
Empecemos respondiendo a algunas objeciones comunes que a
varios les pueden parecer obvias o incluso demoledoras, pero que de hecho
carecen de toda validez y descansan sobre malentendidos descomunales. Por
ejemplo, hay quien puede pensar que he estado argumentando que, si rastreamos
la serie de causas hacia atrás en el tiempo, llegaremos al inicio del universo,
la causa del cual es Dios. He intentado dejar bien claro que eso no es lo que
estoy diciendo, pero hay personas tan acostumbradas a pensar en estos términos
que leerán tal idea incluso en un argumento que explícitamente la rechaza. Y
entonces pasarán a preguntar cómo podemos estar tan seguros de que el universo
realmente tuvo un comienzo. Pero lo que he dicho, recordémoslo, es que incluso
si una serie de cambios no tuviera ningún comienzo en el tiempo, incluso si el
universo o el conjunto de universos se extendiera para siempre en el pasado,
eso sería irrelevante para el argumento. Lo que éste dice es más bien que, para
que las cosas existan aquí y ahora, y en cualquier momento, tienen que ser
sostenidas en la existencia aquí y ahora por Dios.
De modo similar, hay quien puede suponer que el argumento
procede a partir de la idea de que el universo entero ha de tener alguna causa.
Y entonces objetarán que, incluso si esta o aquella parte del universo tiene
una causa, no se sigue que todo el universo deba tener una. Pero, de hecho, la
afirmación de que el universo como un todo tiene una causa no es una premisa
del argumento que acabo de dar. Lo que he defendido es que, para que cualquier
cosa particular exista en cualquier momento, Dios tiene que estar causando su
existencia en ese momento. Para argumentar que Dios existe, no es necesario
partir de que el universo tuvo un comienzo, ni de ninguna afirmación acerca del
universo como un todo. Podemos empezar con cualquier objeto trivial y cotidiano
que exista aquí y ahora —una piedra, una taza de café, lo que sea—, porque
incluso para que exista esa Única cosa, aunque sea por un instante, tiene que
haber una causa puramente actual que la actualice en ese instante. Ahora, es
cierto que dije que esto se aplica a todo lo que existe, con lo que sí hice una
afirmación acerca del universo como un todo. Pero esto es una consecuencia del
argumento, no una premisa suya.
Otra objeción de manual dice lo siguiente: si todo tiene una
causa, ¿qué causó a Dios? Si decimos que Dios no tiene causa, entonces puede
que haya otras cosas que tampoco tengan. El argumento, afirma el crítico,
comete una falacia de alegato especial, porque hace una excepción arbitraria en
el caso de Dios con respecto a una regla que aplica a todo lo demás. Pero, de
hecho, esta objeción es muy mala, y el argumento no comete esta falacia. Para
empezar, no descansa para nada en la premisa de que «todo tiene una causa». Lo
que dice es que todo lo que cambia tiene una causa; o para ser más precisos,
que todo lo que va de la potencia al acto tiene una causa. En segundo lugar, el
argumento de ningún modo es arbitrario al decir que Dios no tiene causa. Pues
la razón por la cual otras cosas requieren de una causa es precisamente porque
tienen potencialidades que necesitan ser actualizadas. Por contraste, lo que es
puramente actual no tiene potencialidades, y por eso no hay nada en él que
necesite ser, o que pueda ser, actualizado. Naturalmente, pues, es justo
aquello que no necesita tener, y que no podría tener, una causa.
Toda insistencia es poca por lo que respecta a la
importancia de estos puntos. Algunos críticos están tan enamorados de la
objeción de «Si todo tiene una causa, ¿qué causó a Dios?» que seguirán
abrazados a ella incluso tras desenmascararla como dirigida contra un hombre de
paja. Tratarán de sugerir, por ejemplo, que no hay ninguna diferencia
significativa entre «todo lo que va de la potencia al acto tiene una causa» y
«todo tiene una causa». Pero esto es tan estúpido como pretender que no hay
ninguna diferencia significativa entre «todo triángulo tiene tres lados» y «toda
figura geométrica tiene tres lados».
Intentarán también sugerir que el argumento evita decir que
todo tiene una causa sólo como una manera ad hoc de esquivar la objeción. Pero
hay tres problemas con esto. Primero, incluso si fuera verdad, eso no demostraría
que la proposición «Todo lo que va de la potencia al acto tiene una causa» sea
falsa, o que el argumento aristotélico
tenga algún fallo. Asumir que las motivaciones de una
persona ponen en duda por sí mismas sus afirmaciones o argumentos es cometer
una falacia ad hominem.
Pero, segundo, la sugerencia en cuestión es, desde un punto
de vista histórico, sencillamente falsa. Por más de 2.300 años, desde
Aristóteles hasta el día de hoy, pasando por Tomás de Aquino, las distintas
versiones del argumento aristotélico han defendido no que todo tiene una causa,
sino que todo lo que va de la potencia el acto tiene una causa. Esto no se
inventó para esquivar la susodicha objeción. Esa siempre fue la premisa desde
el principio.
Tercero, no hay en tal idea nada ad hoc. Se sigue de modo
bastante natural del análisis aristotélico del cambio, con independencia de su
aplicación a argumentos acerca de la existencia de Dios. Y uno difícilmente
necesita creer en Dios para encontrar poco creíble la idea de que algo meramente
potencial puede actualizarse a sí mismo. De hecho, lo único que es ad hoc aquí
son los intentos desesperados de algunos críticos de salvar la objeción de
«¿Qué causó a Dios?» a la vista de la abrumadora evidencia de que ataca una
caricatura y carece de toda fuerza.
Hume, Kant y la causalidad
Aún así, el crítico puede insistir, siguiendo al filósofo
empirista David Hume, que en teoría incluso las tazas de café, las piedras y
otros objetos semejantes podrían existir sin una causa. Lo que he defendido es
que toda potencia que pase al acto ha de ser actualizada por algo ya actual.
¿Pero no mostró Hume que es al menos concebible que algo pueda aparecer de la
nada sin causa? Y en tal caso, ¿no podría algo ir de la potencia al acto sin
nada actual que lo actualizara?
El problema es que Hume no mostró tal cosa. Lo que Hume
tenía en mente es el tipo de caso en el que nos imaginamos un espacio vacío en
el que algo aparece de repente: una piedra, o una taza de café, o lo que sea.
Por supuesto, esto se puede imaginar. Pero no es lo mismo que concebir la
piedra o la taza de café apareciendo de la nada sin causa. Como mucho es
concebir que aparecen sin al mismo tiempo concebir su causa, y esto no tiene
nada de especial. Podemos concebir una cosa como un trilátero —una figura plana
cerrada con tres lados rectos— sin al mismo tiempo pensar en ella como un
triángulo. Pero de aquí no se sigue que en la realidad pueda existir un
trilátero que no sea al mismo tiempo un triángulo. Podemos pensar en un hombre
sin pensar en lo alto que es, pero no se sigue que pueda existir un hombre sin
una estatura específica. En general, pensar en A sin al mismo tiempo pensar en
B no es lo mismo que pensar en A existiendo sin B. Pero entonces, incluso si
puedo pensar en una piedra o una taza apareciendo de repente sin al mismo
tiempo pensar en su causa, no se sigue que haya pensado en ella como carente de
toda causa, y tampoco se sigue que pueda existir en la realidad sin causa
alguna.
Por otra parte, y como señaló la filósofa Elizabeth Anscombe,
para que Hume pueda construir su argumento tiene que contarnos por qué una taza
apareciendo de repente en un espacio previamente vacío cuenta como un caso de
algo que empieza a existir, sea con o
sin causa. ¿Por qué no deberíamos suponer, en cambio, que la taza ha sido
transportada desde otro lugar? Hume tendría que añadir alguna cosa a su
escenario que permitiera distinguir la taza empezando a existir de la taza
siendo transportada. Pero entonces tiene un problema. Pues el único modo de
distinguir el empezar a existir de la taza de su ser transportada es por
referencia a las causas de estos distintos tipos de eventos. Su empezar a
existir implica un tipo de causa (moldear un poco de porcelana o plástico, por
ejemplo), mientras su ser transportada implica otro tipo de causa (alguien que
la recoge y la mueve). Se suponía que el escenario de Hume tenía que eliminar
la noción de una causa, pero para conseguir desarrollarlo en detalle necesita
traerla de vuelta?.
Por otro lado, no deja de ser irónico que un empirista
cuestione el principio de causalidad, dado que está tan bien respaldado por la
experiencia como podría estarlo cualquier otra proposición. Pues, en general,
cuando buscamos las causas de algún fenómeno las encontramos, y cuando no (por
ejemplo, con un asesinato no resuelto), tenemos razones para pensar que están
ahí y que las encontraríamos sólo con que tuviéramos las pruebas pertinentes y
más tiempo y recursos para llevar a cabo una investigación más minuciosa. Esto
no es sólo lo que cabría esperar si el principio de causalidad es verdadero,
sino que no es para nada lo que cabría esperar si fuera falso. Si fuera falso,
como señala W. Norris Clarke, «no haría falta nada en absoluto para producir
nada en absoluto: un elefante o un hotel podrían aparecer de repente en el
jardín de tu casa, de la nada», y «que lo hicieran continuamente tendría que
ser la cosa más sencilla del mundo», Pero, por supuesto, ésta no es la manera
en que se comporta de verdad el mundo.
La mejor explicación de por qué el mundo funciona como
funciona es que hay algo en la misma naturaleza de la potencia que requiere
actualización por parte de otra cosa que ya sea actual: es decir, la mejor
explicación es que el principio de causalidad es verdadero. El hecho de que
solemos encontrar causas de lo que empieza a existir, y que ninguna cosa
aparece de la nada sin causa aparente, sería un milagro si dicho principio
fuera falso.
Una crítica alternativa podría apuntar, más que a David
Hume, a Immanuel Kant. Aprendemos que las cosas tienen causas a partir de
nuestra observación del mundo empírico. El ambiente que nos rodea enfría el
café, el aire acondicionado enfría el ambiente, tú enciendes el aire
acondicionado, etcétera. Pero incluso si reconocemos que el principio de
causalidad se aplica dentro del mundo de nuestra experiencia, ¿por qué
deberíamos suponer que cabe extenderlo más allá del mundo empírico, hasta un
actualizador puramente actual de las cosas, algo que, precisamente por ser
inmaterial y estar fuera del espacio y el tiempo, es inobservable?
Pero no es difícil responder a esta objeción. Es cierto que
aprendemos el principio de causalidad a partir de nuestra experiencia del
mundo, pero de esto no se sigue que no podamos aplicarlo más allá del mundo de
nuestra experiencia. Pues el motivo por el que concluimos que las cosas de
nuestra experiencia requieren causa no es porque las experimentamos, sino más bien porque son
meramente potenciales hasta que son actualizadas. Y el principio de que ninguna
potencia puede actualizarse a sí misma es completamente general. Una vez lo
hemos aprendido, podemos aplicarlo más allá de lo que hemos experimentado, y no
hay motivo para dudar de que también cabe hacerlo más allá de lo que podríamos
experimentar. (Compáralo con esto: aprendemos geometría euclídea a partir de
estudiar dibujos de diversas figuras geométricas, por lo habitual trazados en
tinta negra. Pero lo que aprendemos se aplica a figuras geométricas de todo
color y, de hecho, también a las que no tengan ninguno. Pensar que el principio
de causalidad se aplica sólo a las cosas que podemos experimentar es como
pensar que la geometría euclídea se aplica sólo a las figuras que podemos ver).
Russell y la causalidad
Pero quizás el crítico apela, más que a la filosofía, a la
ciencia. Son diversas las maneras en las que podría parecer que la ciencia ha
socavado el principio de que todo lo que va de la potencia al acto tiene una
causa. Por ejemplo, en su ensayo «Sobre la noción de causa», Bertrand Russel
argumentó que «la ley de la causalidad [...] es una reliquia del pasado». La
física, en opinión de Russell, muestra que no hay tal cosa como la causalidad,
porque explica el mundo en términos de ecuaciones diferenciales que describen
relaciones entre eventos, y estas ecuaciones no hacen referencia alguna a las
causas: «En los movimientos de cuerpos que gravitan mutuamente no hay nada que
pueda ser llamado causa y nada que pueda ser llamado efecto: lo único que hay
es una fórmula»,
Pero existe un buen número de problemas con este argumento.
De entrada, demostraría demasiado. Si el hecho de que algo está ausente de las
ecuaciones de la física es suficiente para mostrar que no existe, entonces
tendríamos que eliminar no sólo la causalidad, sino todo tipo de nociones
fundamentales, incluyendo ideas esenciales para nuestra comprensión de la
ciencia, que Russell necesita a la hora de hacer despegar su argumento. En
palabras de Jonathan Schaffer:
A este respecto, «evento», «ley», «causa» y «explicación»
están todas en el mismo barco. Estos [...] términos sirven para permitir una
comprensión sistemática de la ciencia, pero no aparecen ellos mismos en
las ecuaciones. Desde este punto de vista, el argumento de
Russell es semejante a la absurda afirmación de que las matemáticas han
eliminado la variable, ¡porque el término «variable» no aparece en las
ecuaciones!
Por otro lado, no está claro que la física esté realmente
libre de nociones causales. Como argumenta el filósofo C. B. Martin, las
partículas fundamentales descritas por la física nuclear tienen claramente
propiedades disposicionales, esto es, tendencias a producir ciertos efectos
cuando interactúan de cierto modo?.
En tercer lugar, haya o no haya nociones causales en la
física, ciertamente las hay en otras ciencias. Y que el resto de ciencias no
pueden ser reducidas a la física es hoy algo aceptado de modo bastante amplio
en la filosofía contemporánea. Esto es cierto
no sólo de las ciencias sociales, sino también de la
biología*, e incluso (algunos defienden) de la química*. Pero si el resto de
ciencias nos dan conocimiento real acerca del mundo y hacen referencia a la
causalidad, entonces ésta tiene que ser un rasgo real del mundo. Otro punto
relacionado es que el naturalismo filosófico que aporta el fundamento
intelectual al ateísmo moderno se articula y defiende típicamente, en la
filosofía contemporánea, en términos de nociones causales. Los naturalistas de
modo rutinario defienden teorías causales del conocimiento, de la percepción,
del significado, etcétera. Pero si la causalidad es central de cara a la
articulación y defensa del naturalismo, entonces el naturalista tiene que
afirmar su existencia, haga o no haga la física referencia a ella.
De todos modos, el problema más básico con el argumento de
Russell es que sencillamente no hay ningún motivo para suponer que la física no
nos da nada cercano a una descripción exhaustiva de la realidad, y muchos para
pensar lo contrario. Irónicamente, Russell mismo expuso este punto de modo
elocuente en sus últimos trabajos:
No siempre se comprende cuán excesivamente abstracta es la
información que la física teórica nos puede dar. Sienta ciertas ecuaciones
fundamentales que la capacitan para tratar con la estructura lógica de los
sucesos, en tanto deja completamente ignorado cuál sea el carácter intrínseco
de los sucesos que tienen tal
estructura. [...] Todo lo que la física nos procura son
ciertas ecuaciones que expresan propiedades abstractas de los cambios. Pero en
cuanto a qué es lo que cambia, y desde qué a qué cambia, sobre esto la
física calla,
La física moderna centra su atención en aquellos aspectos de
la naturaleza que pueden ser descritos en lenguaje matemático, abstrayendo de
todo lo demás. Sus «matematizaciones», como Martin las ha llamado, implican
llevar a cabo sólo una «consideración parcial» de los fenómenos estudiados!
Este es el motivo por el que la física ha alcanzado un éxito predictivo y una
precisión tan impresionantes: sencillamente no permite que entre en su
caracterización de los fenómenos físicos ningún rasgo que no sea susceptible de
predicción y descripción con precisión matemática. Si hay rasgos del mundo que
pueden ser capturados por este método, entonces muy probablemente la física los
va a encontrar. Pero, del mismo modo, si hay rasgos que no pueden ser
capturados por este método, entonces está garantizado que no los va a
encontrar. Deducir de su éxito predictivo la conclusión de que la física nos da
una descripción exhaustiva de la realidad es, pues, cometer una falacia muy
burda. Es como si dedujéramos, a partir del éxito de un detector de metales,
que no existen rasgos no-metálicos en la realidad; o como si un estudiante, por
el hecho de haber escogido sólo aquellas asignaturas en las que sabía que
sacaría excelente, concluyera que no hay nada importante para aprender del
resto; o como el razonamiento del borracho que, de su habilidad para encontrar
cosas a la luz de la farola, deduce que las llaves que ha perdido no pueden
estar en ningún otro lugar.
Dado que las ecuaciones de la física son, por sí mismas,
meras ecuaciones, meras abstracciones, sabemos que tiene que haber algo más en
el mundo que aquello que describen. Tiene que haber algo que haga que el mundo
realmente se comporte de
acuerdo con esas ecuaciones, en lugar de con otras o con
ninguna. Tiene que haber lo que el último Russell llamó el «carácter
intrínseco» de las cosas que se relacionan del modo descrito por las
ecuaciones. Tiene que haber, en sus palabras, algo «que cambia» y algo desde y
hacia lo que cambia, algo respecto de lo cual, como Russell admitió, «la física
calla». Ahora, si lo que las ecuaciones describen es realmente el cambio,
entonces, como he argumentado, este cambio implica la actualización de una
potencia. Pero actualizar una potencia es justo lo que significa ser una causa.
Con lo cual la causalidad ha de estar entre los rasgos intrínsecos de las cosas
descritas por la física.
Date cuenta de que, incluso si alguien se resistiera a
atribuir cambio real y causalidad a la realidad física extramental, aún así
tendría que atribuírselos a nuestra experiencia de ella, a través de la cual
adquirimos la evidencia experimental y observacional en la que la física se
basa. Una experiencia deja paso a otra: por ejemplo, la experiencia de preparar
un experimento es seguida por la experiencia de observar los resultados. Esto
implica (por todo lo que Russell ha podido mostrar) la actualización de una
potencia, y por tanto causalidad. Es más, el mismo Russell acabó admitiendo que
conocemos el mundo descrito por la física precisamente porque nuestras experiencias
están causalmente relacionadas con ese mundo. Sabemos que hay algo ahí fuera
que podemos estudiar científicamente justo porque el mundo físico produce en
los órganos de nuestros sentidos determinados efectos.
Por tanto, contra el primer Russell, sencillamente no hay
modo coherente de apelar a la física en apoyo de la idea de que la causalidad
no es un rasgo real del mundo.
Newton y la inercia
A veces se sugiere que la ley de la inercia de Newton —de
acuerdo con la cual un cuerpo en movimiento permanecerá así a menos que sea
influido por fuerzas externas— muestra que el cambio podría suceder sin una
causa. Hay mucho que se podría decir para responder a esta objeción, y la he
abordado en detalle en otro lugar?. Para nuestros propósitos, bastarán los siguientes
puntos. En primer lugar, lo que la ley de Newton describe son eventos ordenados
en el tiempo: por ejemplo, el movimiento de las moléculas mientras el café da
vueltas en una taza. Pero, como he enfatizado múltiples veces, el argumento que
hemos estado examinando se pregunta en última instancia acerca de qué actualiza
la potencia de una cosa para existir en cualquier momento particular. Se
pregunta, por ejemplo, qué es lo que hace que en cualquier momento los
componentes de una molécula de agua constituyan realmente una molécula tal, en
vez de cualquier otra cosa. Dado que la ley de Newton presupone que existen
cosas como las moléculas de agua, difícilmente puede explicar su existencia.
Aún más, como han argumentado diversos filósofos (y como
veremos en otro capítulo), que algo siga una ley física —como la ley de la
inercia- significa sencillamente que es
el tipo de cosa que se comporta de acuerdo con dicha ley. Es decir, hablar de
«leyes de la naturaleza» es una especie de atajo para describir el modo en el
que algo tenderá a comportarse dada su naturaleza, dada la forma o patrón que
posee y que la distingue de otras cosas (por usar parte de la terminología
introducida antes). Así, la ley de Newton es simplemente una descripción
abreviada del modo en el que algo se comportará dada la naturaleza o forma que
posee. ¿Pero qué es lo que hace que haya realmente cosas que tengan ese tipo de
naturaleza o forma en vez de otra? ¿Qué hace que sea cierto que las cosas están
gobernadas por la ley de la inercia en vez de por alguna otra ley? ¿Qué
actualiza esa potencia, en concreto? La mecánica newtoniana difícilmente puede
responder este tipo de preguntas. De nuevo, no tiene sentido apelar a la ley de
Newton para explicar por qué existen las cosas que ella misma presupone.
Por último, está lo dicho más arriba de que la física
sencillamente no nos da, para empezar, nada semejante a una descripción
exhaustiva de la naturaleza, sino que abstrae de todo aquello que no pueda ser
«matematizado» (por utilizar la expresión de Martin). Esto incluye las nociones
de acto y potencia, y por tanto la de causalidad en el sentido aristotélico. La
ley de Newton refleja esta tendencia, en la medida en que provee una
descripción matemática del movimiento apropiada para propósitos predictivos sin
preocuparse acerca de los orígenes del movimiento o de la naturaleza intrínseca
de aquello que se mueve. De hecho, tal es probablemente el sentido central del
principio de inercia. En palabras de James Weisheipl:
Más que demostrar el principio, la ciencia mecánica y
matemática de la naturaleza lo asume [...] [y] las ciencias matemáticas tienen
que asumirlo, si es que han de seguir siendo matemáticas. [...] Las bases del
principio de inercia descansan [...] en la naturaleza de la abstracción matemática.
El matemático tiene que comparar: una cantidad singular no le es útil para
nada. A la hora de comparar cantidades, tiene que asumir la nulidad o
irrelevancia básica de otros factores; si no, no puede darse certeza en su
ecuación. Los factores que el matemático considera irrelevantes son [...] el
movimiento, el reposo, la constancia y la direccionalidad inalterada; sólo el
cambio de estos factores tiene valor cuantitativo. Así, para el físico no son
el movimiento y su continuación lo que necesita ser explicado, sino el cambio y
el cese del movimiento — pues sólo éstos tienen valor en la ecuación. [...]
En la primera mitad del siglo XVII, los físicos intentaban
encontrar una causa física para explicar el movimiento [de los cuerpos
celestes]; Newton sencillamente aparcó esa cuestión y buscó dos cantidades que
pudieran ser comparadas. En la física newtoniana no se trata de la causalidad,
sino sólo de ecuaciones diferenciales que sean consistentes y útiles a la hora
de describir los fenómenos. [....]
La esencia de la abstracción matemática [...] tiene que
dejar fuera de consideración el contenido cualitativo y causal de la
naturaleza. [...] Dado que la física matemática abstrae de todos estos
factores, no
puede decir nada acerca de ellos: no puede ni afirmar ni
negar su realidad. 1%
Por tanto, no es sólo que la mecánica newtoniana no refute
el principio de causalidad, sino que no podría refutarlo. Por recuperar
analogías anteriores: no más que lo que podría decir sobre sus llaves el
borracho que se queda debajo la farola, o sobre otras asignaturas el estudiante
que sólo escoge aquéllas en las que sabe que sacará excelente, o no más que lo
que un detector de metales puede decirnos acerca de la existencia de madera,
roca y agua. Las objeciones contra el principio de causalidad que se basan en
la primera ley de Newton, pues, ni siquiera llegan a estar bien formuladas, y
el aristotélico está en su derecho de insistir en que, se interprete la inercia como se interprete, tiene que hacerse
compatible con el principio de causalidad, que captura niveles de la realidad
más profundos que los que la física
aprehende o puede aprehender.
Einstein y el cambio
A veces se pretende que Einstein, o al menos la construcción
que Hermann Minkowski añadió a su teoría de la relatividad, mostró que el
cambio es ilusorio. En este modelo del universo entendido como un bloque de
cuatro dimensiones, el tiempo es análogo al espacio, de modo que el pasado y el
futuro son tan reales como el presente, igual que los lugares lejanos son tan
reales como los cercanos. Por tanto, dice el argumento, no se actualiza ninguna
potencia. Nuestra experiencia consciente del mundo nos lo presenta como si
estuviera cambiando —como si el momento presente desapareciera en el pasado y
diera paso al futuro-, pero en realidad no hay cambio. Objetivamente hablando,
el pasado y el futuro existen exactamente del mismo modo que el presente.
Ahora, tales afirmaciones son controvertidas incluso entre
los físicos, pero para nuestros propósitos no hace falta resolver ese debate?,
pues incluso si supusiéramos, por avanzar la discusión, que el cambio no ocurre
en el mundo físico objetivo, de aquí no se seguiría que el principio «todo lo
que va de la potencia al acto tiene una causa» no tiene aplicación alguna, y
esto por dos motivos.
Primero, porque la física, incluyendo la teoría de la
relatividad, descansa sobre la evidencia empírica de la observación y la experimentación,
que implica que los científicos tienen determinadas experiencias, como formular
una predicción y después ponerla a prueba por medio de la observación, moverse
de un estado de ignorancia a un estado de conocimiento, etcétera. Pero todo esto
supone cambio. Por tanto, si no hay cambio alguno, entonces no hay tampoco tal
cosa como tener las experiencias que proveen de evidencia empírica a cualquier
teoría científica en nombre de la cual quepa tomar la posición de que no existe
el cambio. Así, como ha señalado el filósofo de la ciencia Richard Healey, la
visión de que la física muestra que todo cambio es ilusorio es incoherente”. Lo
máximo que se podría pretender es que el cambio sólo existe en la mente, pero
no en la realidad extramental. Lo que no puede decirse de modo coherente es que
no haya cambio en absoluto. Pero si el cambio existe al menos en la mente,
entonces hay algo de actualización de potencias, y esto es todo lo que hace
falta para que el argumento aristotélico despegue.
Segundo, incluso si el cambio no existiera en el mundo
físico, ni en la mente, ni en ningún sitio, aún así no se seguiría que tampoco
existe la actualización de potencias. Pues, como he argumentado, no es sólo el
cambio de una cosa lo que implica actualización de potencias, sino su misma
existencia en cada momento. Por tanto, incluso si no hay cambio o actualización
real en un universo einsteiniano tetradimensional, la mera existencia de ese
universo como un todo —en un único instante atemporal, por así decirlo— implicaría
la actualización de una potencia y, por tanto,
la existencia de un actualizador distinto de ese mismo mundo. Tendría que haber
una causa del hecho de que ese tipo de mundo, y no otro, fuera actual. De modo
similar, incluso si no hubiera cambio en la mente humana, aún así tendría que
haber una causa de la existencia actual de la mente.
En resumen, igual que la ley de la inercia de Newton, la
relatividad de ningún modo socava el principio de que «todo lo que va de la
potencia al acto tiene una causo». Lo máximo que hace es afectar a cómo
aplicamos este principio, pero no a sí tenemos que aplicarlo”,
La mecánica cuántica y la causalidad
Lo mismo debe decirse en respuesta a objeciones que apelan a
la mecánica cuántica. Hay al menos tres objeciones de este tipo. La primera es
que el carácter nodeterminista de los sistemas cuánticos es incompatible con el
principio de causalidad. La segunda es que las desigualdades de Bell implican
que hay correlaciones sin explicación causalY. La tercera es que las teorías
del campo cuántico muestran que hay partículas que pueden empezar a existir y
dejar de existir al azar.
Respecto de la objeción que parte del indeterminismo, a
veces se señala que la interpretación de variable oculta de de Broglie-Bohm
aporta un modo determinista de entender los sistemas cuánticos. Pero desde un
punto de vista aristotélico, es un error suponer de entrada que la causalidad
implica el determinismo. Para que una causa sea suficiente para explicar su
efecto, no es necesario que lo cause de modo determinista: sólo es necesario
que haga al efecto inteligible. Y esta condición se satisface en una
interpretación no-determinista de la mecánica cuántica. En palabras de Robert
Koons:
De acuerdo con la interpretación de Copenhague de la
mecánica cuántica, toda transición de un sistema tiene antecedentes causales:
el estado cuántico de la onda anterior (en el caso de la evolución de
Schródinger) o el estado cuántico de la onda anterior sumado a la observación
(en el caso del colapso del
paquete de ondas)2,
Por lo que respecta a la objeción que parte de las
desigualdades de Bell, a veces se sugiere que puede ser respondida concediendo
que las influencias causales puedan viajar más rápido que la luzW, o
permitiendo la causalidad retrospectiva o un marco de referencia absoluto, o
postulando una ley por la cual dichas correlaciones tengan lugar?. A la
objeción de que hay partículas que pueden aparecer y desaparecer porque sí en
el vacío cuántico, Alexander Pruss responde que aquí también cabría proponer una
teoría de variable oculta o, de modo alternativo, decir que es el sistema
descrito por las leyes del campo cuántico el que causa dichos eventos, aunque
de modo indeterminista?.
Por supuesto, todas estas propuestas despiertan muchas
preguntas, y la interpretación de la mecánica cuántica es, en cualquier caso,
algo notoriamente controvertido. Pero esto nos lleva al punto fundamental, que
ya señalamos en respuesta a la objeción de la ley de la inercia. En palabras de
Weishepl: «La esencia de la abstracción
matemática [...] tiene que dejar fuera de consideración el contenido
cualitativo y causal de la naturaleza. [...] Dado que la física matemática
abstrae de todos estos factores, no puede decir nada acerca de ellos; no puede
ni afirmar ni negar su realidad»%. Esto es tan cierto de la mecánica cuántica
como de la newtoniana. Lo que tenemos es lo que Martin llama una «consideración
parcial» de la realidad material por medio de su «matematización». Como dice
Russell, la física deja «completamente ignorado [...] el carácter intrínseco»
de aquello que describe en términos de estructura matemática?.
Por tanto, que la cuántica no asigne una causa a un fenómeno
sencillamente no implica que no la haya, dado que ni siguiera una teoría física
completa podría capturar todos los aspectos del fenómeno que está describiendo.
Que algo no esté en una representación de la naturaleza no equivale a
representar que no está en la naturaleza. Que falte en la representación ni
siquiera convierte en probable que falte en la naturaleza si ya sabemos de modo
independiente que la representación lo va a dejar fuera incluso si está ahí.
Por eso, si un artista representa una escena en blanco y negro, el hecho de que
no haya color en el cuadro no muestra que no había color en la escena misma. La
ausencia de color de la imagen es un resultado del método del artista, no una
característica del fenómeno representado. De modo similar, la «matematización»
a la que la física se confina, por su propia naturaleza, ya deja fuera la
potencialidad y otras nociones esenciales de la causalidad como la entiende el
aristotélico. Es el método el que drena de causalidad el mundo, siendo la
mecánica cuántica algo así como un caso límite. La interpretación
tetradimensional de la relatividad sería otro caso límite, con una imagen del
mundo en la que no hay cambio ni potencia. En ambos casos tenemos teorías
físicas que nos revelan no si la causalidad existe en el mundo, sino qué tipo
de representación del mundo obtenemos al dejar de lado consistentemente
nociones causales. Sacar de tales teorías conclusiones filosóficas acerca de la
causalidad es confundir abstracciones por realidades concretas. Como sucedía
con la crítica a partir de la inercia, pues, la objeción que acude a la
mecánica cuántica ni siquiera está bien formulada.
Vale la pena añadir que hay incluso un sentido en el que la
mecánica cuántica, si es que tiene alguna consecuencia para la causalidad en
absoluto, en realidad apunta hacia la posición aristotélica, más que en su
contra. Para ver cómo, pensemos una vez más en la analogía del artista que
dibuja en blanco y negro. De nuevo, el cuadro por sí mismo no nos da ninguna
prueba de que no había color en la escena representada, dado que sabemos que el
uso exclusivo de materiales en blanco y negro por parte del artista nunca
capturaría el color incluso si estuviera allí. Pero el uso de estos materiales
podría indicar que sí hay color en tal escena, del siguiente modo. Estamos
familiarizados con los dibujos que representan un contorno pintándolo con tinta
negra: el de una cara, por ejemplo, como se hace en un cómic. En lo que se
conoce como «fijar el color», ciertos contornos de una obra acabada se dibujan
no con tinta negra, sino sólo con el color que será añadido posteriormente al
esbozo en blanco y
negro. Así, este esbozo inicial puede no incluir el contorno
de uno de los lados de un objeto, trazándolo en cambio con el color que se
añadirá posteriormente al conjunto. Si contempláramos sólo la obra de arte
inacabada, en la que el color está ausente, este lado en concreto no lo
veríamos, y tampoco, por consiguiente, esa parte del objeto. Pero podríamos, no
obstante, inferir a partir de los contornos en negro que el resto del objeto
—la parte que mostrará la obra en color- tiene que estar presente en la escena
dibujada. Por ejemplo, podríamos deducir a partir de la presencia de diversas
rectas y sombras que aquello que está siendo representado es un cubo, y deducir
dónde irían los bordes que faltan. El espectador puede «rellenar» mentalmente
lo que falta de la obra, lo que el cuadro acabado y en color habría
representado.
Lo que estoy sugiriendo es que la mecánica cuántica y las
teorías físicas en general son como la obra de arte en blanco y negro, y que en
unión con principios metafísicos aristotélicos, como el principio de
causalidad, son como esa misma obra una vez se completa en color. Y hay un
sentido en el que la cuántica puede ser entendida como la obra en blanco y
negro a la que se le añade una «fijación del color»: una obra de arte cuyas
líneas no muestran, pero que no obstante sugieren, al menos de modo parcial, la
presencia de causalidad en la realidad que está siendo representada. En
particular, como sugirió Werner Heisenberg, la cuántica apunta a algo así como
la noción aristotélica de potencia. Considerando las «expectativas
estadísticas» que la cuántica asocia con el comportamiento de un átomo,
Heisenberg escribió:
Uno quizás podría llamarlo una tendencia o posibilidad
objetiva, una «potentia» en el sentido de la filosofía aristotélica. De hecho,
creo que el lenguaje utilizado por los físicos cuando hablan de eventos
atómicos produce en sus mentes nociones similares a ese
concepto. Así, los físicos se han ido acostumbrando gradualmente a pensar en
las órbitas electrónicas, etc., no como realidad, sino más como
un tipo de «potentia,
Podríamos decir que la cuántica se acerca a la noción de
potencia sin acto, en la medida en que representa -con su indeterminismo, sus
desigualdades de Bell y la idea de partículas que aparecen en el vacío
cuántico— la actualización de potencias sin aquello que las actualiza*. Y al
mismo tiempo, la interpretación tetradimensional de la relatividad se acerca a
la noción de acto sin potencia. Ahora, dado que la causalidad implica la
actualización de una potencia, toda descripción que deje fuera cualquiera de
los dos aspectos va a dejar fuera también la causalidad. En el caso del
universobloque, lo que se deja fuera es cualquier potencia que necesite ser
actualizada; en el caso de la cuántica, cualquier cosa que actualice la
potencia. En ambos casos, lo que está ausente lo está no porque falte en la
realidad, sino porque está llamado a faltar en una descripción consistentemente
matematizada de lo real.
Por último, igual que con la inercia, las objeciones que
recurren a la mecánica cuántica apelan a las leyes de la física. Y como ya ha
sido señalado, para el aristotélico una ley física es una descripción abreviada
del modo en el que una cosa se comportará dada su naturaleza o forma. Así,
explicar algo en términos de las leyes de la física difícilmente es una
alternativa a explicarlo en términos de la actualización de una potencia. Pues,
¿qué es lo que hace que realmente haya cosas con esa naturaleza o forma en vez
de otra? ¿Qué hace que sea cierto que las cosas están gobernadas por las leyes
de la mecánica cuántica en vez de por otras distintas? ¿Qué actualiza esa potencia,
en concreto?
Consideremos la desintegración radiactiva, que suele ser
vista como indeterminista y que, por ende, es utilizada habitualmente para
poner en cuestión el principio de causalidad. En particular, veamos este
ejemplo del filósofo de la ciencia Phil Dowe:
Supón que tenemos un átomo de plomo inestable, por ejemplo
Pb?*%, Dicho átomo puede desintegrarse,
sin interferencia externa, por desintegración alfa en un
átomo de mercurio Hg?%. Supón que la probabilidad de que suceda esto en el
siguiente minuto es x. Entonces P(ElC) = x donde C es la existencia del átomo
de plomo en un determinado momento tj, y E es la producción del átomo de
mercurio en el minuto inmediatamente subsiguiente a t13>.
Desde un punto de vista aristotélico, lo que está sucediendo
aquí es simplemente que el Pb?" se comporta, igual que el resto de objetos
naturales, de acuerdo con su forma o naturaleza. El cobre, dada su forma o
naturaleza, conducirá electricidad; un árbol, dada su forma o naturaleza,
echará raíces en la tierra; un perro, dada su forma o naturaleza, tenderá a
perseguir gatos y ardillas. Y el Pb”” es el tipo de cosa que, dada su forma o
naturaleza, es tal que hay una probabilidad x de que se desintegre en el
siguiente minuto. La desintegración no es determinista, pero eso no implica que
sea ininteligible. Se fundamenta en lo que es ser Pb”" en contraposición a
cualquier otra cosa, esto es, se fundamenta, de nuevo, en la naturaleza o forma
del Pb?'”. Esto es lo que la filosofía aristotélica llamó la «causa formal» de
una cosa. Existe también una «causa eficiente» o generadora: a saber, lo que
sea que originalmente generó el átomo de Pb”” en algún punto del pasado (fuera
cuando fuera). Y, más relevante para nosotros, existe también una causa
eficiente más profunda que mantiene el átomo de Pb”" en la existencia aquí
y ahora. Que algo exista aquí y ahora como un átomo de Pb”, con su tendencia
no-determinista a desintegrarse, más que como cualquier otra cosa O que no
existir en absoluto, presupone ello mismo la actualización de una potencia. Y
esa actualización tiene que tener una causa en algo que ya sea actual. Así,
apelar al carácter indeterminista de la desintegración radiactiva de ningún
modo elimina la causalidad que requiere un actualizador puramente actual. Sencillamente
ejemplifica que algunas situaciones causales son más complejas que otras?,
Dowe señala aún otro punto que refuerza la conclusión de que
ejemplos como los del Pb”" lo único que muestran es que no toda la
causalidad es determinista, pero no que no haya causalidad en absoluto en la
desintegración radiactiva:
Si meto un cubo de Pb2*% en el cuarto y acabas enfermo por
radiación, entonces sin duda alguna soy responsable de ello. Pero en este tipo
de situación, no puedo ser moralmente responsable de un acción de la cual no
soy causalmente responsable. Ahora, la cadena causal que une mi acción y tu
enfermedad involucra una relación constituida por múltiples conexiones como la
que acabo de describir [en el fragmento citado más arriba]. Por tanto, pretender
que C no causa E sobre la base de que no hay entre
ambos ningún enlace determinista implicaría que no soy
moralmente responsable de que acabes enfermo.
Lo cual es de enfermos, Dowe también señala que «los
científicos describen tales ejemplos de desintegración como casos de producción
de Hg?** [...] [y] “producción” es 9:35
prácticamente un sinónimo de “causalidad”»Y. Esto suena
paradójico sólo si confundimos falazmente la causalidad determinista con la
causalidad como tal.
¿Ciencia obsoleta?
A veces se pretende que, incluso dejando de lado
consideraciones acerca de la inercia, la relatividad y la mecánica cuántica,
los argumentos del tipo que he estado defendiendo descansan sobre presupuestos
científicos obsoletos. Algunas veces esta objeción toma la forma de una
declaración grandilocuente, según la cual el aristotelismo como cosmovisión
general ya fue refutado hace tiempo por la ciencia moderna. Así (se concluye),
un argumento aristotélico acerca de la existencia de Dios es hoy igual de
relevante que una astronomía aristotélica. El problema con estas objeciones es
su escaso rigor intelectual, pues mezclan temas que han de mantenerse
separados. «Aristotelismo», como etiqueta para el sistema de pensamiento contra
el cual se rebelaron los filósofos y científicos modernos, se extiende a una
enorme variedad de ideas y argumentos filosóficos, científicos, teológicos y
políticos. Es cierto que determinadas tesis específicamente científicas
asociadas con el aristotelismo medieval han sido refutadas por la ciencia
moderna, como el geocentrismo, la antigua teoría de los elementos y la idea de
que los objetos tienen lugares concretos hacia los que se mueven por
naturaleza. Pero de esto sencillamente no se sigue que foda idea que pueda ser
caracterizada de «aristotélica» haya sido igualmente refutada por la ciencia.
Por ejemplo, la ciencia de ningún modo ha refutado la idea de que el cambio
implica la actualización de una potencia, que es una tesis filosófica o
metafísica, más que científica. Por el contrario, como ya he señalado, dado que
la misma actividad de la ciencia presupone la existencia del cambio (en la
medida, por ejemplo, en que la observación y la experimentación presuponen la transición
de una experiencia perceptiva a otra), el aristotélico argumentaría que
cualquier teoría científica posible presupone la actualización de potencias. En
otro capítulo discutiré más en detalle las maneras en las que la ciencia
descansa sobre fundamentos filosóficos o metafísicos que sólo el filósofo, y no
el científico, puede justificar racionalmente. Los argumentos defendidos en
este libro descansan sobre estos fundamentos metafísicos, más profundos y
seguros desde un punto de vista racional, y no en tesis que puedan ser en
principio socavadas por la ciencia natural.
Otras veces, en cambio, la susodicha objeción ataca los
ejemplos concretos usados en este tipo de argumentos por descansar sobre
presupuestos científicos erróneos. Por ejemplo, en la presentación informal del
argumento hablé de una mesa que sostenía una taza de café, y que sólo podía
hacer tal cosa porque estaba, a su vez, siendo sostenida por el suelo. Pero
alguien familiarizado con el libro La naturaleza del mundo físico, de Arthur Eddington,
podría concluir que estamos ante un ejemplo defectuoso. Como es sabido,
Eddington empieza su libro contrastando el modo en el que el sentido común entiende una mesa con cómo la
describe la ciencia moderna*, El sentido común considera la mesa como un solo
objeto extenso y sustancial. La física, en cambio, la describe como una nube de
partículas, en su mayoría espacio vacío. Cuando un objeto descansa sobre la
mesa, la razón por la cual no cae a través de esta nube de partículas es que
éstas continuamente chocan contra su parte inferior y lo mantienen así a un
nivel estable. Pero el objeto mismo es también esencialmente una nube de
partículas que chocan contra la mesa. Por tanto (podría decir la objeción), la
imagen de sentido común del suelo sosteniendo una mesa que sostiene una taza
simplemente tiene los detalles científicos mal, con lo que un argumento que
apele a tales ejemplos estará pobremente fundamentado.
Pero a pesar del halo ficticio de exquisitez científica,
estas objeciones son en realidad bastante absurdas. Uno de los problemas es que
presuponen que la imagen de sentido común del mundo y la descripción dada por
la física están en competición, como si no pudiéramos aceptar ambas y
tuviéramos que elegir una de las dos. Y esta suposición es, como mínimo,
controvertida”, Que el suelo, la mesa y la taza estén hechos de partículas que
chocan las unas con las otras simplemente no implica que, al fin y al cabo, no
sea cierto que el suelo sostiene la mesa y la mesa, la taza. Por sí mismos y
sin mayor argumentación, el tipo de detalles descritos por Eddington sólo nos
dan el mecanismo por el cual sucede tal cosa.
Observemos también cómo de selectiva es esta objeción.
Cuando un ingeniero explica lo gruesa que tiene que ser una base de hormigón
para sostener un edificio, o cuando un médico describe cómo un disco herniado
es incapaz de sostener la columna vertebral, nadie se mete en minucias sobre la
física de partículas para decir que en realidad lo que pasa es que las
partículas que forman el hormigón y el edificio, o el disco y la columna, están
chocando unas con otras mientras viajan por un espacio que en su mayoría es
vacío. Nadie pretende que, por culpa de esto, la ingeniería y la medicina
descansen sobre nociones científicamente obsoletas. Se entiende que estos
detalles de la física son irrelevantes con respecto a lo que están diciendo el
ingeniero y el médico, y que por tanto, para sus propósitos, pueden ser
tranquilamente ignorados. Pero entonces es puro alegato especial pretender que
un argumento acerca de la existencia de Dios que apele a ejemplos similares sí
es, de algún modo, sospechoso desde un punto de vista científico.
Pero hay un problema aún más grave. Incluso si hubiera algún
conflicto entre la física moderna y la descripción de sentido común de la mesa
y la taza o la cadena y la lámpara, esto no socavaría de ningún modo el
argumento aristotélico acerca de Dios. Pues los detalles científicos en
cuestión son completamente irrelevantes por lo que respecta al objetivo de los
ejemplos, que es introducir nociones como la actualización de potencialidades y
la distinción entre una serie jerárquica y una serie lineal. Y estas ideas
tienen aplicación tanto si pensamos en términos de mesas sosteniendo tazas, de
nubes de partículas chocando unas con otras o en otros términos completamente distintos. Los detalles científicos en
cuestión afectarán sólo a cómo utilizamos estas nociones, no a sí tenemos que
utilizarlas.
Aquí vemos de nuevo cómo de selectivas son estas acusaciones
de mala ciencia contra los argumentos teístas. Cuando un físico ilustra algo
pidiendo que imaginemos lo que nos pasaría si cayéramos en un agujero negro o
cabalgáramos sobre un rayo de luz, a nadie le parece inteligente responder que
los fotones son demasiado pequeños como para sentarse en ellos o que la
gravedad nos desgarraría mucho antes de llegar al agujero negro. Todo el mundo
entiende que estas objeciones serían pedantes y pasarían por alto completamente
lo que el físico está intentando decir. Pero criticar ejemplos como los de la
mesa sosteniendo la taza porque ignoran el aspecto de la situación desde el
punto de vista de la física de partículas es igual de pedante y trivial, y
seguiría siéndolo incluso si hubiera un conflicto entre la física y el sentido
común.
¿Son reales las series jerárquicas?
Hay otra objeción a partir de la ciencia que el crítico
puede intentar plantear. He dicho que cualquier paso en una serie lineal de
causas y efectos que se extiende a través del tiempo presupone una serie causal
jerárquica más fundamental cuyos miembros existen todos juntos en ese momento
concreto. ¿Pero hay acaso causas y efectos que existan simultáneamente de este
modo? Es verdad que en nuestro día a día nos expresamos como si existieran.
Decimos, por ejemplo, que cuando uno empuja una piedra con un palo, el
movimiento del palo y el de la piedra son simultáneos. ¿Pero no es esto cierto
sólo en un sentido laxo? Si lo midiéramos con instrumentos de precisión, ¿no
veríamos una ligera diferencia de tiempo entre el movimiento del palo y el de
la piedra? O, por poner un ejemplo utilizado anteriormente, ¿no habría una
ligera diferencia de tiempo entre el movimiento de las partículas de la mesa y
el de las de la taza, de modo que el hecho de que la taza esté siendo sostenida
en esa posición no es exactamente simultáneo con lo que está ocurriendo en la
mesa? Aún más, ¿no pone en duda la teoría de la relatividad toda esta idea de
lo simultáneo?
La primera de varias respuestas posibles consiste en señalar
que es sencillamente un error pensar que simultáneo implica instantáneo. Un
evento como el de alguien utilizando un palo para mover una piedra se extiende
a lo largo del tiempo, en vez de suceder en un único instante. Pero decir que
el movimiento del palo y el de la piedra son simultáneos no es, de entrada,
decir que ocurren en un único instante. Significa, más bien, que el palo
moviendo la piedra y la piedra siendo movida por el palo forman parte de un
mismo evento, dure éste lo que dure. Como señaló Clarke (citando un ejemplo
distinto): «Ciertamente me toma tiempo empujar una silla por la habitación,
pero no hay tiempo entre mi empujar la silla y la silla siendo empujada»*.
Hume pensaba que una causa y su efecto están siempre
separados en el tiempo, pero, como argumentan Stephen Mumford y Rani Lill
Anjum, los ejemplos estándar
utilizados en apoyo de esta opinión no son convincentes?,
Por ejemplo, decir (como quizás lo haría un seguidor de Hume) que el movimiento
de la bola de billar A causa el movimiento consiguiente de la bola de billar B
no es del todo exacto, ya que el movimiento de A podría haber sido detenido
antes de tener ninguna influencia causal sobre B, y el movimiento de B puede
continuar o no con independencia de la continua presencia de A. Es sólo en el
punto de impacto donde hay realmente algo de causalidad con respecto a A y B.
Pero A impactando con B y B siendo impactada por A no están separados en el
tiempo. Son sencillamente el mismo evento. Tampoco es del todo correcto hablar
(como lo haría un humeano) de que el lanzamiento de un ladrillo causa la
ruptura del vidrio. La causa inmediata es más bien el empujar del ladrillo
contra el vidrio y el efecto es el ceder del vidrio, y estos dos (a diferencia
de los anteriores) no están separados temporalmente, sino que son partes de un
mismo evento. Por supuesto, el movimiento de la bola de billar A y el
lanzamiento del ladrillo son relevantes desde un punto de vista causal, y hay
un sentido perfectamente legítimo en el que podemos hablar de ellos como causas
de los susodichos efectos. Pero no son sus causas inmediatas, y las causas
inmediatas son siempre simultáneas con sus efectos.
Pero todo esto (podría objetarse), ¿no tendría la
consecuencia absurda de que no hay cadenas causales extendidas en el tiempo,
porque todas las causas y todos los efectos serían simultáneos? No. En primer
lugar, recordemos que «simultáneo» no implica «instantáneo». El evento único en
el que una causa genera su efecto puede tener lugar en el transcurso de
segundos, minutos, horas o incluso mucho más. (Piensa en un alfarero dando
forma a un jarrón, un terrón de azúcar disolviéndose en agua o una estufa
calentando una habitación). Además, en palabras de Mumford y Anjum, tenemos que
«[distinguir], por un lado, los episodios causales que forman parte de un solo
proceso de, por el otro, los procesos causales que son posibilitados por
capacidades instanciadas en procesos anteriores», Considera, por tomar su
ejemplo prestado, un terrón de azúcar disolviéndose en un vaso de té, seguido
diez minutos después por el té siendo bebido, seguido a su vez por su
conversión en energía tras alcanzar el estómago. Cada uno de estos tres eventos
es un proceso causal, pero no están relacionados entre sí causalmente en el
sentido en el que la causalidad tiene lugar dentro de cada uno de ellos. Es
decir, el azúcar disolviéndose en el té es un proceso causal, pero no produce,
a su vez, el hecho de que el té sea bebido. Más bien da lugar a un conjunto de
condiciones que, diez minutos después, juegan cierto papel en el proceso causal
separado de beber el té. Y el hecho de que el té sea bebido tampoco causa su
transformación en energía. En vez de esto, lo que sucede es que uno de los
procesos causales prepara las condiciones para el siguiente (incluso si en este
caso hay un solapamiento temporal parcial entre ambos). Lo que no tenemos es un
proceso produciendo otro que produce otro en el sentido en que (digamos) el
agua y la estructura molecular del terrón de azúcar producen su disolución. En
este último proceso, la causa y el efecto son simultáneos. Pero dado que el
acto de disolución del té no es en el mismo sentido causa de que el té sea
bebido, no se da entre ellos simultaneidad
y, por tanto, esta larga serie de eventos (el azúcar disolviéndose, el té
siendo bebido, el té transformado en energía) no colapsa en un gran evento
causal simultáneo.
A pesar de esto, aún cabría objetar: ¿no ha refutado
Einstein la pretensión de que las causas y los efectos son simultáneos, en la
medida en que la relatividad especial sostiene que el hecho de que dos eventos
separados espacialmente sean simultáneos es relativo al marco de referencia del
observador? No, porque los casos que hemos estado considerando son precisamente
aquéllos en los que un efecto y su causa inmediata forman parte del mismo
evento, más que de eventos distintos, y los ejemplos a los que hemos apelado
tienen que ver con causas y efectos que ocupan el mismo lugar espacial, más que
ubicaciones distintas. Por tanto, la relatividad es irrelevante*.
En cualquier caso, como he enfatizado más arriba, aunque fue
el análisis del cambio el que nos llevó a la distinción entre el acto y la
potencia, ésta tiene aplicación no sólo respecto de los cambios que las cosas
experimentan a través del tiempo, sino también respecto de su misma existencia
en cada momento de tiempo. Así, preguntar acerca de la duración de los eventos
en los que el cambio ocurre y acerca de si ninguno de ellos es simultáneo no
tiene, en el fondo, trascendencia. Podríamos ignorar todo eso y centrarnos
simplemente en la mera existencia de una cosa, como el agua de nuestro ejemplo.
Pues incluso su propia existencia —el hecho de que sus átomos formen agua en
vez de cantidades discretas de oxígeno e hidrógeno— implica la actualización de
una potencia y requiere, por tanto, algo que la actualice.
Señalé también que lo que hace que tal serie causal sea
jerárquica en vez de lineal no es de por sí la simultaneidad, sino más bien el
hecho de que todos los miembros distintos del primero tienen su poder causal de
modo derivado o instrumental, en vez de inherente o «incorporado». Este es el
motivo por el que una serie lineal de causas puede en principio extenderse
hacia atrás infinitamente, mientras una serie jerárquica no. Dado que cada
miembro en una serie lineal tiene el poder causal de modo inherente, más que
derivado, no hay necesidad de rastrear la acción de ninguno de ellos hasta un
primer miembro que le imparta su poder para actuar*. Por tanto, dicha serie no
necesita tener un principio. Por contraste, una serie jerárquica es tal
precisamente en la medida en que todo miembro distinto del primero puede actuar
sólo porque su poder para hacerlo le es impartido desde fuera. Si D actualiza a
C sólo en la medida en que C está siendo actualizado por B y B, a su vez, por
A, entonces hasta que no lleguemos a algo que pueda actualizar todo lo demás
sin tener que ser él mismo actualizado —esto es, algo que pueda impartir poder
causal sin tener que derivarlo él mismo-, entonces no habremos explicado
realmente nada. Simplemente estaremos cambiando de sitio la pregunta. Un primer
actualizador que sea la fuente del poder actualizador del resto es la condición
previa para que pueda haber, para empezar, una serie jerárquica. Una serie
jerárquica que careciera de ese primer miembro
sería como un instrumento que no fuera el instrumento de nada, una serie de
causas con poder derivado sin nada de lo cual derivarlo.
Como esto indica (y como ya señalé), lo que significa una
«primera» causa en este contexto no es meramente «la causa que va antes que la
segunda, la tercera, la cuarta, etcétera», o «la que resulta que está a la
cabeza de la cola». Más bien, una «primera causa» es aquélla que tiene poder causal
de modo no-derivado o «primario», en contraste con aquéllas que lo tienen sólo
de modo derivado o «secundario». Así, incluso si por el bien de la discusión
concediéramos que puede haber una serie jerárquica infinitamente larga —D
actualizado por C, que es actualizado por B, que es actualizado por A, y así
hasta el infinito—, aún así tendría que haber una fuente de poder causal fuera
de la serie que se lo impartiera al conjunto. De nuevo, un pincel infinitamente
largo seguiría sin poder moverse a sí mismo, dado que la madera de la que está
hecho no tiene ningún poder de movimiento «incorporado»: la longitud del pincel
es irrelevante a este respecto. O pensemos en un espejo que refleja la imagen
de una cara que hay en otro espejo, que a su vez la refleja de otro espejo, y
así hasta el infinito. Incluso si concediéramos que puede haber una serie
infinita de espejos, aún así tendría que existir algo fuera de ella —la cara
misma- que pudiera impartir el contenido de la imagen sin tener que derivarlo
de otro sitio. Lo que no podría haber es sólo espejos y nunca ninguna cara. Por
el mismo motivo, ni siquiera una serie infinitamente larga de causas
instrumentales podría exhibir ninguna causalidad en absoluto a menos que
hubiera algo más allá de la serie respecto de lo cual fueran instrumentos.
A la luz de esto, puede verse que algunas objeciones
dirigidas contra la idea de que una serie jerárquica ha de tener un primer
miembro malinterpretan completamente el argumento*. No sirve de nada, por
ejemplo, apuntar como contraejemplos a series matemáticas infinitas, porque
éstas no implican causas instrumentales y primarias ni, ya que estamos,
causalidad alguna. Los aristotélicos en ningún caso descartan toda serie
infinita como tal: al contrario, permiten no sólo series matemáticas infinitas,
sino que, como ya se ha dicho, por lo general están de acuerdo en que una serie
causal lineal que se extiende hacia atrás en el tiempo (la cual tampoco implica
causas instrumentales y primarias) podría al menos en teoría carecer de
principio. Por eso no se ha entendido el argumento si se apela como objeción a
que hay modelos cosmológicos en apoyo de un universo (o «multiverso») sin
comienzo.
A veces se dice también que defender la existencia de un
primer miembro en una serie jerárquica es incurrir en una petición de
principio, porque caracterizar las otras causas como instrumentales ya
presupone que dicho primer miembro existe“, Pero no hay ninguna petición de
principio. Caracterizar algo como una causa instrumental es simplemente decir
que deriva su poder de otra cosa. No hay nada en esta caracterización que
presuponga que una serie formada por tales causas no puede extenderse hasta el
infinito, o que tiene que haber alguna causa que tenga poder noderivado.
Incluso el escéptico es capaz de entender perfectamente la idea de que un palo no puede mover una piedra por sí mismo,
esté o no de acuerdo con que una regresión de tales motores movidos deba
terminar en un primer miembro.
¿Por qué un motor inmutable?
Incluso si concedemos que la prueba aristotélica nos lleva
hasta un motor inmóvil, podríamos objetar que no por eso nos lleva hasta un
motor que sea inmutable. O mejor (por usar el lenguaje que hemos dicho que es
menos coloquial pero más preciso), podríamos sugerir que incluso si hay un
primer actualizador, no necesita ser uno puramente actual, sin potencia alguna.
¿Por qué no suponer en cambio que tiene potencialidades que simplemente no
están siendo actualizadas de facto, al menos no en la medida en que actúa como
primer actualizador de alguna serie causal jerárquica? Quizás esas potencias
sean actualizadas en algún otro momento, cuando no actúa como tal, o quizás
nunca. Pero mientras las tenga, no será un actualizador puramente actual, y por
ende carecerá de muchos de los atributos definitorios de Dios: la unidad, la
inmaterialidad, la eternidad, la perfección, la omnipotencia, etcétera.
Para ver el error de esta objeción, recordemos una vez más
que, aunque el argumento empieza preguntando qué explica los cambios que
observamos en el mundo, a continuación pasa a la pregunta de qué explica la
existencia, en todo momento, de las cosas que cambian. Por tanto, en último
término, el regreso que nos preocupa es el de los actualizadores de la
existencia de las cosas. El primer actualizador en esta serie es «primero»,
pues, en el sentido de que puede actualizar la existencia de todo lo demás sin
que su propia existencia tenga que ser actualizada. Entonces, supón que este
primer actualizador tuviera alguna potencia que necesitara ser actualizada para
poder existir. ¿Qué actualizaría esa potencia? ¿Deberíamos suponer que lo hace
alguna otra cosa distinta del primer actualizador? En tal caso, el así llamado
primer actualizador no sería realmente el primero, en contra de la hipótesis:
lo sería este actualizador adicional, o quizás otro aún más remoto. ¿Deberíamos
decir, en cambio, que el primer actualizador tiene alguna parte puramente
actual que actualiza la parte que es meramente potencial? Pero, en ese caso,
será esta parte puramente actual la que sea el primer actualizador verdadero, y
la «parte» potencial no sería realmente una parte del primer actualizador, sino
sencillamente el primero de sus efectos. ¿O deberíamos decir, aún más, que la
potencia del primer actualizador es actualizada por alguna parte suya que no es
puramente actual, sino una mezcla de acto y potencia? ¿Pero qué actualizaría
las potencialidades de esa parte? ¿Alguna otra parte más remota que sea una
mezcla de potencia y acto? Pero, en ese caso, tenemos de nuevo un regreso vicioso
y no hemos alcanzado realmente ningún primer actualizador.
En resumen, no tiene sentido hablar de un primer
actualizador de la existencia de las cosas que no sea puramente actual. Si
reconocemos que hay un primer actualizador, tenemos que reconocer que es
puramente actual y, por tanto, que tiene todos los atributos divinos que se
siguen de ello.
Aún así, el crítico puede objetar que cualquier cosa que
actualice a otra tiene que estar ella misma cambiando mientras lo hace, y que
por tanto tiene que tener potencialidades que necesiten ser actualizadas. Con
lo cual (podría decirse), la misma noción de un actualizador puramente actual
es incoherente. Pero un problema con esta objeción es que sencillamente está
pidiendo el principio. El argumento aristotélico acerca de la existencia de
Dios pretende probar que ninguna potencia puede ser actualizada en absoluto a
menos que haya un primer actualizador que sea puramente actual y sin mezcla de
potencia. Dado que las premisas de este argumento son verdaderas y la conclusión
se sigue lógicamente de ellas, la conclusión es verdadera y, por ende,
coherente. De acuerdo con esto, no sirve de nada insistir en que la conclusión
tiene que ser falsa; uno tiene que mostrar concretamente o bien que una de las
premisas es falsa o bien que la conclusión no se sigue. De otro modo, debe
admitir que el argumento muestra que, al fin y al cabo, un actualizador
puramente actual es posible, dado que es real.
Otro problema con la objeción es que parece que comete lo
que en lógica se llama una falacia de accidente. En nuestra experiencia, cuando
una cosa cambia a otra, ella misma sufre algún cambio; por ejemplo, cuando tu
brazo mueve un palo, eso es porque él también se mueve en el proceso. Las cosas
de nuestra experiencia, pues, actualizan otras cosas yendo ellas mismas de la
potencia al acto. Pero de aquí no se sigue que absolutamente cualquier cosa que
actualice a otra tenga que ir ella misma de la potencia al acto. Eso es como
razonar a partir de la premisa de que todos los presidentes de Estados Unidos
han medido de hecho menos de 2 metros hasta la conclusión de que absolutamente
cualquier persona que pudiera llegar a ser presidente tiene que medir menos de
2 metros. La conclusión no se sigue, precisamente porque no hay ninguna conexión
esencial entre ser presidente y medir menos de 2 metros, sino sólo una conexión
accidental o contingente. Y seguiría siendo contingente incluso si los datos de
la biología hicieran extremadamente improbable que pudiera llegar a haber nunca
un presidente de más de 2 metros. De modo similar, incluso si los
actualizadores de nuestra experiencia son ellos mismos mezclas de potencia y
acto, sencillamente no se sigue (por todo lo que ha mostrado el crítico) que
haya una conexión esencial, en vez de meramente contingente, entre ser un
actualizador y ser una mezcla de potencia y acto.
Además, no es como si la noción de un actualizador puramente
actual fuera de algún modo paradójica, como (digamos) la de un «mortal
inmortal». Un «mortal inmortal» sería algo que muere y que no muere, lo cual es
auto-contradictorio. Pero un actualizador puramente actual es algo que
actualiza otras cosas sin ser él mismo actualizado, y no hay nada
auto-contradictorio en esta idea. Aún más, la razón por la que los
actualizadores de nuestra experiencia están ellos mismos siendo actualizados
incluso cuando actualizan otras cosas es precisamente porque están limitados de
diversos modos por ser mezcla de acto y potencia. Por ejemplo, dado que un
brazo que mueve un palo está actualmente en un punto del espacio y sólo
potencialmente en otro, su potencia
para estar en ese otro punto tiene que ser actualizada por alguna otra cosa si
es que quiere llevar hasta ahí el palo en cuestión. Pero algo que sea puramente
actual, sin mezcla de potencia, no tendría tales limitaciones, y por tanto no
necesitaría ser él mismo actualizado mientras actualiza otras cosas.
Como he dicho, en los siguientes capítulos abordaremos
muchas más objeciones contra argumentos de la primera causa. Pero hasta el
momento hemos visto que las que pueden plantearse contra la versión
específicamente aristotélica no tienen en absoluto ningún éxito.
2. LA PRUEBA NEOPLATÓNICA
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 1
Las cosas de nuestra experiencia están compuestas de partes.
Quizás, mientras lees este libro, estás sentado en una silla. La silla está
hecha de partes, como sus patas, los tornillos que las unen a la estructura, el
asiento, el respaldo, el cojín y la tela que lo cubre. También el libro está
compuesto de partes, como la portada, las páginas, el pegamento que las une y
la tinta. Y tú mismo estás hecho de partes, como tus brazos, piernas, ojos,
orejas, huesos, músculos y todo lo demás.
En cada uno de estos casos, en cierto sentido, puede decirse
que las partes son menos fundamentales que el todo. Al fin y al cabo,
entendemos lo que es una pierna o un ojo por referencia al organismo entero del
que forman parte. Una pierna es algo que lo ayuda a moverse, un ojo es algo que
le permite tener experiencia visual de los objetos que lo rodean. Las partes
del libro y de la silla también han de ser entendidas por referencia al todo.
La portada es algo que protege las páginas del libro y que indica, por medio de
palabras, más o menos cuál es su contenido y quién es el autor. La pata de una
silla es algo que la mantiene en pie; un cojín, algo que la hace cómoda para la
persona que se sienta, etcétera.
Aún así, hay otro sentido obvio en el que cada uno de estos
todos es menos fundamental que sus partes. Pues el todo no existe a menos que
sus partes existan y estén combinadas de la manera correcta. Por ejemplo, si no
hubiera patas, ni estructura, ni asiento, entonces la silla no existiría. Y
tampoco existiría si estas partes estuvieran simplemente amontonadas o
combinadas en la forma de (pongamos) una mesa, en lugar de una silla. De modo
similar, el libro no existiría si las páginas, la portada, el pegamento, y lo
demás no existieran, o si existieran pero diseminados por ahí. Tu cuerpo
tampoco existiría si tus brazos, piernas, ojos, orejas, huesos, músculos,
etcétera estuvieran simplemente desperdigados o agrupados en un montón enorme,
en vez de configurados del modo habitual.
En resumen, las cosas de nuestra experiencia son compuestas,
están hechas de partes, y un compuesto es menos fundamental que sus partes en
el sentido de que su existencia presupone que éstas existen y están unidas de
la manera correcta. Puedes pensar que esto tiene que ver con que haya algún
punto en el tiempo en el que las partes no formen el todo y después, más tarde,
sí lo hagan. Y esto es cierto muchas veces. Por ejemplo, primero se construyen
las partes y después se juntan para formar una silla. Pero no es así en todos
los casos: no es que empiecen a existir primero los brazos, las piernas, los
ojos y las orejas y después se junten para formar tu cuerpo. Más bien, se van
desarrollando todos juntos con la división celular mientras te gestas dentro del vientre de tu madre. Aún más,
incluso si, en vez de empezar a existir, hubiera existido siempre, un compuesto
seguiría siendo, en el sentido relevante, menos fundamental que sus partes:
incluso si una silla hubiera existido siempre, aún así sería cierto que su
existencia presupone la existencia y correcta combinación de sus partes. Para
lo que nos interesa, también dependería de sus partes incluso si hubiera
empezado a existir de golpe tal cual, en vez de existir siempre o haber sido
construida a lo largo del tiempo.
En resumen, un compuesto depende de sus partes no sólo ni
necesariamente en todos los casos en un sentido temporal, pero siempre y de
modo más fundamental en un sentido atemporal. En cualquier momento particular,
la existencia de algo compuesto presupone que sus partes existen y están unidas
en ese momento de la manera correcta, y esto será así haya existido el
compuesto siempre, sólo por un número determinado de minutos, horas, días o
años, o sólo por un instante.
Ahora, ¿cómo se reúnen las partes de un compuesto para
formar el todo? El compuesto mismo no puede ser la causa de que esto ocurra. Si
lo pensamos en términos temporales, el porqué resulta bastante obvio. Las
sillas, por ejemplo, no se construyen a sí mismas: alguien tiene que tomar las
partes y juntarlas. Pero, de nuevo, incluso si pensamos en la silla de modo
atemporal en cualquier momento, la existencia del todo depende de la existencia
y adecuada disposición de las partes. Y la silla como un todo no puede ser la
causa de que esas partes, en ese momento, existan y estén dispuestas justo del
modo correcto, porque en tal caso tendríamos un círculo vicioso: la existencia
del todo dependería de la existencia y disposición de las partes y la
existencia y disposición de las partes dependería de la existencia del todo.
Sería como si la silla se levantara a sí misma, por así decirlo.
En realidad, la existencia y disposición de las partes,
consideradas en cualquier momento dado, no dependen de la silla, sino de una miríada
de factores distintos. Por ejemplo, siempre que la silla existe, sus patas
están unidas a la estructura por medio de tornillos, y la fricción asegura que
éstos se mantendrán en su lugar. Las patas y los tornillos están ahí en ese
momento porque sus respectivas moléculas existen y están combinadas de un modo
determinado, y la existencia de las moléculas se explica a su vez por la
existencia de los átomos que las forman y por el modo en el que están
combinados. También hay otros factores, como que la temperatura de la
habitación esté dentro del rango adecuado. Si fuera demasiado caliente, el
metal de los tornillos se habría derretido, la madera se habría encendido, y
por ende la silla misma no podría mantenerse unida. Que la habitación esté, en
cambio, a una temperatura menor es parte de aquello que hace posible que la
silla exista en un momento determinado. Todos estos factores (y otros) tienen
que estar, en todo instante, combinados justo de la manera correcta para que
las partes existan y estén unidas de modo que la silla misma pueda existir en
ese momento.
Lo que es cierto de la silla lo es también de todas las
cosas compuestas de nuestra experiencia. En cualquier momento en el que
existen, sus partes existen y están dispuestas
justo del modo correcto, y esto es así únicamente porque, también en ese
momento, otros factores existen y están bien combinados. Las cosas compuestas
tienen causas, y esto se cumple no sólo en el sentido de que algo las trae a la
existencia en algún punto del tiempo, sino también en el sentido más
fundamental de que su continua existencia depende, en cualquier momento, de
otras cosas que existen también en ese momento.
Démonos cuenta de lo siguiente: mientras el hecho de que la
silla ha sido construida por alguien en una fábrica implica una serie causal de
tipo lineal, el hecho de que su existencia continuada dependa, en todo momento,
de la existencia y combinación de otros factores implica una serie causal de
tipo jerárquico (por usar la terminología introducida en el capítulo anterior).
Esto se ve porque tales factores son simultáneos y operan todos en el mismo
instante, aunque recordemos que lo esencial para la idea de una serie
jerárquica no es la simultaneidad per se, sino más bien el modo en el que el
poder causal de sus miembros es derivado (como el poder del palo para mover la
piedra deriva de la mano que lo mueve a él). La silla existe sólo porque sus
partes existen y están bien combinadas; pero las partes, a su vez, pueden
existir y estar así dispuestas sólo porque ciertos otros factores existen y
están bien combinados, etcétera. Si los últimos factores no se «sostienen», la
silla tampoco lo hará.
Hemos empezado pensando en partes de objetos materiales
cotidianos —patas, tornillos, papel, ojos, músculos, etcétera- que también
resultan ser ellas mismas objetos materiales cotidianos. A medida que la
discusión ha progresado, no obstante, hemos hecho referencia a partes que no
son objetos materiales cotidianos (los átomos) o que no son objetos en absoluto
(la temperatura). Y las partes de una cosa pueden ser aún más exóticas, según
diversas teorías metafísicas. Por ejemplo, de acuerdo con el aristotelismo,
todas las sustancias físicas están compuestas de forma y materia. Es gracias a
su forma que un trozo de cobre, digamos, tiene las propiedades que tiene, como
la maleabilidad y la capacidad de conducir electricidad. Un árbol tiene sus
propiedades y actividades características, como la capacidad de absorber agua y
nutrientes a través de las raíces, también debido a su forma. Y es en virtud de
aún otro tipo de forma que un animal tiene sus propias cualidades y
capacidades, como la habilidad de recoger información a través de órganos
sensibles especializados, etcétera. Ahora, cada uno de estos tipos de forma —la
forma del cobre, la del árbol y la del animal- es universal en el sentido de
que es una y la misma forma la que existe en distintas cosas individuales en
diferentes puntos del espacio y del tiempo. Este trozo de cobre, ese otro y un
tercero son todos cobre (y no plomo u oro) precisamente porque tienen una y la
misma forma; este árbol y aquél otro son ambos árboles precisamente porque
tienen la misma forma, la forma de un árbol; este animal y ese otro son ambos
animales porque los dos tienen la forma de animal, etcétera. La materia, por
contraste, es lo que hace que esta forma, que de otro modo es universal, esté
atada a una cosa particular en un tiempo y lugar determinados.
Se podría decir mucho más acerca de este análisis de los
objetos físicos, pero que uno lo acepte o no es irrelevante para nuestro
argumento*. El punto es sólo que lo que hemos dicho acerca de partes físicas
ordinarias como las patas y los tornillos de una mesa sería también cierto de
partes metafísicas como la forma y la materia, si es que existen. Es decir,
todo lo que fuera compuesto de forma y materia necesitaría tener una causa que
combinase esas partes, igual que la silla. Para poder existir, requiere alguna
causa que combine sus patas, tornillos, etcétera. Pues en el análisis
aristotélico, la forma de algo como un trozo de cobre o un árbol es, por sí
misma y separada de la materia, una mera abstracción, más que un objeto
concreto. Para que la forma exista de modo concreto, hace falta que haya alguna
materia que la instancie. Pero la materia, por sí misma y separada de la forma,
es, para el aristotélico, nada más que potencia para ser algo. Sólo es
actualmente algo si tiene la forma de alguna cosa particular. Así, aunque la
forma y la materia son diferentes, hay un sentido en el que la forma depende de
la materia y la materia depende de la forma. Tendríamos por tanto un círculo
vicioso si no hubiera nada exterior a ambas que diera cuenta de su combinación.
Cabría identificar aún otras partes metafísicas. Por
ejemplo, los tomistas sostienen que podemos distinguir entre la esencia de una
cosa y su existencia, esto es, entre lo que una cosa es y que es. Está,
digamos, la esencia o naturaleza de un triángulo ser una figura plana cerrada
con tres lados rectos y la existencia de algún triángulo particular, que difiere
de la existencia de aquel otro triángulo particular. Ahora, cualquier ente
existe en absoluto sólo como algo de un tipo u otro, así que no hay tal cosa
como la existencia de un triángulo (por seguir con nuestro ejemplo) separada de
la esencia del triángulo. Pero la esencia de un triángulo, por sí misma y
separada de cualquier triángulo actual, es una mera abstracción, no un objeto
concreto. Por tanto, la esencia de cualquier triángulo concreto particular no
tiene ninguna realidad aparte de la existencia del triángulo. Como con la
materia y la forma, pues, la esencia y la existencia de una cosa dependen la
una de la otra de tal modo que tendríamos un círculo vicioso si no hubiera una
causa exterior a la cosa que diera cuenta de cómo están unidas.
Aquí tampoco importa, por el momento, si uno acepta
realmente esta distinción o el sistema metafísico del que forma parte (aunque
tendremos motivos para revisitar la distinción tomista entre esencia y
existencia en otro capítulo). El punto, de nuevo, es simplemente que el
principio de que todo lo compuesto tiene una causa es completamente general, y
se aplica sean cuales sean las partes que componen una cosa.
Ahora, si una cosa compuesta es causada por otra cosa
compuesta y ésta, aún por otra en una serie causal jerárquica, entonces, por
las razones expuestas en el anterior capítulo, esta serie ha de tener un primer
miembro. Pero el primer miembro no puede ser él mismo compuesto, pues entonces
requeriría una causa propia y, por tanto, no sería primero. De este modo, tiene
que ser algo no-compuesto, algo absolutamente simple en el sentido de no tener
partes de ningún tipo: ni materiales ni metafísicas, como la forma y la materia
o la esencia y la existencia.
Por tanto, para que cualquiera de las cosas compuestas de
nuestra experiencia pueda existir en absoluto aquí y ahora, tiene que existir
también aquí y ahora una causa de su existencia que sea no-compuesta o absolutamente
simple: una causa que, siguiendo al filósofo neoplatónico Plotino, podríamos
llamar el Uno.
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 2
¿Cómo es el Uno? ¿Es, por ejemplo, único? ¿Podría haber más
de un Uno? No, en absoluto. Pues supongamos que hubiera dos o más causas
no-compuestas O absolutamente simples. Entonces tendría que haber algún rasgo
cuya posesión distinguiera a una de la otra. La causa no-compuesta o simple A
diferiría de la causa no-compuesta o simple B en la medida en que A tuviera el
rasgo F del que B careciera, y B tuviera el rasgo G del que A careciera. Pero
en tal caso ni A ni B serían realmente simples o no-compuestas. A sería una
causa simple o no-compuesta más E, y B sería una causa simple o no-compuesta
más G. F y G serían diferentes partes, cada una poseída por una de las causas y
no por la otra. Pero una causa simple o nocompuesta no tiene partes. Por tanto,
no puede haber ningún rasgo que una de las dos tenga y la otra no. En
consecuencia, no hay ningún modo en el que podrían diferir entre sí, y por ende
simplemente no puede haber más de una. El Uno es «uno», pues, no sólo en el
sentido de ser simple o no-compuesto, sino también en el sentido de ser único.
Por tanto, todas las cosas compuestas de nuestra experiencia se remontan en
último término a la misma causa simple o no-compuesta.
El Uno también tiene que estar no sujeto a cambio o ser
inmutable. Pues cambiar implica ganar o perder alguna característica, y si esto
pudiera sucederle, entonces no sería simple o no-compuesto, sino simple o
no-compuesto más esa característica. Esta, en tal caso, sería una parte, y por
tanto el Uno no sería realmente simple o nocompuesto. Si el Uno no está sujeto
a cambio o es inmutable, entonces también es eterno O está fuera del tiempo, dado
que existir en el tiempo implica experimentar algún cambio. Tiene que ser
también eterno en el sentido de que ni empieza a existir ni deja de existir.
Pues si empezara a existir, tendría una causa, lo cual significa que tendría
partes que habrían de ser combinadas, pero no tiene partes. Por otro lado, si
pudiera dejar de existir, esto también implicaría que tendría partes en las que
podría descomponerse, pero, de nuevo, no tiene partes.
Aún más, como señala William Vallicella (que defiende un
argumento similar), «todo lo que existe es o una mente, o el contenido de una
mente, o una entidad física, o una entidad abstracta»*, Ahora, el Uno no puede
ser una entidad abstracta, porque éstas son causalmente inertes. (Por ejemplo,
una piedra puede romper una ventana, pero el patrón abstracto de «ser una
piedra» no puede hacer tal cosa, ni nada, de hecho). Pero el Uno es la causa de
la existencia de las cosas compuestas. Tampoco puede ser una entidad física o
material, porque éstas tienen partes y, para existir, necesitan que estén
combinadas, pero el Uno no tiene partes. Por este motivo pueden empezar a
existir y dejar de hacerlo, lo cual, como he argumentado, no es así con el Uno.
Tampoco puede ser el Uno el contenido de una mente —un pensamiento, digamos—,
porque los contenidos mentales dependen de la mente que los contiene, y por
ende no pueden ser la causa última de nada. Pero el Uno es la causa última de
las cosas. Por tanto, parafraseando a Vallicella, «dado que [el Uno] no es ni
abstracto ni físico, lo que tenemos que concluir no es que sea un contenido
mental, sino que es o bien una mente o más parecido a una mente que a otra
cosa»*,
Ahora, el Uno tiene que ser la causa de todo aparte de sí
mismo, pues dado que es único, cualquier otra cosa que no sea él será
compuesta, y ya hemos visto que todo lo compuesto depende en último término del
Uno para existir. También he argumentado que el Uno mismo es incausado, simple
o no-compuesto, único, inmutable, eterno, inmaterial y una mente o intelecto.
Esto ya sería suficiente para justificar que le llamáramos «Dios». Pero cabe
decir mucho más, porque el Uno tiene que ser entendido como puramente actual,
más que como una mezcla de acto y potencia. Como es obvio, tiene que ser al
menos parcialmente actual, por los motivos desarrollados en el capítulo
anterior: a saber, que nada que sea meramente potencial puede hacer nada, y el
Uno está haciendo algo en la medida en que es la causa de todo lo que no es él.
Pero si fuera menos que puramente actual, entonces sería parcialmente
potencial, en cuyo caso tendría partes —una parte actual y una parte
potencial-, y hemos dicho que no tiene. Por tanto, de nuevo, tiene que ser
puramente actual.
Pero si el Uno es puramente actual y añadimos a nuestro
razonamiento el principio de causalidad proporcionada al que ya hemos aludido,
entonces todo lo dicho acerca del Motor Inmóvil o el actualizador puramente
actual también será cierto del Uno. Podemos, pues, añadir más atributos a los
ya mencionados, y juzgar al Uno como perfecto, omnipotente, totalmente bueno y
omnisciente. En efecto, el Uno y el Motor Inmóvil son realmente idénticos. Pues
ambos son puramente actuales, y como vimos en el capítulo anterior, no puede
haber, ni siquiera en principio, más de una cosa que sea puramente actual. Al
llegar a la existencia del Uno, pues, en verdad hemos llegado a la existencia
del Motor Inmóvil desde un punto de partida diferente. En el capítulo anterior,
empezamos con la distinción entre acto y potencia y concluimos que tenía que
haber algo que fuera puramente actual. Ahora hemos empezado con aquellas cosas
que están compuestas de partes y concluido que tiene que haber algo que sea
simple o no-compuesto. Pero resulta que son sencillamente maneras diferentes de
pensar acerca de una y la misma cosa.
Que Dios, a pesar de ser único y no tener partes, pueda ser
comprendido o concebido de maneras diferentes es crucial para entender dónde
está el error en la objeción que puede habérsele ocurrido a algunos lectores.
Cabría preguntar: si el Uno es omnipotente, un intelecto, etcétera, ¿no implica
esto que tiene partes? ¿No son la omnipotencia, el intelecto y demás atributos
diferentes, y por tanto diferentes partes
del Uno? Una respuesta parcial consiste en señalar que mientras la proposición
«El Uno es omnipotente» no significa lo mismo que «El Uno es un intelecto», no
se sigue por ello que sean proposiciones acerca de realidades distintas. El
lógico Gottlob Frege famosamente distinguió entre el sentido de una expresión y
su referencia. La expresión «la estrella de la tarde» no tiene el mismo sentido
que «la estrella matutina», pero ambas refieren a una y la misma cosa: a saber,
el planeta Venus. De modo similar, «la omnipotencia del Uno» y «el intelecto
del Uno» no tienen el mismo sentido, pero hacen referencia a lo mismo, a una
realidad única, simple o nocompuesta. El intelecto, la omnipotencia, la
eternidad, la inmaterialidad, etcétera, del Uno son en realidad una y la misma
cosa, sólo que concebida o descrita de maneras diferentes.
Aún así, se podría plantear la siguiente objeción. Cuando
hablamos del intelecto o del poder de un ser humano, no son simplemente maneras
diferentes de concebir o describir lo mismo, sino modos de concebir o describir
lo que en sí son cosas diferentes. Para decirlo claramente, el poder de un ser
humano es algo distinto de su intelecto. Por tanto, ¿cómo pueden no ser
atributos diferentes en el Uno? La respuesta es que si estuviéramos utilizando
expresiones como «intelecto» y «poder» exactamente en el mismo sentido cuando
las aplicamos al Uno que cuando las aplicamos a los seremos humanos, entonces
serían diferentes atributos. Pero justo porque el Uno es nocompuesto y carece
de partes, no podemos (o en cualquier caso no deberíamos) aplicarle estos
términos exactamente del mismo modo. Tenemos que entenderlos en cambio con lo
que Tomás llamó un sentido analógico.
El uso analógico de los términos se contrasta típicamente
con el uso unívoco y el equívoco. Utilizamos un término unívocamente en dos
contextos cuando tiene el mismo sentido en ambos. Por ejemplo, si digo que
Rover es un perro y que Fido es un perro, estoy utilizando el término «perro»
de modo unívoco. Por otro lado, usamos un término equívocamente en dos
contextos cuando en uno de ellos tiene un sentido completamente diferente del
otro. Por ejemplo, si digo que la vela del barco se hinchó y que había una vela
encendida en la habitación, estoy utilizando el término «vela» de modo
equívoco”. El uso analógico es una especie de término medio entre ambos. Cuando
utilizamos analógicamente un término en dos contextos, no se usa exactamente
con el mismo sentido, pero tampoco de modo completamente diferente. Por
ejemplo, si digo que el vino aún está bueno y que George es un hombre bueno, no
estoy usando «bueno» exactamente con el mismo sentido (dado que la bondad del
vino es muy distinta de la bondad de un hombre), pero ambos usos no son
completamente diferentes o inconexos. La bondad de uno es análoga a la del
otro, incluso si no son lo mismo. Démonos cuenta de que el uso analógico de los
términos (o como mínimo el uso analógico que aquí nos interesa) no es lo mismo
que un uso metafórico. No estamos hablando metafóricamente cuando decimos que
el vino es bueno y que George también. En ambos casos estamos utilizando el
término literalmente, sólo que ni unívoca ni equívocamente.
Así, cuando decimos de Dios que es poderoso, o que tiene
intelecto, o que es bueno, Tomás argumenta (correctamente, a mi entender) que
tenemos que entender estos términos analógicamente. Lo que estamos diciendo es
que hay en Dios algo análogo a lo que llamamos poder, intelecto o bondad en
nosotros. Este algo tiene alguna relación con cómo estas características se dan
en nosotros (a diferencia de cómo ser una vela de barco no tiene relación
alguna con ser el tipo de vela que se puede encender en una habitación)".
Pero tampoco se dan en Dios exactamente del mismo modo que en nosotros. En
concreto, lo que llamamos el poder, el intelecto y la bondad de Dios (así como
el resto de atributos divinos) es todo en último término una y la misma cosa
contemplada desde distintos puntos de vista, mientras lo que llamamos poder,
intelecto y bondad en nosotros son cosas distintas.
Esto, por descontado, es extraño, pero no debería resultarle
sorprendente ni sospechoso a nadie. Al contrario, es justo lo que cabe esperar.
Una analogía científica nos ayudará a ver por qué. La física moderna nos cuenta
que las partículas elementales exhiben propiedades no sólo de partículas, sino
también de ondas. Esto es muy raro y difícil de entender, pero tenemos buenas
razones para aceptarlo igualmente. Por un lado, la evidencia empírica junto con
la teorización científica rigurosa apuntan en esa dirección. Y, por el otro,
tales fenómenos están muy alejados de nuestra experiencia habitual. Para
describirlos tenemos que usar conceptos que corresponden originalmente a
objetos materiales ordinarios y estirarlos lo suficiente como para aplicarlos a
fenómenos microscópicos que no podemos observar. Que las conclusiones a las que
lleguemos sean difíciles de entender es justo lo que cabe esperar de todo esto:
tenemos excelentes motivos para pensar, por un lado, que la dualidad
onda-partícula es real y, por el otro, que no deberíamos ser capaces de
entender completamente cómo funciona.
Ahora, cuando razonamos hasta la existencia de un
actualizador puramente actual o de una causa absolutamente simple o
no-compuesta, también estamos yendo mucho más allá del mundo de la experiencia
ordinaria. En efecto, estamos alcanzando el nivel más fundamental de la
realidad, mucho más remotamente alejado de la experiencia que cualquier cosa
que la física describa o pueda describir. Por tanto, para caracterizarlo,
tenemos que estirar el lenguaje y los conceptos ordinarios hasta su límite
máximo. No es para nada una sorpresa que lleguemos a conclusiones insólitas que
son difíciles de entender. Al contrario, lo sorprendente sería si no llegáramos
a tales conclusiones. Así, tenemos motivos convincentes para concluir no sólo
que hay un actualizador puramente actual y absolutamente simple o nocompuesto
de la existencia de las cosas —y que esta causa última es una, eterna,
perfectamente buena, inteligente, omnipotente, etcétera, sino también que nos
resultará difícil entenderla. Por tanto, la razón nos revela que hay un nivel
de la realidad que la razón misma sólo puede comprender de modo parcial.
Podríamos decir mucho más acerca de los atributos divinos, y
lo haremos al llegar al capítulo correspondiente. Pero esto basta para ver que
probar la existencia de una
causa absolutamente simple o no-compuesta de las cosas es,
en realidad, probar la existencia de Dios.
UNA PRESENTACIÓN MÁS FORMAL DEL ARGUMENTO
Habiendo aclarado la idea general de este segundo argumento,
será útil tener de él un resumen algo más formal. Podría ser como sigue:
1. Las cosas de nuestra experiencia son compuestas.
2. Un compuesto existe en cualquier momento sólo en la
medida en que sus partes están combinadas en ese mismo momento.
3. Esta composición de partes requiere una causa
concurrente.
4. Por tanto, todo compuesto tiene una causa de su
existencia en cualquier momento en el que existe.
5. Por tanto, cada una de las cosas de nuestra experiencia
tiene una causa en cualquier momento en el que existe.
6. Si la causa de la existencia de una cosa compuesta en cualquier
momento es ella misma compuesta, entonces requerirá a su vez una causa de su
propia existencia en ese momento.
7. El regreso de causas que esto implica es de naturaleza
jerárquica, y tal regreso ha de tener un primer miembro.
8. Sólo algo absolutamente simple o no-compuesto podría ser
el primer miembro de una serie tal.
9. Por tanto, la existencia de cada una de las cosas de
nuestra experiencia presupone una causa absolutamente simple o no-compuesta.
10. Para que hubiera más de una causa absolutamente simple o
no-compuesta, cada una debería tener algún rasgo diferenciador del que el resto
careciera.
11. Pero para que una causa tuviera tal rasgo, debería tener
partes, en cuyo caso no sería realmente simple o no-compuesta.
12. Por tanto, ninguna causa absolutamente simple o
no-compuesta puede tener tal rasgo diferenciador.
13. Por tanto, no puede haber más que una causa
absolutamente simple o nocompuesta.
14. Si la causa absolutamente simple o no-compuesta
estuviera sujeta a cambio, entonces tendría partes que ganaría o perdería, lo
cual, siendo simple o nocompuesta, no es así.
15. Por tanto, la causa absolutamente simple o no-compuesta
es inmutable y no está sujeta a cambio.
16. Si la causa absolutamente simple o no-compuesta tuviera
un principio o un fin, entonces tendría partes que podrían o combinarse o
separarse.
17. Por tanto, dado que no tiene partes, la causa
absolutamente simple existe sin principio ni fin.
18. Cualquier cosa inmutable, sin principio ni fin, es
eterna.
19. Por tanto, la causa absolutamente simple o no-compuesta
es eterna.
20. Si algo es causado, entonces tiene partes que han de ser
combinadas.
21. Por tanto, la causa absolutamente simple o no-compuesta,
dado que no tiene partes, es incausada.
22. Todo lo que existe es o bien una mente, o un contenido
mental, o un objeto material o un objeto abstracto.
23. Un objeto abstracto es causalmente inerte.
24. Por tanto, la causa absolutamente simple o no-compuesta,
dado que no es causalmente inerte, no es un objeto abstracto.
25. Un objeto material tiene partes y está sujeto a cambio.
26. Por tanto, la causa absolutamente simple o no-compuesta,
dado que no tiene partes y no está sujeta a cambio, no es un objeto material.
27. Un contenido mental presupone la existencia de una
mente, y por tanto no puede ser la causa última de nada.
28. Por tanto, la causa absolutamente simple o no-compuesta,
siendo la causa última de las cosas, no puede ser un contenido mental.
29. Por tanto, la causa absolutamente simple o no-compuesta
tiene que ser una mente.
30. Dado que la causa absolutamente simple o no-compuesta es
única, todo lo que no sea ella es compuesto.
31. Todo compuesto tiene a la causa absolutamente simple o
no-compuesta como su última causa.
32. Por tanto, la causa absolutamente simple o no-compuesta
es la causa última de todo, aparte de sí misma.
33. Si la causa absolutamente simple o no-compuesta tuviera
potencialidades así como actualidades, entonces tendría partes.
34. Por tanto, dado que no tiene partes, no puede tener
ninguna potencialidad y ha de ser puramente actual.
35. Una causa puramente actual tiene que ser perfecta,
omnipotente, totalmente buena y omnisciente.
36. Por tanto, existe una causa que es simple o
no-compuesta, única, inmutable, eterna, inmaterial, una mente o intelecto, la
causa última incausada de todo aparte de sí misma, puramente actual, perfecta,
omnipotente, totalmente buena y omnisciente.
37. Pero que haya tal causa es justo lo que significa que
Dios existe.
38. Por tanto, Dios existe.
ALGUNAS OBJECIONES REFUTADAS
Algunas de las objeciones que podrían plantearse son las
mismas que contra la prueba aristotélica, a las que ya he respondido o
responderé posteriormente. Por ejemplo, cabría poner en duda las razones dadas
para pensar que la causa simple o no-compuesta ha de tener los distintos
atributos divinos. Como ya he dicho, abordaré esta cuestión en detalle en otro
capítulo. Lo que cabe resaltar ahora es que lo dicho basta para mostrar que no
sirve objetar perezosamente (como se hace muchas veces) que incluso si hay una
primera causa de las cosas, no tenemos ninguna razón para pensar que tiene que
ser divina. Pues justo acabamos de dar razones para pensar que tiene que serlo.
Por tanto, la sugerencia facilona de que la causa última no tiene por qué ser
Dios no va a funcionar.
Alguno podría también objetar que el argumento asume que el
universo tuvo un comienzo, o que es susceptible de la crítica de «Si todo tiene
una causa, ¿entonces qué causó a Dios?». Ya hemos visto por qué tales
objeciones carecen de toda fuerza contra la prueba aristotélica, y sigue siendo
así contra la neoplatónica. De entrada, como debería resultarle claro a
cualquiera que haya estado leyendo con atención, el argumento sencillamente no
está interesado en si el universo tuvo o no un inicio temporal. Lo que se dice
no es que la cadena de las causas de las cosas compuestas se remonta hacia
atrás en el pasado hasta llegar a una causa simple o no-compuesta. Más bien, el
punto es que se remonta aquí y ahora hasta tal causa. Tampoco descansa el
argumento en la premisa de que «todo tiene una causa». Lo que dice es que todo
lo que es compuesto requiere una causa. Y el motivo por el que Dios no tiene
causa no es que sea una excepción arbitraria a una regla general, sino más bien
que sólo lo que es de algún modo compuesto necesita tener, o puede tener, una
causa. Algo absolutamente simple o no-compuesto no sólo no necesita causa
alguna, sino que no podría de ningún modo haber tenido una. Tampoco es esto
algo que los defensores del argumento se hayan inventado para intentar escapar
de la objeción de «¿Qué causó a Dios?». Es simplemente lo que la tradición
neoplatónica ha estado diciendo siempre, desde el principio. Como con la prueba
aristotélica, esta objeción, lejos de ser la respuesta devastadora que muchos
ateos creen que es, es de hecho incompetente hasta el extremo, y malinterpreta
de arriba a abajo los argumentos contra los que se
dirige.
Recomiendo, pues, revisar lo dicho en el capítulo anterior
en respuesta a estas objeciones, pues muchos de los puntos allí señalados son
relevantes también ahora. Por ejemplo, algunos podrían apelar a Hume o a la
mecánica cuántica con el objetivo de poner en duda la premisa de que todo lo
compuesto requiere una causa. Pero estas objeciones tienen tan poco éxito
contra la prueba neoplatónica como contra la aristotélica.
De todos modos, hay otras críticas que atacan lo que es
distintivo de este argumento. Mientras la prueba aristotélica razona a partir
del hecho de que algunas potencias son actualizadas hasta la existencia de un
actualizador puramente actual, la neoplatónica parte del hecho de que algunas
cosas son compuestas y llega a la existencia de una causa absolutamente simple
o no-compuesta. Pero podría sugerirse que hay modos alternativos de dar cuenta
de la existencia de las cosas compuestas. Pues el argumento asume que para que
algo compuesto exista, sus partes tienen que ser unificadas por alguna causa
externa. ¿Pero por qué asumir tal cosa? ¿Por qué no suponer en cambio que es
justo alguna parte del compuesto la que unifica el resto, más que algo externo?
¿O por qué no suponer que el hecho de que las partes de un compuesto estén
combinadas es sencillamente un hecho irreductible acerca del mismo?
Como argumenta Vallicella, ninguna de estas sugerencias
tiene sentido?. Empecemos con la idea de que las partes de una cosa son
unificadas por alguna otra parte. Por ejemplo, pensemos en algo compuesto de las
partes A y B. ¿Qué hace que A y B estén unidas de tal modo que exista el
compuesto en cuestión? Según esta tesis, hay alguna otra parte, C, que da
cuenta de la unión de A y B. Pero el problema es que esto simplemente traslada
el problema un paso más atrás, dado que ahora tenemos que preguntarnos qué es
lo que une a E con A y B. Si postulamos aún otra parte más, D, para dar cuenta
de la unión de A, B y C, entonces nos pasará otra vez lo mismo, y así será por
cada parte adicional que postulemos. No habremos resuelto en absoluto el
problema de explicar la unión de A y B, únicamente lo habremos agravado.
Optemos, en cambio, por la otra sugerencia: que las partes A
y B de un compuesto estén unidas de tal modo que éste exista es simplemente un
hecho irreductible acerca del mismo. ¿Qué implica exactamente esta idea?
¿Quiere decir que el compuesto formado por A y B es él mismo la causa de que A
y B estén unidos de tal modo que él exista? Esto significaría que el compuesto
es tanto la causa de la unión de A y B como su efecto, lo cual es incoherente.
Como vimos arriba, nada puede ser la causa de sí mismo, como si se levantara de
sus propias orejas. ¿Se quiere decir, en cambio, que la unión de las partes no
tiene causa alguna, sino que es sólo un hecho bruto? En tal caso, el crítico no
está realmente ofreciendo una explicación alternativa al argumento
neoplatónico, sino más bien ninguna explicación. Pero lo que pretendía estar
dando era lo primero.
Pongamos que, llegados a este punto, el crítico lo asume
todo y dice: «Ok, no he ofrecido realmente una explicación alternativa. Supongo
que lo que estoy sugiriendo simplemente es que no hay ninguna explicación por
lo que respecta a la existencia de un compuesto». Como ha señalado Lloyd
Gerson, esto no es una respuesta seria al argumento neoplatónico?. Su defensor
puede razonablemente decir: «¿De qué estás hablando? Te acabo de dar una
explicación: a saber, que sus partes son unidas por una causa absolutamente
simple y no-compuesta. Y no me has ofrecido ningún motivo no-circular para
rechazarla. ¡Por tanto, es una tontería sugerir que quizás no hay ninguna
explicación!».
¿Podría el crítico reconocer que hay una explicación y que
tiene que ser una causa externa al compuesto mismo (en lugar del compuesto como
un todo o alguna otra parte suya), pero sin tener que coincidir con que esa
causa es divina? En concreto, ¿no podría decir que el hecho de que las partes
de un compuesto estén combinadas de ese modo puede ser explicado
científicamente? La idea aquí sería que podemos explicar por qué las partes A y
B están combinadas en términos de las leyes de la naturaleza (sean las leyes de
la estructura atómica, de la cohesión molecular, o lo que sea).
Pero esta propuesta tampoco aporta ninguna alternativa real.
Pues no importa de qué manera entendamos las leyes de la naturaleza —y
trataremos las distintas posibilidades en otro capítulo-, cualquier explicación
que apele a ellas inevitablemente nos dejará con aún otra cosa distinta
compuesta de partes cuya existencia requerirá ser explicada, prolongando y no
terminando el regreso causal. Por ejemplo, si decimos del compuesto formado por
A y B que es una ley de la naturaleza que cosas del tipo A y cosas del tipo B,
bajo tal y tal circunstancias, se combinarán para formar el conjunto, entonces
tenemos que preguntarnos por qué tales cosas se rigen por esa ley particular y
no por alguna otra. A y B junto con la ley que las gobierne constituirán juntos
una especie de compuesto cuya existencia es justo otra instancia del tipo de
cosas para las que el crítico se suponía que iba a aportar una explicación
alternativa*. Sencillamente no hay modo de terminar este regreso que no sea
postulando algo absolutamente simple o no-compuesto, y por los motivos dichos,
tal no puede ser menos que divino.
Como he señalado antes, en otros capítulos abordaremos
diversas objeciones generales contra este tipo de argumentos. Pero por el
momento basta señalar que, como sucedía con la prueba aristotélica, de las
objeciones que pueden plantearse contra un argumento específicamente
neoplatónico, todas fallan.
3. LA PRUEBA AGUSTINIANA
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 1
Estamos rodeados de objetos individuales, particulares.
Tomas un taco de billar individual y particular, con el que golpeas una bola de
billar individual y particular a través de una mesa de billar individual y
particular. Posteriormente utilizas un triángulo individual y particular para
colocar las bolas de modo que pueda empezar una nueva partida individual y
particular. Pero cada una de estas cosas particulares es una instancia de un
patrón general y abstracto. Los múltiples tacos apoyados contra la mesa son
todos instancias del mismo patrón: el patrón de ser un taco de billar; la bola
blanca, la negra, la roja lisa, la roja rayada y todas las demás son instancias
del mismo patrón: el patrón de ser una bola de billar; etcétera. Ejemplifican
también patrones aún más abstractos, que comparten con muchas más cosas.
Algunas de las bolas tienen el patrón rojez en común con las señales de stop,
los camiones de bomberos y las fresas; todas las bolas comparten el patrón
redondez con las pelotas de baloncesto, los globos y la luna; el triángulo
tiene en común el patrón triangularidad con las pirámides, las campanas y los
sombreros de pico; etcétera.
Los filósofos llaman universales a tales patrones, y son
«abstractos» en el sentido de que, cuando pensamos en ellos, los abstraemos de
o ignoramos los rasgos particulares e individualizadores de los objetos
concretos que los exhiben. Por ejemplo, cuando consideramos la triangularidad
como un patrón general, abstraemos de o ignoramos el hecho de que este
triángulo particular está hecho de madera y aquél de piedra, que éste es verde
y aquél naranja, que éste está dibujado en la página de un libro y aquél es de
metal, centrándonos en cambio en lo que es común a todos ellos.
Los universales como la triangularidad, la rojez y la
redondez existen al menos como objetos de pensamiento. Después de todo, podemos
hablar acerca de ellos con sentido, y conocemos de ellos ciertas cosas.
Sabemos, por ejemplo, que cualquier cosa que sea triangular tendrá tres lados,
que (al menos si estamos hablando de triángulos euclídeos) sus ángulos
equivaldrán siempre a la suma de dos rectos, etcétera. Pero a diferencia de un
triángulo de madera o una campana, no podemos percibir la triangularidad a
través de los cinco sentidos, ni recogerla y ponerla sobre una mesa, ni
interactuar con ella como con un objeto material. Si es un objeto de algún
tipo, pues, es lo que los filósofos llaman un objeto abstracto.
Los universales no son el único ejemplo de objetos
abstractos. Otro sería lo que los filósofos llaman proposiciones: afirmaciones
acerca del mundo, siempre verdaderas o falsas, que son distintas de las
diferentes frases que podemos utilizar para expresarlas. «Juan es soltero» y
«Juan es un hombre no casado» son frases diferentes, pero expresan la misma proposición. «La nieve es blanca» y
«Schnee ist weiss» son frases diferentes — una está en castellano y la otra en
alemán- pero también expresan la misma proposición: a saber, la proposición de
que la nieve es blanca. Cuando la mente retiene cualquier pensamiento, sea
verdadero o falso, en último término está sopesando una proposición, y no una
frase. Éste es el motivo por el que podemos retener exactamente los mismos
pensamientos a pesar de estar separados por lenguajes, tiempos y lugares
distintos. Cuando Sócrates y Barack Obama piensan que la nieve es blanca, están
pensando exactamente lo mismo, con independencia del hecho de que el primero lo
expresa en griego en la Atenas del s. V a.C. y el segundo, en inglés y en el
Washington, D.C. del s. XXI.
Como los universales, las proposiciones existen al menos
como objetos de pensamiento e, igual que ellos, no son objetos materiales. Si
alguien escribe «La nieve es blanca» en una pizarra, puedes ver la frase, pero
no puedes literalmente ver la proposición que expresa. (Al fin y al cabo, la
misma proposición es expresada por los trazos «Schnee ist weiss», que son muy
distintos de «La nieve es blanca»). Puedes borrar la frase, pero no puedes con
ello destruir la proposición. (Incluso si borrásemos toda instancia de la frase
«La nieve es blanca» en castellano, alemán y todo otro idioma, la proposición
de que la nieve es blanca seguiría siendo verdadera). Por tanto, si una
proposición es algún tipo de objeto, tiene que ser también un objeto abstracto.
Luego están los números y otras entidades matemáticas.
Obviamente, también existen al menos como objetos de pensamiento, cosa que
podemos ver al aprehender verdades matemáticas y realizar cálculos. Pero igual
que los universales y las proposiciones, los números tampoco son en ningún
sentido obvio cosas materiales. Ni el numeral «2» ni el romano «Il» son el
número dos, igual que el nombre «Barack Obama» no es la misma cosa que el
hombre Barack Obama. «2» y «ID son sólo etiquetas que utilizamos para hablar del
número dos. Igual que antes, si borrásemos toda instancia escrita de los
numerales como «2» y «Ib, no habremos por eso destruido el número dos. (No
sería de repente falso que 2 + 2 = 4, por ejemplo). Por tanto, igual que los
universales y las proposiciones, los números y demás objetos matemáticos son
objetos abstractos.
Por último, consideremos lo que los filósofos llaman mundos
posibles. Un mundo posible es un modo en el que las cosas podrían haber sido,
al menos en principio. En el mundo real, Barack Obama ganó las elecciones
presidenciales del 2012, pero podría haber ganado Mitt Romney. Marte tiene dos
lunas, pero podría haber tenido tres O sólo una. Existen galaxias como la de
Andrómeda y la Vía Láctea, pero si las leyes de la fisica hubieran sido distintas,
no se habría llegado a formar ninguna de ellas. En el mundo real hay caballos y
no unicornios, pero en principio éstos podrían haber existido junto con
aquéllos (o sin ellos). Cuando describimos escenarios en los que Romney ganó
las elecciones, o Marte tiene tres lunas, o no hay galaxias, o existen los
unicornios, estamos describiendo distintos mundos posibles. (No todo es
un mundo posible. Por ejemplo, no hay ningún mundo posible
en el que 2+2= 5, o en el que haya círculos cuadrados. Estas nociones son
auto-contradictorias y, por ende, absolutamente imposibles. Qué mundos son
posibles, en el sentido de «posible» que aquí nos interesa, no es algo que esté
limitado por las leyes de la física —pues, al fin y al cabo, hasta los físicos
sopesan cómo habrían sido las cosas si éstas hubieran sido distintas—, sino por
las leyes de la lógica).
Los mundos posibles son también objetos de pensamiento, como
cabe ver a partir del hecho de que podemos retener todas estas posibilidades,
preguntándonos qué habría pasado con una victoria de Romney o si Marte hubiera
tenido tres lunas. Pero no podemos visitar literalmente un mundo posible, mucho
menos verlo o percibirlo de alguna otra manera. También ellos son entendidos
comúnmente por los filósofos como objetos abstractos.
Por tanto, en algún sentido hay objetos abstractos como los
universales, las proposiciones, los números, otros objetos matemáticos y los
mundos posibles. ¿Pero en qué sentido existen, exactamente? ¿Son meramente
objetos del pensamiento humano, entidades puramente convencionales, puros
constructos de nuestra mente? ¿Son simplemente ficciones útiles? ¿O quizás
después de todo resultan ser objetos materiales, pero de algún tipo exótico que
aún no hemos considerado? (Por ejemplo, ¿podríamos identificar los universales
o las proposiciones con procesos cerebrales?) Hay motivos convincentes para
pensar que ninguna de estas respuestas puede ser correcta y para concluir, en
cambio, que los objetos abstractos de este tipo son reales, en lugar de puros
constructos de la mente humana o cosas reductibles a lo material. Esta visión
se conoce como realismo. Las alternativas estándar son el nominalismo, que
niega que los objetos abstractos sean reales, y el conceptualismo, que admite
su realidad pero insiste en que son enteramente construidos por la mente
humana. Los argumentos clave a favor del realismo y en contra del nominalismo y
el conceptualismo pueden resumirse como sigue:
1. El argumento del «uno sobre muchos»: Los universales como
la triangularidad y la rojez no se pueden reducir a ningún triángulo o a
ninguna cosa roja particular, ni a ninguna colección de triángulos o de cosas
rojas. Pues cualquier triángulo o cosa roja particular, o incluso la colección
entera de los mismos, podría dejar de existir, y aún así la triangularidad y la
rojez podrían volver a ser instanciadas una vez más en algún nuevo triángulo u
objeto rojo. Incluso si no hay ninguna mente humana que se percate de ello,
estos universales pueden ser instanciados, y a menudo así sucede. Por tanto, la
triangularidad, la rojez y otros universales no son ni cosas materiales ni
colecciones de cosas materiales, ni tampoco dependen de la mente humana para
existir.
2. El argumento a partir de la geometría: En geometría
lidiamos con líneas perfectas, ángulos perfectos, círculos perfectos, etcétera,
y descubrimos verdades objetivas y necesarias acerca de tales objetos. Por
ejemplo, es una verdad objetiva y necesaria que los ángulos de un triángulo
euclídeo equivalen a la suma de dos rectos. Esto, más que inventarlo, lo descubrimos, y no podríamos
cambiarlo por mucho que quisiéramos. Era verdad antes de que existiera ninguna
mente humana y seguiría siéndolo incluso si todo ser humano desapareciera de la
existencia. Dado que estas verdades son objetivas y necesarias, no pueden ser
un mero constructo mental nuestro. También, dado que son necesarias e
inalterables, seguirían siendo verdad con independencia de lo que pasase en el
mundo material, e incluso si éste dejara de existir por completo. Es más,
ninguna cosa material tiene la perfección que ostentan los objetos geométricos.
Por tanto, estas verdades no dependen tampoco del mundo material.
3. El argumento a partir de las matemáticas en general: Las
verdades matemáticas en general son necesarias e inalterables, pero el mundo
material y la mente humana son contingentes y mutables. Por ejemplo, que 2 + 2
= 4 era verdad mucho antes de que nadie se diera cuenta, y seguiría siéndolo
incluso si todo ser humano lo olvidara o muriera. También seguirán siendo
verdad con independencia de lo que suceda en el universo material, e incluso si
éste desapareciera por completo. Por tanto, las cosas de las que estas verdades
se predican —los números y otros objetos matemáticos— no pueden ser ni meros
constructos de la mente humana, ni dependientes del mundo material. Aún más, la
serie de números es infinita, pero sólo hay un número finito de cosas
materiales o de ideas en cualquier mente humana o colección de mentes. Por
tanto, la serie de los números no puede depender para existir ni de la mente
humana ni del mundo material.
4. El argumento a partir de la naturaleza de las
proposiciones: Las proposiciones tampoco pueden depender en su existencia ni
del mundo material ni de ninguna mente humana. Pues algunas (por ejemplo,
proposiciones matemáticas como 2 + 2 = 4) son necesariamente verdaderas, y por
tanto seguirían siéndolo incluso si el mundo material o la mente humana no
existieran. En tal circunstancia, se cumpliría lo mismo incluso para muchas
proposiciones que son verdaderas sólo de modo contingente. Por ejemplo, la
proposición de que César fue asesinado en los idus de marzo seguiría siendo
verdad incluso si el mundo material y toda mente humana dejaran de existir
mañana mismo. Y en el caso de que nunca hubieran existido, la proposición de
que No hay ni un mundo material ni ninguna mente humana habría sido verdad, en
cuyo caso no podría ser nada material ni depender de una mente humana.
Etcétera2,
5. El argumento a partir de la ciencia: Las leyes y
clasificaciones científicas, siendo generales o universales en su aplicación,
necesariamente hacen referencia a universales; y la ciencia busca descubrir
hechos objetivos e independientes de la mente. Por tanto, aceptar los
resultados de la ciencia implica aceptar que hay universales que no dependen
para su existencia de la mente humana. La ciencia hace uso también de
formulaciones matemáticas, y dado que las matemáticas (como se ha señalado
arriba) tienen que ver con un reino de objetos abstractos, aceptar los
resultados científicos nos compromete a aceptar la realidad de tales objetos.
6. El argumento a partir de la naturaleza de los mundos
posibles: Mucho de lo que es posible (no todo, por supuesto, pero sí mucho) no
depende ni del mundo material real ni de la mente humana. Por ejemplo, hay
mundos posibles en los que las leyes de la física son radicalmente diferentes
de las que operan en realidad, incluso algunos con leyes que harían imposible
la existencia de seres humanos. Como es obvio, tales posibilidades no pueden
depender ni de la mente humana ni del mundo material real (el cual, no hace
falta decirlo, se rige sólo por las leyes efectivamente existentes). Y antes de
que empezaran a existir nuestro mundo material o las mentes humanas, era al
menos posible que existieran. Esta posibilidad no podría haber dependido de
ellos, dado que aún no existían. También hay mundos posibles en los que no hay
ninguna mente humana ni ninguna cosa material “un mundo en el que sólo haya
intelectos angélicos, por ejemplo— y la posibilidad de un mundo tal no podría
depender ni del mundo material ni de la mente humana.
Éstos son argumentos directos a favor del realismo. Hay
también argumentos indirectos, que muestran que las alternativas no pueden ser
correctas. Tomemos el nominalismo, que niega que haya universales, números,
proposiciones o mundos posibles*, Por ejemplo, donde pensamos que hay
universales, dice el nominalista, lo único que hay en verdad son nombres
generales, palabras que aplicamos a muchas cosas. Hay, entre otros, el término
general «rojo», que aplicamos a varios objetos, pero no hay tal cosa como la
rojez. Por supuesto, esto despierta la pregunta de por qué aplicamos el término
«rojo» justo a esas cosas, y es difícil ver cómo podría haber una respuesta
plausible que no fuera «porque todas tienen en común la rojez», lo cual nos
lleva de vuelta a la existencia de los universales. El nominalista puede
intentar esquivar esto diciendo que el motivo por el que etiquetamos diferentes
cosas como «rojas» es porque se parecen entre ellas, sin especificar
exactamente en qué. Esto es inverosímil de por sí —¿no es obvio que se parecen
con respecto a su rojez?— pero conlleva también otros problemas:
7. El problema del círculo vicioso: Como señaló Bertrand
Russell, la semejanza a la que el nominalista apela es ella misma un
universal”. Una señal de stop se parece a un camión de bomberos, y por eso
llamamos a ambos «rojos». La hierba se parece a la piel del increíble Hulk, y
por eso llamamos a ambos «verdes». Etcétera. Lo que tenemos, pues, son múltiples
instancias de un mismo universal: la semejanza. El nominalista puede intentar
evitar esta consecuencia diciendo que sólo etiquetamos estos ejemplos como
casos de «semejanza» porque ellos mismos se asemejan unos a otros, de nuevo sin
especificar en qué. Pero entonces el problema simplemente vuelve a aparecer en
un nivel superior. Estos diversos casos de semejanza se parecen a otros, de
modo que tendremos una semejanza de orden superior, la cual será ella misma un
universal. Y si el nominalista intenta evitar este universal con la misma
estrategia, sencillamente se encontrará de nuevo con el problema en otro nivel,
ad infinitum.
8. El problema de que las palabras también son universales:
El nominalista pretende que no hay universales como la rojez, sino sólo
términos generales como «rojo». Pero esto parece ser obviamente
auto-contradictorio, dado que el término «rojo» es él mismo un universal. Tú
pronuncias la palabra «rojo», yo pronuncio la palabra «rojo», Sócrates
pronuncia la palabra «rojo», y se trata en todos los casos de expresiones
particulares de la misma palabra, que existe por encima de sus diversas
expresiones o voces. (Como suelen decir los filósofos, cada voz es un signo,
una expresión, de la misma palabra tipo). De hecho, éste es el único motivo por
el que la propuesta nominalista parece plausible: que la misma palabra se
aplica a muchas cosas puede parecer suficiente para capturar (en un análisis
superficial, al menos) nuestra intuición de que hay algo común entre ellas.
Pero, de nuevo, si es la misma palabra, entonces, dado que hay diferentes
expresiones de la misma, tenemos justo la situación «uno sobre muchos» que el
nominalista quería evitar. Para esquivar este resultado, el nominalista puede
quizás proponer que cuando tú, yo y Sócrates decimos «rojo», en realidad no
estamos pronunciando la misma palabra, sino sólo palabras que se asemejan entre
sí. Esto sería, por supuesto, absurdo. Implicaría también la imposibilidad de
la comunicación, dado que nunca estaríamos usando las mismas palabras -de
hecho, ni siquiera hablando contigo mismo estarías usando nunca la misma
palabra más de una vez, sino sólo palabras que se parecen entre sí-, en cuyo
caso, ¿qué es lo que espera conseguir el nominalista hablando con nosotros?
Además, apelar a la «semejanza» abriría de nuevo la puerta al problema del
círculo vicioso.
En general, es notoriamente difícil defender el nominalismo
de un modo que no introduzca subrepticiamente por la puerta de atrás un
compromiso con los universales y otros objetos abstractos, en cuyo caso se
trata de una visión que se refuta a sí misma. Por motivos como éstos, el
conceptualismo busca evitar el realismo negando no que los universales existan,
sino más bien que existan con independencia de la mente humana. Es un intento
de término medio entre el realismo y el nominalismo, pero también se enfrenta
con dificultades consideradas por muchos como insuperables:
9. El argumento a partir de la objetividad de los conceptos
y el conocimiento: Cuando tú y yo sopesamos el concepto de cualquier universal
—el de triangularidad, digamos, o el de rojez- ambos retenemos el mismo
concepto, que refiere al mismo universal. No es que tú estés pensando en tu
propio concepto privado de rojez y yo en el mío, sin nada en común entre ambos.
De modo similar, cuando consideramos diversas proposiciones, sopesamos las
mismas proposiciones. Por ejemplo, cuando tú y yo pensamos en el teorema de
Pitágoras, ambos pensamos acerca de la misma verdad. No es que tú estés
pensando en tu propio teorema de Pitágoras personal y yo en el mío (signifique
esto lo que signifique). Además, muchos de los universales y las proposiciones
que consideramos son las mismas que ya fueron sopesadas por personas muertas
hace tiempo, y serán pensadas por personas que aún no existen, mucho tiempo
después de nuestra muerte. Si la especie humana se extinguiera y aparecieran
nuevos seres inteligentes, podrían llegar a pensar en los mismos universales y proposiciones que nosotros. Por tanto, los
universales y las proposiciones no son meros constructos de la mente humana,
sino que tienen algún fundamento fuera de ella.
Esto tiene que ser así para que la comunicación sea posible.
Supongamos que, como el conceptualismo implica, los universales y las
proposiciones que retienes son puros constructos de tu mente. En tal caso sería
imposible que tú o cualquier otro se comunicara. Pues cuando dijeras algo —«La
nieve es blanca», por ejemplo-, los universales a los que te referirías y las
proposiciones que expresarías existirían sólo en tu propia mente, y por tanto
serían inaccesibles para los demás. Tu idea de nieve sería enteramente
diferente de mi idea de nieve, y dado que tú sólo tienes acceso a la tuya y yo
a la mía, nunca querríamos decir lo mismo cuando hablásemos de la nieve, o de
cualquier otra cosa. Pero esto es absurdo: podemos comunicarnos y aprehender
los mismos conceptos y proposiciones. En efecto, tenemos que poder hacerlo
incluso para estar de acuerdo o discrepar acerca del conceptualismo. Por tanto,
los universales y las proposiciones no pueden ser meros constructos de la mente
humana, sino que han de tener algún fundamento fuera de ella.
10. El argumento a partir de la incoherencia del
psicologismo: Argumentos como el siguiente se asocian al lógico Gottlob Frege,
que se preocupó de defender el estatuto científico de la lógica y las
matemáticas contra una doctrina conocida como «psicologismo». El psicologismo
tiende a reducir las leyes lógicas y matemáticas a meros principios
psicológicos que gobernarían la operación de la mente humana?,. Según esta
visión, la lógica y las matemáticas no describen la realidad objetiva, sino
exclusivamente el modo en el que la estructura de nuestra mente nos lleva a
pensar acerca de la realidad. Cuando añades a esto (como harían algunos
relativistas) la sugerencia de que el modo en el que nuestras mentes están
estructuradas es determinado por circunstancias biológicas, sociales, históricas
y culturales contingentes y cambiantes, el resultado es una forma muy radical
de relativismo, en la que todos nuestros conceptos, junto con la lógica, las
matemáticas, la ciencia y demás, están culturalmente condicionados y sujetos a
revisión, sin conexión necesaria alguna con la realidad objetiva.
Ésta es una visión radical e incoherente por completo, como
lo son en general el psicologismo y el conceptualismo. Pues si decimos que
nuestros conceptos, estándares lógicos y demás están determinados no por ninguna
correspondencia con la realidad objetiva sino más bien por el efecto en nuestra
mente de las fuerzas contingentes de la historia, la cultura, etcétera, o
incluso por la evolución biológica, entonces tenemos que dar alguna explicación
de exactamente cómo funciona esto. Tenemos que decir concretamente qué fuerzas
biológicas y culturales fueron responsables, cómo formaron nuestras mentes,
etcétera. Y también tendremos que dar argumentos en defensa de esta
explicación. Pero para ello tendremos que apelar necesariamente a varios
universales (por ejemplo, la presión de la selección darwiniana, los intereses
de clase, las mutaciones genéticas y las tendencias sociales) y a principios científicos y matemáticos que rigen los
procesos relevantes, y defenderlo todo requerirá recurrir a estándares lógicos.
Pero éstas eran justo las mismas cosas que, según la visión que nos ocupa, no
tenían validez objetiva y que no existían antes que nuestras mentes (dado que
supuestamente dependen de ellas). Por tanto, esta postura se refuta a sí misma.
Supongamos en cambio que, siguiendo a Kant, el
conceptualista o defensor del psicologismo adopta una postura menos radical,
por la cual aunque nuestros conceptos y estándares lógicos y matemáticos
reflejan no la realidad objetiva, sino las operaciones de nuestra mente, se
trata de un hecho necesario acerca de nosotros mismos, algo que no podría haber
sido cambiado ni por la evolución biológica ni por la influencia cultural. ¿Se
salvaría así de la incoherencia? No, en absoluto. Pues, de nuevo, el defensor
de esta visión va a tener que explicarnos cómo sabe todo esto, y cómo llegaron
nuestras mentes a ser de esta manera. Y si apela a los conceptos, estándares
lógicos y demás que justo acaba de decirnos que no tienen ninguna conexión con
la realidad objetiva y que dependen por entero de nuestras mentes, entonces
está socavando su propia posición. Por otro lado, en la medida en que afirma
que tener estos conceptos, estándares lógicos y demás es un hecho necesario
acerca de nuestras mentes, está por eso mismo pretendiendo tener conocimiento
de la naturaleza objetiva de las cosas —en concreto, de la naturaleza objetiva
del funcionamiento de nuestra mente-, justo el tipo de conocimiento que su
teoría se suponía que descartaba. Pues para formular y defender su tesis,
necesita apelar a ciertos universales (como mente), estándares lógicos,
etcétera; y, de nuevo, su teoría pretende que éstos no tienen validez objetiva.
Por tanto, se encuentra en un dilema: si insiste, como su teoría le pide, en que
nuestros conceptos, estándares lógicos y demás carecen de validez objetiva,
entonces no puede defender su propia posición; si afirma, en cambio, que sí la
tienen, con el objetivo de justificar su pretensión de conocer la naturaleza
objetiva de nuestra mente, entonces acaba de contradecir su propia tesis en el
mismo acto de defenderla. De nuevo, tal postura es sencillamente incoherente.
Por tanto, alguna versión del realismo acerca de los objetos
abstractos como los universales, las proposiciones, los números, otros objetos
matemáticos y los mundos posibles tiene que ser correcta. ¿Pero cuál de ellas?
Hay tres alternativas: el realismo platónico, el realismo aristotélico y el
realismo escolástico. Vamos a considerarlas de una en una.
La forma platónica de realismo —llamada así por Platón, que
fue el primero en formularla— sostiene que, si los objetos abstractos no
dependen ni del mundo material ni de la mente humana, entonces tienen que
existir en un «tercer reino» que no sea ni material ni mental. Éste es el
famoso mundo de las Ideas platónico: entidades que existen fuera del espacio y
del tiempo que son «participadas» por las cosas de nuestra experiencia, las
cuales se les «asemejan» de modo imperfecto. El universal triangularidad, por
ejemplo, existe en este tercer reino como la Idea de Triángulo, y los triángulos de nuestra experiencia son
del tipo que son porque «participan» de esta Idea platónica y se le «asemejan»,
aunque sea de manera aproximada. El universal humanidad existe en el tercer
reino como la Idea de Ser Humano, y los seres humanos de nuestra experiencia
son lo que son porque «participan» de esa Idea y se le «asemejan». Y así con
cada universal. Los números, las proposiciones y los mundos posibles deben
pensarse también, al menos con alguna variación de esta tesis básica, siguiendo
el modelo de las Ideas: como objetos existentes en un «tercer reino» que es
exterior al mundo espaciotemporal y distinto de toda mente.
Hay un buen número de famosos problemas con esta rama
platónica de realismo. Por ejemplo, las Ideas platónicas y otros habitantes de
este «tercer reino» parecen ser causalmente inertes. Sabemos que los triángulos
materiales, como el triángulo de billar o la campana, pueden tener efectos en
otras cosas. Por ejemplo, el primero hará que las bolas de billar se ordenen de
un cierto modo, y la segunda suena de modo que la podemos oír. Sabemos también
que nuestro concepto del universal triangularidad puede tener efectos en otras
cosas. Por ejemplo, un arquitecto le da a la estructura piramidal que está
construyendo su forma característica gracias a tener el concepto de
triangularidad y aplicarlo en el diseño de los planos. ¿Pero qué significaría
que la triangularidad produjera algo, en abstracto y por sí misma, existiendo
no en un triángulo material real ni en una mente, sino de algún modo como un
objeto por derecho propio? ¿Cómo podría producir nada si carece de los poderes
causales que poseen los objetos materiales y las mentes? Pero si no tiene
poderes causales y por tanto no puede causar efectos en nada, entonces se
seguiría que tampoco tiene efecto sobre nosotros. Y en tal caso, ¿cómo
podríamos llegar nunca a conocerlo? Aún más, si no tiene efectos sobre nada,
entonces tampoco sobre los objetos materiales individuales, como el triángulo de
billar o la campana. Pero, entonces, ¿cómo podría ser aquello que explica por
qué tales cosas encajan en ese patrón particular?
Un segundo problema es que el realismo platónico parece que
entiende las Ideas como algo universal —esto es, instanciado en muchas cosas-
pero que al mismo tiempo existe por derecho propio como una cosa individual y
particular. Esto parece incoherente y paradójico. Tomemos la Idea de Hombre,
por ejemplo. Los hombres individuales son hombres, dice el platónico, sólo
porque «participan» de esta Idea. Pero si la Idea de Hombre es ella misma un
objeto individual, ¿no implica esto que tiene que haber alguna otra Idea de la
que ella «participe» y por referencia a la cual cuente específicamente como la
Idea de Hombre? ¿No tenemos que postular una Súper-Idea de Hombre por encima de
la Idea de Hombre, de la cual tanto ésta como los hombres individuales
participen? ¿Y no tendríamos que postular una SúperSúper-Idea de Hombre aún más
por encima, de la cual «participarían» la Idea, la Súper-Idea y los hombres
individuales? Parece que esto nos conduce al absurdo y a una regresión
infinita.
Esta objeción —conocida como el argumento «del tercer
hombre»- la planteó Platón mismo, y su validez ha sido objeto de discusión
durante siglos. Una crítica más contundente, no obstante, es la siguiente.
Pensemos en un universal como la animalidad. Cada animal individual es o bien
racional (como los seres humanos) o no-racional (como el resto). ¿Pero y la
animalidad misma? Precisamente porque es universal, tiene que poder atribuirse
tanto a los animales racionales como a los noracionales. Pero ella misma no
puede incluir ambas características, la racionalidad y la no-racionalidad,
porque son contradictorias. Por tanto, tenemos que decir que de modo inherente
no implica ni la una ni la otra. Pero ninguna cosa individual puede ser ni
racional ni no-racional; todo lo que existe tiene que ser de un modo o del
otro. Así, el universal animalidad no puede existir como una cosa individual en
sí misma; es decir, no puede ser pensado propiamente como una Idea platónica.
Un tercer problema con el realismo platónico está vinculado
al hecho de que las esencias o naturalezas de las cosas de nuestra experiencia
no están en las cosas mismas, sino en ese «tercer reino». La esencia o
naturaleza de un árbol, por ejemplo, no tiene que ser buscada en el árbol
mismo, sino en la Idea de Árbol; la esencia de un ser humano no tiene que ser
buscada en ningún ser humano, sino en la Idea de Ser Humano; etcétera. Ahora,
si la arboreidad no se encuentra en el árbol, ni la humanidad en el ser humano,
entonces es difícil ver cómo lo que llamamos un árbol o un ser humano existen
realmente como tales. Los árboles y los seres humanos que vemos, según Platón,
simplemente se «asemejan» de modo imperfecto a otra cosa: a saber, las Ideas.
Por tanto, lo que llamamos un árbol parece, al fin y al cabo, no ser más
genuinamente arbóreo que la estatua o el reflejo de un árbol; lo que llamamos
un ser humano parece no ser más genuinamente humano que la estatua o el reflejo
de un hombre; etcétera. Pero esto es absurdo?.
Es absurdo, en cualquier caso, desde el punto de vista del
realista aristotélico, que tiene razones independientes para considerar al
árbol o al ser humano como sustancias: algo que existe por derecho propio (más
que como una mera imagen o reflejo o como algo parasítico en otra cosa), y que
tiene una fuente intrínseca de sus propiedades y actividades características
(en contraposición a derivarlas enteramente de alguna fuente extrínseca)2, El
realismo aristotélico niega, pues, que los universales existan en un «tercer
reino» dE las Ideas. ¿Cómo existen, entonces? Tomemos, una vez más, el ejemplo
del universal animalidad. En el mundo extramental, la animalidad existe sólo en
los animales particulares, y siempre unida de modo inseparable a su
racionalidad o no-racionalidad. Por tanto, hay animalidad en Sócrates, pero
inseparablemente unida a su racionalidad, y en concreto a su humanidad. Y ha
animalidad en Fido, pero inseparablemente unida a su no-racionalidad, y
concretamente a su «perreidad». La animalidad considerada en abstracción de
estas cosas existe sólo en la mente. Los sentidos observan este o aquel hombre
individual, este o aquel perro individual; el intelecto procede abstrayendo de
los rasgos distintivos, individualizadores y particulares y considera la
animalidad sola, como universal. Esta posición aristotélica no es nominalista,
porque sostiene que los universales
existen. Pero tampoco es conceptualista, porque aunque dice que los universales
separados de otros rasgos existen sólo en la mente, también defiende que
existen en las cosas extramentales (aunque, en ellas, siempre atadas a otras
características). Los universales los abstrae la mente de estas cosas
extramentales, en vez de crearlos libremente.
Los realistas aristotélicos enfatizan que esta abstracción
es en esencia un proceso mental, de modo que los objetos abstractos quedan
esencialmente conectados a la mente. Por tanto, aunque la animalidad, la
triangularidad, la rojez, la humanidad y demás sí existen en la realidad
extramental, no se dan en ella como objetos abstractos, sino sólo como atados a
individuos particulares y concretos. Y aunque pueden no obstante existir como
objetos abstractos, no pueden existir así en la realidad extramental. No hay
ningún tercer modo alternativo platónico en el que los universales puedan
existir, a saber, de modo tanto abstracto como extramental al mismo tiempo. En
palabras de David Oderberg:
Pensemos en lo que todos los cuadrados tienen en común: hay algo
que comparten de modo literal, a saber, la cuadratura. Pero alguien podría
objetar: «Nunca encontramos la cuadratura, sólo cosas cuadradas».
A lo que el realista sical contesta que sí encontramos la
cuadratura todo el rato: en las cosas
cuadradas. «Pero yo quiero decir que nunca encontramos la
cuadratura en abstracto». A lo que se responde
diciendo que es correcto: nunca encontramos la cuadratura en
abstracto, porque ésta no es algo que podríamos encontrar nunca. ¿Cómo sería
tal encuentro? Más bien, no encontramos la cuadratura en
abstracto porque ésta es algo que nosotros abstraemos: a partir
de las cosas cuadradas. En resumen, nada
abstracto existe sin abstracción. Y la abstracción es un
proceso intelectual por el cual reconocemos lo que es
literalmente compartido por una multiplicidad de cosas
particularesúl,
Cabe dar también un análisis aristotélico de al menos
algunas verdades posibles y necesarias. Para el aristotélico, lo que es posible
o necesario con respecto a una cosa es determinado por su esencia, y ésta es
(con independencia de su abstracción por la mente) algo que existe en la cosa
misma más que en un «tercer reino» platónico. Por tanto, es posible, por
ejemplo, para el hombre medio aguantar la respiración durante diez segundos,
pero imposible hacerlo por diez horas, y necesario que, si muere, no puede
volver a la vida por medios naturales. Estas posibilidades, imposibilidades y
necesidades se fundamentan en la naturaleza humana, y cuando la mente abstrae
el universal humanidad de los hombres individuales que se encuentra, puede
deducir de ella estas y otras características. Es también imposible para dos y
otros dos hombres sumar veinte, y necesario que sumen en cambio cuatro. Estas
verdades se fundamentan no sólo en la naturaleza de los hombres, sino también
en la de todo lo demás, y cuando la mente abstrae rasgos matemáticos aún más
generales de las cosas, puede deducir de ellos más verdades matemáticas.
No obstante, hay universales, proposiciones, objetos
matemáticos, necesidades y posibilidades con las que el aristotélico lo va a
tener más difícil. Por ejemplo, supongamos que no existiera ningún mundo
material ni ninguna mente humana. Esto es ciertamente posible. Pero, aún así,
también seguiría siendo posible en tal circunstancia que llegaran a existir.
¿En qué se fundamentaría esa posibilidad? No puede estar fundada en la esencia
o naturaleza de ningún objeto material, dado que, por hipótesis, en ese caso no existiría
ninguno. Tampoco podría fundarse en la esencia o naturaleza de un objeto
material en tanto que abstraída y aprehendida por una mente humana, dado que
tampoco existirían.
O pensemos en cosas que no sólo podrían no existir, sino que
de hecho no existen: unicornios, centauros, sirenas y demás. Es al menos
posible que estas cosas existan, y la unicorniedad, la centauridad, la
sirenidad, etcétera son universales, aunque no estén instanciados en nada. Lo
que fundamenta su posibilidad no puede ser la esencia o naturaleza de los
unicornios, los centauros y las sirenas, dado que nunca han existido tales
seres. Tampoco pueden fundarse en las mentes humanas que entretienen estas
ideas, pues eran posibles incluso antes de que ninguna las pensase. Pero,
entonces, ¿qué fundamenta la posibilidad de estos «posibles puros» (como a
veces se los llama)?
Ten en cuenta también, una vez más, que hay proposiciones
que serían verdaderas con independencia de que exista el mundo material o la
mente humana. Por ejemplo, la proposición de que No existen el mundo material
ni las mentes humanas sería verdadera incluso si el mundo material y las mentes
humanas dejaran de existir mañana, o si no hubieran empezado a existir nunca.
César fue asesinado en los idus de marzo —y cualquier otra proposición acerca
de hechos históricos- seguiría siendo verdadera incluso si el mundo material y
los hombres desaparecieran.
Luego están las verdades necesarias de las matemáticas y la
lógica. Éstas también habrían sido verdad incluso si nunca hubiera existido el
mundo material o las mentes humanas, y seguirían siéndolo incluso si éstos
dejaran de existir mañana. Por tanto, ¿qué fundamenta su necesidad?
Esto nos lleva, por último, al realismo escolástico, que es
aristotélico en espíritu, pero con algún guiño al realismo platónico2. Como el
aristotélico, el realismo escolástico afirma que los universales existen
únicamente o bien en las cosas que los ejemplifican o bien en los intelectos
que los piensan. Coincide en que no hay ningún «tercer reino» platónico
independiente tanto del mundo material como de todo intelecto. No obstante, el
realista escolástico está de acuerdo con el platónico en que tiene que haber algún
reino distinto tanto del mundo material como de la mente humana y de otros
intelectos finitos. En concreto —adoptando una tesis famosamente asociada con
San Agustín—, sostiene que los universales, las proposiciones, las verdades
lógicas y matemáticas, y las necesidades y posibilidades existen en un
intelecto infinito, eterno y divino. Así, si alguna forma de realismo tiene que
ser verdad, pero tanto el realismo platónico como el aristotélico son
inadecuados en diversos aspectos, la única versión que queda, el realismo
escolástico, tiene que ser correcta. Y dado que el realismo escolástico implica
que hay un intelecto divino infinito, entonces tal intelecto tiene que existir
realmente. En otras palabras, Dios existe.
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 2
Tal es, en cualquier caso, el esquema principal de lo que a
veces se llama el «argumento a partir de las verdades eternas», históricamente
asociado con la filosofía agustiniana y defendido también por pensadores como
G. W. Leibniz. Hagamos el razonamiento más explícito.
Hemos visto por qué, contra el nominalismo y el
conceptualismo, alguna forma de realismo con respecto a los objetos abstractos
(universales, proposiciones, números, otros objetos matemáticos y mundos
posibles) tiene que ser verdad. Ahora, una consecuencia de los argumentos era
que, cualquiera que fuera el modo de existencia de estos objetos, no dependen
del mundo material (al menos no muchos de ellos). Está este triángulo
particular y aquel otro, este objeto rojo particular y aquel otro, etcétera,
pero la triangularidad y la rojez son universales. Al menos algunas
proposiciones serían verdaderas existiera o no el mundo material, especialmente
las proposiciones lógicas y matemáticas. El mundo material es contingente,
mientras algunas proposiciones, incluyendo las de la lógica y la matemática,
son necesariamente verdaderas. Hay posibilidades que seguirían siendo tales aun
si el mundo material no existiera. Etcétera. Por tanto, estos objetos
abstractos tienen que existir de una de las otras dos maneras posibles, o bien
en algún intelecto o colección de intelectos o bien en un «tercer reino»
platónico. Pero esto último se enfrenta de por sí con problemas insuperables,
lo que significa que estos objetos abstractos tienen que existir en un intelecto
o colección de intelectos.
Ahora, no pueden depender en último término de los
intelectos humanos, porque éstos son contingentes. Empiezan a ser y
desaparecen, hubo una vez que no existían y podría suceder que en algún momento
del futuro dejaran de existir. Por tanto, las verdades necesarias, las
posibilidades que seguirían siéndolo incluso si ningún intelecto humano hubiera
existido o, en tal caso, los universales que podrían ser instanciados o las
proposiciones que habrían sido verdad, etcétera, nada de esto puede depender
para existir de los intelectos humanos. Date cuenta de que, por la misma razón,
tampoco pueden depender de los intelectos de criaturas contingentes distintas
de los seres humanos. Supongamos que hay extraterrestres con cuerpos materiales
de algún tipo, quizás radicalmente diferentes de los nuestros. Precisamente
porque, como nosotros, empiezan a ser y dejan de ser y podrían no haber
existido, lo que es cierto de la relación entre los objetos abstractos y
nuestras mentes lo sería también de la relación entre los objetos abstractos y
sus mentes. O supongamos que hay intelectos completamente incorpóreos,
angélicos, que a diferencia de nosotros no dejan de existir. Dado que, aún así,
son contingentes (ni siquiera un ángel existe de modo absolutamente necesario,
sino sólo si Dios decide crearlo), se sigue que las verdades necesarias, los
mundos posibles que seguirían siéndolo incluso si ningún ángel existiera, o los
universales que podrían ser instanciados en tal caso o las proposiciones que
serían verdad, etcétera no pueden depender tampoco de los intelectos angélicos.
Por tanto, el único tipo de intelecto del que, en último
término, estos objetos abstractos podrían depender sería uno que existiera de
modo absolutamente necesario, que no pudiera en absoluto no haber existido.
Ahora, ¿podría haber más de uno de estos intelectos últimos? ¿Cabe suponer que
el conjunto X de mundos posibles, verdades necesarias, universales y demás
existen en el intelecto necesario A, y el conjunto Y, en el intelecto necesario
B?
Esto no puede ser correcto. Piensa primero que tales objetos
abstractos no son independientes entre sí de modo que su fundamento último
pueda estar en mentes necesarias distintas. Más bien, forman un sistema
interconectadoÍ. Veamos algunos de los modos en los que es así. Supongamos que
la definición tradicional de ser humano es correcta. (Que lo sea de hecho es
irrelevante para nuestros propósitos, se trata sólo de un ejemplo). En tal
caso, para aprehender adecuadamente el universal humanidad necesitaremos aprehender
también la animalidad y la racionalidad. Y para entender éstos necesitaremos
aprehender los universales que forman parte de su definición. Por tanto, la
comprensión adecuada de cualquier universal requiere aprehender toda una red de
universales.
Pensemos también que aprehender estos universales es
necesario para entender las proposiciones en las que aparecen. Por ejemplo, uno
tiene que entender los universales humanidad y mortalidad para poder entender
la proposición Todos los hombres son mortales. Y toda proposición está también
lógicamente relacionada a cualquier otra de diversos modos. Por ejemplo, las
proposiciones Todos los hombres son mortales y Sócrates es un hombre, unidas
implican lógicamente la proposición Sócrates es mortal. En cambio, Todos los
hombres son mortales y Los gatos tienen cuatro patas, unidas no implican
lógicamente la proposición Está lloviendo en Cleveland. Es decir, toda
proposición será consistente o inconsistente con otras. Todas las proposiciones
pueden ser combinadas de diversas maneras en proposiciones compuestas con un
valor de verdad definido por las tablas a las que los estudiantes de lógica
están tan acostumbrados. Etcétera. Entre estas proposiciones, por supuesto, las
habrá acerca de lo que es necesario y de lo que es posible, así como
proposiciones de tipo lógico o matemático.
Ahora, estas relaciones lógicas se darían existieran o no el
mundo material y las mentes finitas. Por tanto, tiene que haber un intelecto
necesariamente existente que aprehenda todas las relaciones lógicas entre todas
las proposiciones (y por ende todos los universales), incluyendo aquéllas
acerca de lo posible, lo necesario y sobre los números y otros objetos
matemáticos. Es decir, todos los objetos abstractos de los que hemos estado hablando
tienen que existir en este intelecto. Date cuenta también de que el número de
estas proposiciones y relaciones lógicas es infinito. (Esto es obvio por el
hecho de que el número de proposiciones matemáticas es infinito. Por ejemplo,
por cada número habrá una proposición verdadera y una falsa acerca de si es par
o impar. Y el resto de proposiciones serán o bien consistentes o bien
inconsistentes con cada una de éstas). Por tanto, este intelecto necesario es
uno que aprehende un número infinito de
universales, proposiciones, mundos posibles, etcétera. Y hay un sentido obvio
en el que tal intelecto sería omnisciente. Sería lo que Robert Adams llama «un
ser conceptualmente omnisciente, que entiende eternamente todas las esencias,
posibilidades y verdades necesarias»,
En resumen, el fundamento último de la existencia de los
objetos abstractos que hemos estado considerando tiene que ser un intelecto
conceptualmente omnisciente y necesariamente existente, en lugar de una
colección de intelectos en la que cada uno conozca algo menos que «todas las
esencias, posibilidades y verdades necesarias». Aún así, podría preguntar un
crítico, ¿podría haber más de uno de estos intelectos conceptualmente
omniscientes? ¿Y podría tal intelecto, no obstante, carecer del conocimiento de
algunas verdades contingentes, aunque sepa todas las verdades posibles y
necesarias, en cuyo caso sería omnisciente sólo en un sentido condicionado? Aún
más, ¿por qué deberíamos suponer que dicho intelecto posee atributos como la
omnipotencia o la bondad perfecta?% Podría parecer, pues, que llegar a la
existencia de un intelecto omnisciente no es exactamente lo mismo que llegar a
la existencia de Dios.
Pero estas apariencias son engañosas. Piensa que un
intelecto que existiera de modo absolutamente necesario tendría que ser
puramente actual. Pues pongamos que su existencia supusiera la actualización de
alguna potencia. En tal caso, sería contingente con respecto a esa
actualización, y por tanto no existiría de modo absolutamente necesario. Ahora,
en el capítulo 1 vimos que cualquier cosa que sea puramente actual tiene que
ser también única, tener todo el poder y poseer bondad perfecta. También tiene,
por las razones ahí dichas, que ser inmutable, inmaterial, incorpóreo y eterno.
Por tanto, un intelecto omnisciente y necesariamente existente ha de poseer
también todos esos atributos. Tiene que saber también todas las verdades,
incluidas las contingentes, pues si no lo hiciera, entonces tendría alguna
potencia no actualizada —la potencia de conocer las verdades que de hecho no
conoce—, y por tanto no sería puramente actual. Así, tiene que ser omnisciente
en sentido incondicionado%,
Por tanto, el realismo acerca de los objetos abstractos
implica la existencia de un intelecto necesario que es uno, omnisciente,
omnipotente, totalmente bueno, inmutable, inmaterial, incorpóreo y eterno. En
resumen, implica la existencia de Dios.
Un argumento similar al que acabo de defender lo presenta el
filósofo Greg Welty. Welty sugiere que hay seis condiciones para que una teoría
de los objetos abstractos sea adecuada, y argumenta que lo que él llama
«realismo conceptual teísta» (en esencia lo que yo he llamado realismo
escolástico) es lo que mejor las cumple%. Consideremos brevemente su argumento.
En primer lugar, una teoría adecuada tiene que dar cuenta del hecho de que los
objetos abstractos exhiben objetividad en la medida en que tienen realidad
independiente de la mente humana. Segundo, tiene
que explicar el hecho de que existan de modo necesario más
que meramente contingente. Tercero, ha
de dar cuenta de su intencionalidad, por la cual Welty quiere decir que los
objetos abstractos representan el mundo de modo similar a como lo hacen los
pensamientos. Por ejemplo, el universal triangularidad representa los
triángulos; la proposición Todos los hombres son mortales representa el estado
de cosas de que todos los hombres son mortales; los mundos posibles representan
modos en los que las cosas podrían haber sido; etcétera%, En cuarto lugar, una
teoría adecuada de los objetos abstractos tiene que ser relevante a la hora de
explicar por qué se dan las verdades necesarias y posibles que existen. Quinto,
ha de cumplir lo que Welty llama una condición de plenitud en la medida en que
tiene que afirmar que existe un número suficiente de objetos abstractos para
dar cuenta de todo lo que su existencia se supone que tiene que explicar. Por
último, tiene que respetar al mismo tiempo una condición de simplicidad
evitando postular más entidades de las necesarias.
Ahora, la condición de objetividad sólo la puede cumplir una
teoría realista de los objetos abstractos, por contraposición a una nominalista
o conceptualista8. La condición de intencionalidad apunta en concreto en la
dirección de una posición realista aristotélica, más que platónica, dado que es
más fácil ver cómo los objetos abstractos podrían tener contenido
representacional si existen en un intelecto que si existen en un «tercer
reino». La condición de simplicidad también apunta en la dirección del realismo
aristotélico, más que del platónico, dado que el primero postula sólo dos
reinos —el de los objetos materiales y el de los intelectos—, mientras el
último requiere un tercero. Las condiciones de necesidad, plenitud y
relevancia, a su vez, apuntan en la dirección del realismo escolástico, más que
a una rama del aristotélico que no apele a un intelecto divino. Pues toda mente
humana o finita es contingente, y por tanto no puede dar cuenta de la necesidad
de los objetos abstractos. Y dado que hay universales, proposiciones, mundos posibles,
verdades matemáticas, etc., que nunca han sido pensados por ningún ser humano,
el realismo aristotélico, a menos que sea llevado en una dirección escolástica,
no puede cumplir la condición de plenitud.
Por último, la condición de relevancia apunta también en
concreto hacia el realismo escolástico de la siguiente manera. De nuevo, hay
objetos abstractos que no pueden razonablemente depender de ninguna mente
humana o finita. Por supuesto, el realismo platónico podría dar cuenta al menos
de esto. Pero es difícil ver cómo los mundos posibles, considerados como
miembros de un «tercer reino» platónico, podrían tener alguna relevancia con
respecto a lo que puede pasar en el mundo real. Consideremos (por tomar un
ejemplo de Welty) un dibujo de Sócrates martilleando clavos en una madera.
Supón que concedemos que esto al menos representa la posibilidad de que
Sócrates sea carpintero. Aún así, sugiere Welty, «no tiene sentido pensar que
un dibujo en un trozo de papel es un hacedor de verdad con respecto a ciertas
proposiciones modales acerca de Sócrates, tal que Sócrates no podría haber sido
un carpintero si el dibujo no hubiera existido»?. ¿Pero por qué, exactamente,
un mundo posible en el que Sócrates es carpintero, entendido como una entidad
que existe en un «tercer reino»
platónico, sería más plausible como hacedor de verdad que el dibujo? Incluso si
(como el dibujo) el objeto platónico representara la posibilidad de un Sócrates
carpintero, ¿por qué su existencia (a diferencia de la del dibujo) haría que Sócrates
hubiera podido ser carpintero?
El realista escolástico, por contraste, puede contestar la
pregunta sobre la relevancia, porque entiende los mundos posibles y demás
objetos abstractos como existiendo en el intelecto de la causa omnisciente y
omnipotente del mundo. El modo en el que un mundo posible en el que Sócrates es
carpintero hace que Sócrates hubiera podido ser carpintero es gracias a existir
como una idea en la causa divina que podría haber creado dicho mundo, si así lo
hubiera querido. El intelecto, la voluntad y el poder de Dios proporcionan un
camino por el que los objetos abstractos pueden tener relevancia en lo que
realmente sucede en el mundo, algo que un «tercer reino» platónico no puede
hacer.
UNA PRESENTACIÓN MÁS FORMAL DEL ARGUMENTO
Dada su fundamentación en el complejo debate acerca de los
universales y otros objetos abstractos, el argumento agustiniano para demostrar
la existencia de Dios que hemos desarrollado en este capítulo ha dado diversos
giros y reveses. Pero su esqueleto básico se puede resumir como sigue:
1. Hay tres explicaciones posibles acerca de los objetos
abstractos como los universales, las proposiciones, los números, otros objetos
matemáticos y los mundos posibles: el realismo, el nominalismo y el
conceptualismo.
2. Hay argumentos decisivos a favor del realismo.
3. Hay objeciones insuperables en contra del nominalismo.
4. Hay objeciones insuperables en contra del conceptualismo.
5. Por tanto, alguna versión del realismo es verdadera.
6. Hay tres versiones posibles del realismo: el realismo
platónico, el realismo aristotélico y el realismo escolástico.
7. Si el realismo platónico es verdad, entonces los objetos
abstractos existen en un «tercer reino» distinto tanto del mundo material como
de todo intelecto.
8. Si el realismo aristotélico es verdad, entonces los
objetos abstractos existen sólo en los intelectos humanos o en otros intelectos
contingentes.
9. Si el realismo escolástico es verdad, entonces los
objetos abstractos existen no sólo en intelectos contingentes, sino también en
al menos un intelecto necesariamente existente.
10. Hay objeciones insuperables en contra de la idea de que
los objetos abstractos existen en un «tercer reino» distinto tanto del mundo
material como de todo intelecto.
11. Por tanto, el realismo platónico no es verdad.
12. Hay objeciones insuperables contra la idea de que los
objetos abstractos existen sólo en los intelectos humanos o en otros intelectos
contingentes.
13. Por tanto, el realismo aristotélico no es verdad. 14.
Por tanto, el realismo escolástico es verdad.
15. Por tanto, los objetos abstractos existen no sólo en los
intelectos contingentes, sino también en al menos un intelecto necesariamente
existente.
16. Los objetos abstractos como los universales, las
proposiciones, los números, otros objetos matemáticos y los mundos posibles
están todos relacionados lógicamente entre sí de tal modo que forman un sistema
de ideas interconectado.
17. Las razones para concluir que al menos algunos objetos
abstractos existen en un intelecto necesariamente existente también implican
que todo este sistema de ideas interconectado tiene que existir en un intelecto
necesariamente existente.
18. Por tanto, todo este sistema de ideas interconectado
existe en al menos un intelecto necesariamente existente.
19. Un intelecto necesariamente existente sería puramente
actual. 20. No puede haber más de una cosa que sea puramente actual. 21. Por
tanto, no puede haber más de un intelecto necesariamente existente.
22. Un intelecto en el que existiera el susodicho sistema de
ideas interconectado sería conceptualmente omnisciente.
23. Por tanto, el único intelecto necesariamente existente
es conceptualmente omnisciente.
24. Si este único intelecto necesariamente existente no
fuera también omnisciente en el sentido fuerte de conocer todas las verdades
contingentes, entonces tendría alguna potencia no realizada y, por ende, no
sería puramente actual.
25. Por tanto, también es omnisciente en este sentido
fuerte.
26. Lo que es puramente actual tiene que ser también
omnipotente, totalmente bueno, inmutable, inmaterial, incorpóreo y eterno.
27. Por tanto, hay exactamente un intelecto necesariamente
existente, que es puramente actual, omnisciente, omnipotente, totalmente bueno,
inmutable, inmaterial, incorpóreo y eterno.
28. Pero que exista tal cosa es lo que significa que Dios
existe.
29. Por tanto, Dios existe.
ALGUNAS OBJECIONES REFUTADAS El debate sobre el estatuto metafísico de
los objetos abstractos tiene más de 23 siglos y se solapa con una gran variedad
de temas distintos: el problema de los universales, la metafísica de la
modalidad y diversas cuestiones de la filosofía de las matemáticas y la
filosofía del lenguaje. Es imposible condensarlo todo aquí, ni abordar todo lo
que un nominalista, conceptualista o platónico podría decir acerca de los temas
que cabría tratar. Pero las líneas generales del argumento a favor del realismo
en general y del realismo escolástico en particular ya han sido presentadas, y
cabe enfrentarse a algunas objeciones dirigidas específicamente a este último.
Algunos objetan que si los universales, las proposiciones,
los mundos posibles y demás se entienden como ideas en el intelecto divino,
entonces no son realmente objetos abstractos después de todo, sino concretos”.
Como señala Welty, un problema con esta objeción es que sencillamente no hay
consenso entre los metafísicos contemporáneos acerca de la naturaleza de los
objetos abstractos2. Por tanto, la objeción no descansa sobre una comprensión
establecida y neutral de su naturaleza que tenga la carga de la prueba a su
favor. Los realistas aristotélicos y escolásticos añadirían, además, que esta
objeción sencillamente estaría pidiendo el principio contra ellos incluso en el
caso de que sí fuera reflejo de un consenso. Pues para el aristotélico y el
escolástico, un objeto abstracto simplemente es lo que el intelecto forma
cuando abstrae de las cosas particulares. Por tanto, mientras el crítico
pretende que un objeto abstracto no puede ser algo que exista en un intelecto,
lo que dicen el aristotélico y el escolástico es justamente que sólo puede ser
algo que exista en un intelecto. Simplemente afirmar lo primero no es mostrar
que lo segundo sea falso, sino sólo presuponer que lo es”,
Brian Leftow critica lo que él llama «teorías deístas» de la
posibilidad y la necesidad, de las cuales formaría parte el realismo
escolástico defendido aquí%. Una teoría deísta sostiene que lo posible y lo
necesario se fundamentan en último término en la naturaleza de Dios. El
realista escolástico, que afirma que Dios es simple o nocompuesto (una idea
discutida en el anterior capítulo y que retomaremos en los siguientes),
ciertamente sostiene tal cosa. Pues dado que Dios es simple o nocompuesto, su
intelecto, su poder, su bondad, etcétera, y por supuesto su propia naturaleza,
tiene que ser todo una y la misma cosa considerada bajo diferentes
descripciones. Por tanto, decir que las posibilidades y las necesidades se
fundamentan en ideas del intelecto divino implica decir que se fundamentan en
la naturaleza de Dios.
Ahora, Leftow está dispuesto a admitir que las verdades
necesarias de la lógica pura y la matemática se fundamentan en la naturaleza
divina de esta manera. Pero piensa que hay otras verdades necesarias que no es
plausible que se fundamenten así. Por ejemplo, supongamos que es una verdad
necesaria que el agua = H,O. Entonces, en una teoría deísta, este hecho es una
verdad necesaria que se sigue de la naturaleza de Dios. Por tanto, si Dios
existe, entonces será necesario que el agua = H,O. Pero entonces también se
seguiría, dice Leftow, que si no fuera necesario que el agua = H,O, entonces Dios no existiría. Y esto,
concluye, hace que la existencia de Dios dependa de hechos acerca del agua, lo
cual es contraintuitivo.
Para ver cuál es el error de esta objeción, consideremos el
siguiente ejemplo paralelo. Es una verdad necesaria que 2 + 2 = 4, y se sigue
de esto que es necesario que, si añades a dos piedras otras dos, obtendrás
cuatro piedras. Pero entonces (podría decirse) se seguiría también que, en caso
de que no fuera necesario que, si juntas dos y otras dos piedras, obtienes
cuatro, entonces tampoco sería necesario que 2 + 2 = 4. Y esto (concluiría el
argumento propuesto) haría que las verdades matemáticas dependieran de hechos
acerca de las piedras, lo cual es contraintuitivo.
Ahora, es obvio que este argumento no demuestra que las
verdades de la matemática «dependen» en ningún sentido interesante de los
hechos acerca de las piedras. Las verdades matemáticas implican ciertas
verdades necesarias acerca de las piedras, igual que acerca de todo lo demás,
pero precisamente porque son necesarias, nunca van a ser refutadas por la
mineralogía (una consecuencia que, por supuesto, sería como mínimo muy
contraintuiva). Pero por la misma razón, el argumento de Leftow no demuestra
que la naturaleza divina «dependa» en ningún sentido interesante de los hechos
acerca del agua. La naturaleza divina implica ciertas verdades necesarias
acerca del agua, igual que acerca de todo lo demás, pero precisamente porque se
trata de verdades necesarias, nunca van a ser refutadas por la hidrología (una
consecuencia que, claramente, también sería muy contraintuiva).
Por supuesto, Leftow no sostiene, ni le hace falta, que las
«teorías deístas» estén implícitamente comprometidas con la extraña tesis de
que las afirmaciones sobre la existencia y la naturaleza de Dios podrían ser
refutadas por la hidrología. Pero esto hace que las bases de su tesis de que
tales teorías tienen consecuencias contraintuitivas sean extremadamente
esquivas. Si no tenemos en mente un caso en el que los hechos acerca del agua
podrían resultar tal que refutasen la existencia de Dios, ¿entonces cuál es
exactamente la supuesta «dependencia» contraintuitiva de la naturaleza divina
de los hechos acerca del agua?
Por otro lado, Leftow está diciendo que sí no fuera
necesario que el agua = H,O, entonces (dada la «teoría deísta» de la necesidad)
Dios podría no existir. ¿Pero por qué debería nadie tomar seriamente el
antecedente de este condicional? Supongamos que alguien dijera: «Vamos a
considerar un escenario en el que dos y dos no suman necesariamente cuatro;
ahora, en tal escenario, se seguiría que...». La respuesta correcta sería: «¡Un
momento! ¿Qué quieres decir con “Vamos a considerar un escenario en el que dos
y dos no suman necesariamente cuatro...” ¡No puede haber tal escenario, ergo no
podemos considerarlo!». De modo similar, el «teórico deísta» podría responderle
a Leftow: «¿Qué quieres decir con “Sí no fuera necesario que el agua =
H),O...”? Es necesario, y ya está, ¡no tiene sentido intentar considerar qué se
seguiría si no lo fueral»%. Leftow, que piensa que la necesidad de verdades
como la proposición agua = H,O es establecida por la voluntad de Dios (una
variación de la postura históricamente
conocida como voluntarismo), podría responder diciendo que podemos
coherentemente considerar tal escenario en la medida en que la proposición agua
= H,O podría no haber sido necesaria si Dios así lo hubiera querido. Pero esta
respuesta sencillamente estaría pidiendo el principio contra los teóricos
deístas, que rechazan el voluntarismo.
Otra objeción contra el argumento agustiniano que he
defendido podría ir dirigida contra la idea de lo que Adams llama «un ser
conceptualmente omnisciente, que entiende eternamente todas las esencias,
posibilidades y verdades necesarias»?, Pues podría parecer que esta noción
presupone que existe un conjunto de todas las proposiciones verdaderas. Pero
Patrick Grim ha argumentado que no puede existir tal conjunto y que, por tanto,
tampoco puede existir algo así como un ser omnisciente”. En concreto, Grim pide
que supongamos que hay un conjunto C de todas las proposiciones verdaderas.
Ahora consideremos lo que se llama el «conjunto potencia» de C, esto es, el
conjunto que consiste en todos los subconjuntos de C. De acuerdo con el teorema
de Cantor, el conjunto potencia de un conjunto contiene más miembros que éste,
en cuyo caso el conjunto potencia de C contiene más miembros que C. Pero
entonces C no contiene en realidad todas las verdades. Por tanto, la misma idea
de un conjunto tal es incoherente: no puede existir el conjunto de todas las
verdades. Pero la omnisciencia (dice Grim) requiere que sí exista. Por tanto,
no puede haber tal cosa como la omnisciencia.
Hay varios problemas con esta objeción%. Para empezar, como
señala Alvin Plantinga, el argumento demostraría demasiado”. Lo que Grim dice
acerca de todas las proposiciones verdaderas sería también cierto de todas las
proposiciones, verdaderas o no. Es decir, si Grim acierta, no puede haber
ningún conjunto de todas las proposiciones, sin hablar de todas las
proposiciones verdaderas. Y en tal caso seríamos incapaces de decir nada
coherente acerca de todas las proposiciones. Pero de hecho podemos hacerlo: por
ejemplo, podemos decir que todas las proposiciones son o verdaderas o falsas, y
que ninguna proposición es verdadera y falsa al mismo tiempo. Por tanto, ¿por
qué no podemos también decir de modo coherente, de todas las proposiciones
verdaderas, que un ser omnisciente las conocería? Tampoco necesitamos pensar
esto en términos de conocimiento de un conjunto de verdades. Como señala Keith
Simmons, incluso si no hay ningún conjunto de todas las proposiciones conocido
por Dios, no se sigue que haya alguna proposición particular que Dios no
conozca*, Y esto basta para la omnisciencia.
Por último, como sugiere William Wainwright, la objeción de
Grim parece asumir un modelo del conocimiento divino que sería rechazado por
aquéllos que defienden (como hacen los realistas escolásticos) que Dios es
absolutamente simple o no-compuesto*. En concreto, parece asumir que las
verdades que Dios conoce corresponden a ideas distintas en el intelecto divino,
que juntas forman un conjunto. Pero dada la simplicidad divina, lo que
describimos en términos de ideas distintas es realmente en Dios una y la misma
cosa. Hay algo en Dios que es análogo a lo que
llamamos, en el caso de nuestros intelectos, la aprehensión de la
proposición Todos los hombres son mortales o Sócrates es un hombre, etcétera.
Pero son diferentes maneras de describir lo que, en Dios, es realmente lo
mismo.
Una última línea de criticismo contra la prueba agustiniana
proviene de un rincón inesperado. Los defensores del argumento son realistas
escolásticos, pero no todos los realistas escolásticos lo defienden.
Concretamente, algunos escolásticos sostienen que, aunque su versión del
realismo es la explicación correcta acerca de los objetos abstractos, no sirve
como argumento para la existencia de Dios, sino que es más bien una tesis que
entra en juego sólo después de que ésta se haya establecido en base a otras
razones independientesÉ. Por ejemplo, Peter Coftey objeta que el argumento agustiniano
presupone que lo que es posible lo es eterna y necesariamente: por ejemplo, que
los caballos y los unicornios (a diferencia de los círculos cuadrados) eran
posibles antes de que existiera ningún mundo material o ninguna mente finita, y
que seguirían siéndolo incluso si éstos dejaran de existir. ¿Pero cómo
podríamos saber tal cosa a menos que ya supiéramos que hay un intelecto
necesariamente existente en el que estas posibilidades se fundamentan? El
argumento presupone también que hay un orden de objetos abstractos
independiente de nuestras mentes, pero esto, sugiere Coffey, es resultado de
una ilusión cognitiva similar a la del platonismo.
Pero estas objeciones no son muy fuertes, o no me lo parecen
a mí. Consideremos de entrada que incluso un ateo podría estar de acuerdo con
que lo posible es eterna y necesariamente posible. Por supuesto, tal ateo sin
duda entendería estas posibilidades eternas y necesarias en términos del
realismo platónico —que el escolástico rechaza-, pero lo importante es que,
precisamente por esta razón, no es necesario, contra Coffey, presuponer que
existen en un intelecto necesario. Piensa también que, igual que el escolástico
mismo, Coffey difícilmente puede mantener que la noción de un orden de objetos
abstractos independiente de nuestras mentes es completamente ilusoria, dado que
está de acuerdo con que tal orden existe en el intelecto divino. Lo que es
ilusorio es sólo la interpretación platónica de ese orden.
Leído caritativamente, Coffey parece estar suponiendo que si
alguien acepta la tesis de que hay un orden de objetos abstractos que existe
con independencia de toda mente finita, entonces esta persona está queriendo
decir o bien (a) que este orden ha de entenderse en términos platónicos, como
un «tercer reino» por encima del mundo material y las mentes finitas, o bien
(b) que ha de entenderse en términos escolásticos, como un orden de ideas en el
intelecto divino. Pero entonces, parece decir Coffey, si tiene (a) en mente,
está suponiendo algo falso; mientras que si tiene (b), no supone nada falso,
pero estará aún así presuponiendo que hay un intelecto divino, y por ende no
puede utilizar tal tesis como base para un argumento no circular a favor de su
existencia.
Pero se trata de una falsa dicotomía. Cabría afirmar la
tesis de que hay un orden de objetos abstractos que de algún modo existe con
independencia de toda mente finita, pero dejar sin determinar exactamente cómo.
En efecto, esta es justo la tesis que platónicos
y escolásticos tienen en común, y sobre la cual prosiguen discutiendo para ver
cuál de las dos posturas explica mejor su verdad. Ahora, dado que el defensor
del argumento agustiniano puede aceptar tal tesis sin afirmar (a), no está
presuponiendo nada falso, y dado que la puede aceptar también sin afirmar (b),
no está pidiendo el principio. Por tanto, la objeción de Coffey (al menos tal y
como la interpreto) falla.
4. LA PRUEBA TOMISTA
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 1
El mundo de nuestra experiencia contiene piedras, árboles,
perros, seres humanos y una amplia variedad de cosas. Sabemos que estas cosas
existen y que forman parte de la realidad exterior a nuestras mentes. Date
cuenta, pues, que lo que sabemos acerca de ellas son dos cosas distintas.
Primero, sabemos lo que son: sabes, por ejemplo, que lo que es un ser humano es
un animal racional. Esa es la naturaleza o esencia de un ser humano. (Una vez
más, no importa ahora mismo que estés de acuerdo o no con esta definición
tradicional de ser humano. Sustitúyela, si lo prefieres, por cualquier otra).
Segundo, sabes que realmente hay seres humanos, esto es, sabes que los seres
humanos existen.
Por tanto, podemos distinguir entre la esencia de una cosa y
su existencia, entre lo que algo es y el hecho de que es. Ahora, algunas de las
distinciones que hacemos no reflejan ninguna diferencia que se dé en la
realidad, sino que son meramente distinciones entre modos de pensar o hablar
acerca de las cosas. Por ejemplo, hablamos de solteros y de hombres no casados,
pero no hay nada en aquello de lo que estamos hablando que corresponda a esta
distinción. Un soltero y un hombre no casado son en la realidad exactamente la
misma cosa, de modo que la diferencia es meramente verbal. ¿Es la distinción
entre la esencia de una cosa y su existencia de este tipo? ¿O refleja algo en
las cosas mismas, cómo son realmente aparte de nuestros modos de pensar y
hablar acerca de ellas?
Hay varios motivos para pensar que la distinción entre
esencia y existencia tiene que ser una distinción real, que refleja la realidad
extramental y objetiva misma y no simplemente el modo en el que pensamos acerca
de ellaB. Piensa primero que puedes saber la esencia de una cosa sin saber al
mismo tiempo si existe o no. Supongamos que una persona, por el motivo que
fuera, nunca hubiera oído hablar de leones, pterodáctilos o unicornios.
Supongamos que le das una descripción detallada de la naturaleza de cada uno de
estos seres. Entonces le dices que, de estas tres criaturas, una existe, otra
existió pero ahora está extinta y la tercera nunca ha existido, y le preguntas
a continuación que te diga cuál es cuál con lo que sabe de sus esencias. Por
supuesto, sería incapaz de hacerlo. Pero en tal caso, la existencia de las
criaturas que sí existen tiene que ser realmente distinta de sus esencias, o de
otro modo podrías conocer lo primero con sólo conocer lo segundo. Pues lo que
una cosa es es parte de su realidad objetiva. Los hechos biológicos acerca de
los leones y los pterodáctilos serían exactamente los mismos estuviéramos por
aquí o no para estudiarlos. Esto sería cierto también de los unicornios, si
hubiera alguno. Y si una cosa existe, entonces también su existencia es
obviamente parte de su realidad objetiva. Por tanto, si la esencia y la existencia de una cosa no fueran
rasgos distintos de la realidad, entonces conocer la primera debería ser
suficiente para conocer la segunda, pero no es así.
Podría objetarse que este argumento presupone que
aprehendemos completamente la esencia de una cosa, lo cual típicamente no es
así. Pues, a menos que tuviéramos tal aprehensión completa, ¿cómo podríamos
saber si la existencia es parte de la esencia de una cosa? Pero la objeción
falla, porque hay una desemejanza crucial entre lo que es incontrovertiblemente
parte de la esencia de una cosa, por un lado, y su existencia, por el otro.
Supongamos que juzgas que un león es un tipo de animal, pero no que es un tipo
de gato. En tal caso, aunque sólo has entendido de modo incompleto lo que es
ser un león, no por eso lo has malentendido. Por contraste, en el caso de que no
sólo no juzgues que es un tipo de gato, sino que juzgues que no lo es, entonces
sí has malinterpretado lo que es ser un león. Ahora, si suponemos que juzgas
que los leones no existen —quizás piensas que se han extinguido como los
pterodáctilos o que son criaturas ficcionales como los unicornios—, entonces
has juzgado falsamente, pero no has malinterpretado lo que es ser un león. Pero
esto no sería así si la existencia de un león no fuera distinta de su esencia.
Pensar en él como no-existente sería malentender lo que es tanto como si lo
pensara como no-gato*.
Un segundo motivo por el que las esencias de las cosas de
nuestra experiencia tienen que ser distintas de su existencia tiene que ver con
su contingencia: el hecho de que, aunque existen, podrían no haber existido.
Por ejemplo, los leones existen, pero si la historia de la vida hubiera ido de
otro modo, no habrían existido, y es posible que algún día se extingan. Ahora,
si la existencia de una cosa contingente no fuera realmente distinta de su
esencia, entonces existiría simplemente por virtud de su esencia, esto es, por
su propia naturaleza, y por lo tanto no sería contingente en absoluto, sino
necesaria: sería algo que no podría no existir, ni siquiera en principio. Como
no es necesaria sino contingente, se sigue que su existencia tiene que ser
realmente distinta de su esencia*,
Alguien podría objetar que no necesitamos postular una
distinción real entre la esencia de una cosa contingente y su existencia para
dar cuenta de su contingencia, sino que podemos apuntar en cambio al hecho de
que tiene una causa y potencialidad para no existir. Por ejemplo, uno podría
decir que un león es contingente porque los leones necesitan ser causados —por,
digamos, leones previamente existentes— y si estas causas están ausentes,
entonces no empezaría a existir un nuevo león. Y podríamos señalar que los
leones pueden dejar de existir porque tienen la potencia de ser matados por
depredadores, morir de hambre o caer enfermos, etcétera. De todos modos, esta
objeción no ha entendido el argumento. Porque necesitamos saber por qué la
existencia de una cosa contingente requeriría (o podría tener) una causa y por
qué tiene (o podría tener) la potencia de no existir si su existencia no fuera
distinta de su esencia. Si la existencia fuera simplemente parte de lo que es
una cosa, entonces no haría falta nada que la causara, y tampoco habría nada en
ella que le pudiera dar la potencia para dejar de existir.
Una tercera razón por la cual la esencia y la existencia de
cada una de las cosas que conocemos a través de la experiencia tienen que ser
distintas es que si hay algo en lo que esencia y existencia no se distinguen
realmente —y veremos a continuación que, en efecto, hay y tiene que haber tal
ser—, no podría en principio existir más de una cosa así. Pues considera que,
si la esencia y la existencia de una cosa no son realmente distintas, entonces
son idénticas, y si son idénticas, entonces esa cosa sería algo cuya esencia
simplemente sería la existencia misma. Ahora, para que pueda haber más de una
cosa que simplemente sea la existencia misma —supongamos que hay dos, A y B-,
entonces tendría que haber algo que las diferenciara. Tendría que haber algo
por lo cual A y B son cosas distintas, en lugar de ser la misma cosa. ¿Pero qué
podría ser? Sólo hay dos posibilidades: A y B pueden ser diferenciadas como dos
especies del mismo género o como dos miembros de la misma especie. Y el
problema es que, en análisis, resulta que A y B no podrían ser diferenciadas de
ninguna de estas maneras.
Considera el modo en que se diferencian dos especies del mismo
género. Un género es una clase más general de cosas, y una especie, una clase
más específical, Cuando decimos que los seres humanos son animales racionales,
estamos diciendo que, como especie, caen bajo el género animal y que su ser
racional es lo que los diferencia de otras especies de animal. Por usar la
jerga técnica tradicional, la racionalidad es, por tanto, lo que se llama la
«diferencia específica» que distingue a los seres humanos del resto de especies
animales. Por tanto, para que nuestras hipotéticas cosas A y B se distinguieran
como dos especies, tendríamos que ver aquello que simplemente es la existencia
misma como género, y A y B como dos especies dentro de ese género; y tendríamos
que identificar alguna «diferencia específica» que A tiene que la convierte en
una especie diferente de aquello que simplemente es la existencia misma
respecto de la especie B. Pero el problema es que si A tuviera una «diferencia
específica», entonces ya no sería aquello que simplemente es la existencia
misma; sino, más bien, aquello que simplemente es la existencia misma MÁS esa
diferencia específica. (Compara: un ser humano no es la animalidad misma, sino
la animalidad más la diferencia específica racionalidad). Y lo mismo sería
cierto de B: para diferenciarse de A, tendría que ser aquello que simplemente
es la existencia misma MÁS su propia diferencia específica. Por tanto, no hay
manera de distinguir dos cosas que son la existencia misma del modo en que se
distinguen dos especies diferentes del mismo género.
Consideremos ahora la manera en que se diferencian dos
miembros de una misma especie. Sócrates, Platón y Aristóteles son diferentes
miembros de la misma especie ser humano; Fido, Rover y Spot son diferentes
miembros de la especie perro; etcétera. El modo en que estos miembros se
diferencian es por estar asociados con diferentes parcelas de materia. La
materia que forma el cuerpo de Sócrates es diferente de la que forma los
cuerpos de Platón o Aristóteles; la materia que forma el cuerpo de Fido es
diferente de la de Rover o Spot; etcétera. (Por supuesto, hay otras diferencias
entre estos individuos. El cerebro de Sócrates puede estar conectado de modo
diferente al de Aristóteles, Fido puede
ser de un color de pelo distinto de Spot, etcétera. Pero estas otras diferencias
presuponen distintas parcelas de materia en las que inhieren la conexión del
cerebro, el color de pelo, etc.). Por tanto, aunque tanto Sócrates como Platón
son ambos humanos, se distinguen porque Sócrates es la humanidad más este trozo
particular de materia, mientras Platón es la humanidad más ese otro trozo
particular de materia; y algo similar puede decirse acerca de los distintos
miembros de otras especies. Pero, en tal caso, tendría que ser obvio por qué no
podemos diferenciar de esta manera dos cosas A y B que sean aquello que
simplemente es la existencia misma. Pues distinguidos de este modo, A y B no
serán al fin y al cabo aquello que simplemente es la existencia misma; sino que
A será aquello que simplemente es la existencia misma MÁS. este trozo
particular de materia, y B, aquello que simplemente es la existencia misma MÁS
ese otro trozo particular de materia. (Compara: Sócrates es, de nuevo, la
humanidad más este trozo particular de materia: en cuyo caso Sócrates no es la
humanidad misma).
En general, para que hubiera más de una cosa que fuera
aquello que es la existencia misma, tendría que haber algo que hiciera que esta
instancia de aquello que es la existencia misma se distinguiera de aquella
otra. Y entonces, ninguna de estas instancias será realmente después de todo
aquello que simplemente es la existencia misma, sino más bien aquello que
simplemente es la existencia misma MÁS cualquiera que sea el rasgo
diferenciador. Por tanto, en realidad no tiene sentido que haya más de una cosa
que simplemente sea la existencia misma. Y en tal caso no hay manera de hacer
inteligible que haya más de una cosa cuya esencia y existencia no sean
realmente distintas: si existe tal cosa, será única. Ahora, las cosas de
nuestra experiencia no son únicas en este sentido. Con las piedras, los
árboles, los perros, los seres humanos y demás, hay múltiples instancias de
cada una de estas cosas (o como mínimo podría haberlas, en el caso de que
alguna clase se viera reducida a un solo miembro). Por tanto, hay en cada una
de ellas una distinción real entre su esencia y su existencia.
Una objeción posible contra este tercer argumento es que
ignora que hay un término medio. ¿Por qué no podría haber algo cuya existencia
no fuera distinta de su esencia, pero no porque ésta simplemente fuera la
existencia misma, sino más bien porque la existencia fuera parte de su esencia?
Pero si lo pensamos, esta sugerencia no tiene sentido. Considera que la esencia
de los seres humanos, la animalidad racional, tiene la racionalidad y la animalidad
como partes. Supongamos que la existencia fuera otra parte de su esencia, junto
a éstas. Entonces la existencia del ser humano como un todo dependería de esta
parte. Pero eso es tan poco plausible como decir que la esencia humana entera,
animalidad racional, depende sólo de la animalidad. Si alguien insistiera en
que sí lo hace, eso haría que la animalidad misma fuera la verdadera esencia.
De modo similar, si alguien insistiera que el ser humano como un todo depende
de la existencia considerada como una parte de la esencia humana, entonces esto
haría que la existencia fuera la verdadera esencia. Pero, en tal caso, estaríamos de vuelta con la tesis de
que una cosa en la que no hay distinción entre su esencia y su existencia es
algo cuya esencia simplemente es la misma existencia, que es justo lo que el
crítico estaba intentando evitar. Por tanto, no hay realmente ningún término
medio entre el caso en el que la esencia y la existencia de una cosa son
realmente distintas y aquél en el que su esencia es la existencia misma?, Date
cuenta de que decir que la esencia y la existencia de una cosa son realmente
distintas no es decir que puedan existir separadamente. No implica, digamos,
que la esencia de una piedra es un tipo de objeto y su existencia, otro objeto,
donde cada uno puede existir aparte del otro. Una distinción real entre dos
cosas a veces implica separabilidad, pero no siempre. Por ejemplo, dos perros,
o un perro y su pata, son realmente distintos, y cada uno puede existir aparte
del otro. Por contraste, piensa en un círculo. Tiene tanto un radio como una
circunferencia. Hay obviamente una distinción real entre las propiedades tener
un radio y tener una circunferencia. Esto no es así porque, limitándonos a los
círculos, tener un radio pueda existir aparte de tener una circunferencia.
[...] El radio de un círculo es realmente distinto de su circunferencia, como
lo prueba el hecho de que la
última es dos veces el primero multiplicado por pi. Dado que
el radio es parte de la propiedad tener un radio, y la circunferencia, parte de
la propiedad tener una circunferencia, las propiedades mismas son realmente
distintas, aunque inseparables. [...] Lo mismo se cumple
para la triangularidad y la trilateralidad.22
De modo similar, no hay tal cosa en la realidad extramental
como la esencia de una cosa existiendo aparte de su existencia, o su existencia
existiendo aparte de su esencia (signifique todo esto lo que signifique). La
esencia de una piedra, un árbol, un perro o un ser humano no es separable de su
existencia. Aún así, como con el radio y la circunferencia de un círculo, o la
triangularidad y la trilateralidad de un triángulo, la esencia de cada una de
estas cosas es realmente distinta de su existencia.
Por tanto, en cada una de las cosas que conocemos a través
de la experiencia, hay una distinción real entre su esencia y su existencia.
¿Pero cómo es que estos dos aspectos diferentes de una cosa están combinados en
un todo? Puede parecer que su inseparabilidad aporta una respuesta: están
unidas (podría decirse) porque la esencia de una cosa y su existencia son tan
inseparables como el radio y la circunferencia de un círculo, o la
triangularidad y la trilateralidad. Pero esto no es ninguna respuesta, porque
simplemente despierta la pregunta de por qué son inseparables. La respuesta en
el caso del radio y la circunferencia es que ambos se siguen de la esencia O
naturaleza de un círculo. Cualquier cosa que tenga tal esencia va a poseer las
propiedades tener un radio y tener una circunferencia. De modo similar,
cualquier cosa que tenga la esencia de un triángulo va a poseer la propiedad
trilateralidad, que se sigue de esa esencia”,
Pero no podemos explicar de la misma manera cómo es que la
esencia de las cosas de nuestra experiencia está unida a su existencia. En
particular, no puede ser que su existencia se siga de su esencia. El motivo
está implícito en lo que ya hemos dicho. Si conoces la esencia de un círculo,
entonces sabrás que cualquier círculo exhibirá las propiedades tener un radio y
tener una circunferencia; y si conoces la esencia de un triángulo, entonces
sabes que exhibirá la propiedad triangularidad. Pero, como hemos visto, puedes
conocer la esencia de un león, pterodáctilo o unicornio sin saber si alguno de
estos animales existe o no. Por tanto, la existencia de estas cosas no se sigue de su esencia del modo en el que las
propiedades tener un radio y tener una circunferencia se siguen de la esencia
de un círculo, o del modo en que la propiedad triangularidad se sigue de la
esencia de un triángulo. Hemos señalado también que las cosas de nuestra
experiencia existen de modo meramente contingente —motivo por el cual empiezan
a ser y dejan de ser—, más que de modo necesario. Por esta razón también, su
existencia no puede seguirse de su esencia, pues si lo hiciera, entonces sí
existirían necesariamente. Y si bien es cierto que, en una cosa cuya esencia
fuera existir, su existencia se seguiría, naturalmente, de su esencia, hemos
visto también que por principio sólo puede haber una cosa así. Por tanto, con seres
de los cuales
ay más de un ejemplar (piedras, árboles, perros, seres
humanos, etc.), no puede ser verdad que su esencia sea idéntica a su
existencia, y por tanto su existencia no puede seguirse de su esencia.
Tampoco puede ser que las cosas de nuestra experiencia de
algún modo se impartan la existencia a sí mismas, añadiéndola, por así decirlo,
a sus esencias desde fuera. Tal sugerencia es incoherente. Nada puede impartir
o añadir nada, ni hacer nada en absoluto, a menos que ya exista. Pero algo cuya
esencia y existencia sean distintas no puede existir hasta que la existencia le
sea añadida o impartida a su esencia. Naturalmente, pues, algo cuya esencia y
existencia sean distintas no puede impartir existencia a su propia esencia,
pues en tal caso tendría que existir antes de existir para causarse a sí misma,
lo cual no tiene ningún sentido. Nada puede ser la causa de su propia
existencia.
Por tanto, nada en lo que haya una distinción entre la
esencia y la existencia puede ser de ningún modo la fuente de su propio
existir. Su existencia tiene que ser causada por algo exterior a la cosa misma:
algo que le dé la existencia a su esencia, por así decirlo. Nuestra experiencia
cotidiana confirmaría esto, en la medida en que nos muestra que las piedras,
los árboles, los perros y los seres humanos tienen causas. Pero estas cosas
dependen de una causa para existir de un modo más radical que el indicado por
la experiencia ordinaria. Pues date cuenta de que todo lo dicho hasta ahora se
aplica a una cosa no sólo antes de que empiece a existir y mientras empieza a
existir, sino siempre, incluso después de empezar a existir. Por ejemplo,
pensemos en un perro, Fido. La existencia de Fido es distinta de su esencia, no
se sigue de ella y no puede serle impartida por Fido mismo. Todo esto es verdad
no sólo antes de que Fido exista y en el momento en el que es concebido, sino
también después de que empiece a ser, y de hecho en cualquier momento en el que
está vivo. Aquí y ahora, la existencia de Fido es distinta de su esencia y no
se sigue de ella. Por tanto, tiene que haber alguna causa que añada o imparta
existencia a tal esencia aquí y ahora. De otro modo, Fido no existiría aquí y
ahora, mo más que como lo hacía antes de ser concebido: desaparecería en un
abrir y cerrar de ojos o sería aniquilado. Tampoco puede ser Fido el que está
añadiendo o impartiendo existencia a su propia esencia aquí y ahora, igual que
no lo podría haber hecho antes de ser concebido. Pues Fido no puede hacer nada
en absoluto, ni siquiera por un instante, a menos que exista en ese instante. Entre las cosas que no puede
hacer a menos que exista está el impartir existencia, sea a sí mismo o a
cualquier otra cosa. Por tanto, que causara su propia existencia en ese
instante presupondría que ya existe en ese instante. Así, pensar que Fido o
cualquier otra Cosa imparte existencia a su propia esencia en un instante
particular es incoherente: nada puede causar su propia existencia en ningún
momento del tiempo, igual que no puede hacerlo a lo largo de una serie de
momentos extendidos en el tiempo.
Por tanto, cualquier cosa cuya esencia sea distinta de su
existencia tiene que tener una causa de su existir en cualquier momento en el
que existe, aquí y ahora y no simplemente en algún punto del pasado. Por seguir
con Fido, tiene que tener una causa que imparta existencia aquí y ahora a su
esencia. Llamemos a esta causa, sea la que sea, C. Supongamos que C, como Fido,
es algo cuya esencia es distinta de su existencia. Entonces, lo que hemos dicho
acerca de Fido y del resto de cosas de nuestra experiencia se aplica del mismo
modo a C. También C ha de tener una causa aquí y ahora que imparta existencia a
su esencia. Llamemos a esta otra causa B. Supongamos que B, como Fido y C, es
algo cuya esencia es distinta de su existencia. Entonces B, aquí y ahora,
requerirá una causa propia, que podríamos llamar A. Y, por supuesto, lo que
hemos dicho de C y de B se aplicará también a A, si es que A es algo cuya
esencia es distinta de su existencia.
Date cuenta de que lo que tenemos aquí es lo que llamé en el
capítulo 1 una serie causal jerárquica. El motivo no es simplemente que las
causas y los efectos sean todos simultáneos —Fido es causado por C, que
simultáneamente está siendo causado por B, que simultáneamente está siendo
causado por A— sino, de modo más fundamental, que ninguna de las causas
mencionadas hasta el momento puede actuar independientemente de una causa
anterior. C puede impartir existencia a la esencia de Fido sólo en la medida en
que su propia esencia tiene la existencia impartida por B, y B puede hacer esto
sólo en la medida en que su propia esencia tiene la existencia impartida por A.
Ahora, como vimos en el capítulo 1, por su propia naturaleza este tipo de serie
causal no puede seguir hasta el infinito. No habría ninguna serie en absoluto a
menos que hubiera una causa «primera» o primaria en el sentido de que puede
causar sin tener que ser, en el acto mismo de causar, ella misma causada. En el
caso que nos ocupa, tal causa tendría que ser una que pudiera impartir la
existencia sin tener que derivarla de otro sitio. Ahora, nada cuya esencia sea
distinta de su existencia podría ser tal causa, dado que, como hemos visto, a
cualquier cosa que sea así le tiene que ser impartida la existencia. La causa
primera o primaria de esta serie, pues, sólo puede ser algo cuya misma esencia
sea idéntica a la existencia, algo que simplemente sea la existencia misma.
Pues dado que es la existencia misma y es idéntica con ella, no necesita y no
podría derivarla de nada más. Por así decirlo, tiene la existencia
«incorporada». No es meramente un existente más entre otros, sino lo que Tomás
de Aquino llamó «la existencia misma subsistente»”,
Por tanto, para que Fido exista aquí y ahora y en cualquier
momento, su existencia tiene que ser causada aquí y ahora, directa o
indirectamente, por algo cuya esencia sea idéntica con su existencia, algo que
sea la existencia misma subsistente. Y esto implica que Fido ha de ser causado
por Dios.
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 2
¿Por qué deberíamos identificar aquello que es la misma
existencia subsistente con Dios? Piensa primero que lo que hemos dicho acerca
de Fido se cumple para todas y cada una de las cosas que conocemos por la
experiencia —piedras, árboles, leones, seres humanos, etcétera— y, de hecho, a
cualquier otra cosa cuya esencia sea distinta de su existencia, incluyendo
entidades inmateriales como los ángeles o las almas incorpóreas. La existencia
de cualquiera de estas cosas en cualquier momento tiene que ser causada por
algo cuya esencia sea la existencia misma. Piensa también que, como hemos
visto, por principio sólo puede haber una cosa cuya esencia sea existir. Y, por
último, que aquellas cosas cuya esencia es distinta de su existencia y aquello
cuya esencia es idéntica con su existencia agotan los distintos tipos de cosas
que puede haber. Por tanto, si sólo puede haber una cosa de la segunda clase,
entonces el resto de seres tienen que ser de la primera. Y dado que todo lo que
sea de la primera clase depende de aquello que es de la segunda, se sigue que
todo lo que existe excepto aquello que es la existencia misma subsistente tiene
que ser causado por ésta.
Por tanto, aquello que es la existencia misma subsistente es
único y la causa de todo aparte de sí mismo. Hemos visto también que algo que
sea el mismo ser existiría de modo necesario y no contingente, pues dado que su
esencia simplemente sería existencia, no dejaría de existir ni podría hacerlo.
Por el mismo motivo, tampoco tendría ni podría tener la existencia impartida
por otra cosa. Tendría que ser, por tanto, una causa incausada de la existencia
de todo lo demás.
En resumen, lo que hemos dicho hasta ahora muestra que
aquello que es la existencia misma subsistente es una causa de todo aparte de
sí mismo que es única, necesariamente existente e incausada. Ahora considera la
relación de los conceptos introducidos en este capítulo con los de
potencialidad y actualidad del primero. Como Tomás señaló, en algo cuya esencia
es distinta de su existencia, esencia y existencia se relacionan como potencia
y acto. La esencia de Fido, por ejemplo, por sí misma equivale a algo
potencial, no a algo actual. Sólo cuando a la esencia de Fido se le imparte la
existencia tenemos algo actual, a saber, Fido mismo. Ahora, si la esencia
considerada por sí misma es un tipo de potencialidad, y la existencia
considerada por sí misma, un tipo de actualidad, entonces aquello que
sencillamente es existencia, que es la existencia misma subsistente en vez de
una cosa más entre otras con existencia meramente derivada, tiene que ser
puramente actual. No podría tener alguna potencia para existir que requiera ser
actualizada, pues entonces no sería algo que es existencia, sino más bien otra
cosa a la que la existencia tiene que serle impartida.
Ahora, igual que sólo puede haber en principio una única
cosa que sea la existencia misma subsistente, también, como vimos en el
capítulo 1, sólo puede haber en principio una única cosa que sea puramente
actual. Por tanto, el actualizador puramente actual al que llega la prueba
aristotélica y aquello que es existencia subsistente, a lo que llega la prueba
tomista, son en realidad la misma causa de todas las cosas, alcanzada desde
puntos de partida diferentes. Pero también vimos en el capítulo 1 que cualquier
cosa que sea puramente actual tiene que ser inmutable, eterna, inmaterial,
incorpórea, perfecta, omnipotente y totalmente buena. Y además vimos que,
tomando en cuenta el principio de causalidad proporcionada, todo lo que sea la
causa de todas las cosas (como aquello que es la existencia misma subsistente)
tiene que tener intelecto y ser omnisciente.
Por tanto, aquello que es la existencia misma subsistente
tiene que ser uno, necesariamente existente, la causa incausada de todo aparte
de sí mismo, puramente actual, inmutable, eterno, inmaterial, incorpóreo,
perfecto, omnipotente, totalmente bueno, inteligente y omnisciente. En resumen,
tiene que ser Dios.
UNA PRESENTACIÓN MÁS FORMAL DEL ARGUMENTO
Como en los capítulos anteriores, hasta el momento he
presentado la prueba tomista de modo informal y relajado para facilitar su
comprensión, especialmente de cara a lectores no familiarizados con las
nociones filosóficas técnicas que aparecen en ella. Pero ahora que el núcleo
general del razonamiento está claro, será de nuevo útil disponer de un resumen
más formal, que podría ponerse como sigue:
1. Para cualquiera de las cosas que conocemos por la
experiencia (piedras, árboles, perros, seres humanos, etc.), se puede hacer una
distinción entre su esencia y su existencia.
2. Si ésta no fuera una distinción real —una distinción
entre aspectos de la realidad misma, y no meramente entre modos de pensar o
hablar acerca de la realidad—, entonces podríamos saber si una cosa existe o no
simplemente conociendo su esencia.
3. Pero no podemos saber si una cosa existe o no simplemente
conociendo su esencia.
4. Si no fuera una distinción real, entonces las cosas que
conocemos por la experiencia existirían de modo necesario, en vez de meramente
contingente.
5. Pero de hecho existen de modo meramente contingente y no
necesario.
6. Si, por principio, pudiese haber más de una cosa cuya
esencia fuese idéntica a su existencia, entonces estas dos o varias cosas
serían distinguibles así como las especies se distinguen de un mismo género, o
como los miembros de una misma especie, o bien de algún otro modo.
7. Sin embargo, no se pueden distinguir de ninguno de estos
modos.
8. Por tanto, no puede haber en principio más de una cosa
cuya esencia sea idéntica a su existencia.
9. Por tanto, para cualquiera de las cosas que conocemos por
la experiencia, si la distinción entre su esencia y su existencia no fuera una
distinción real, no podría haber en principio más de una de ellas.
10. Pero, de hecho, para cualquiera de las cosas que
conocemos por la experiencia, hay o puede haber más de una de ellas.
11. Por tanto, para cualquiera de las cosas que conocemos
por la experiencia, la distinción entre su esencia y su existencia es una
distinción real.
12. Para cualquier cosa cuya esencia sea realmente distinta
de su existencia, ésta tiene que serle impartida o bien por sí misma o bien por
una causa distinta de ella.
13. Pero si se imparte la existencia a sí misma, entonces
sería causa de sí misma. 14. Nada puede ser causa de sí mismo. 15. Por tanto,
no puede impartirse la existencia a sí misma.
16. Por tanto, para cualquier cosa cuya esencia sea
realmente distinta de su existencia, ésta tiene que serle impartida por alguna
causa distinta de ella.
17. Dado que su esencia y existencia permanecen siendo
realmente distintas en todo momento en el que la cosa existe, incluyendo el
aquí y ahora, su existencia tiene que serle impartida por alguna causa distinta
de ella en todo momento en el que existe, incluyendo el aquí y ahora.
18. Por tanto, para cualquiera de las cosas que conocemos
por la experiencia, su existencia tiene que serle impartida por alguna causa
distinta de ella en todo momento en el que existe, incluyendo el aquí y ahora.
19. Esta causa o bien es algo cuya esencia es distinta de su
existencia, o bien es algo cuya esencia es idéntica a su existencia, algo que
es la existencia misma subsistente.
20. Si esta causa es algo cuya esencia es distinta de su
existencia, entonces su propia existencia tiene que serle impartida por alguna
causa distinta de ella en todo momento en el que existe, incluyendo el aquí y
ahora.
21. La serie causal que esto generaría sería de tipo
jerárquica, la cual no puede ir hasta el infinito, sino que ha de tener un
primer miembro.
22. Este primer miembro sólo podría ser algo cuya esencia
fuera idéntica a su existencia, algo que fuera simplemente la existencia misma
subsistente.
23. Por tanto, directa o indirectamente, cada una de las
cosas que conocemos por la experiencia tiene su existencia impartida en todo
momento en el que existe, incluyendo el aquí y ahora, por alguna causa cuya
esencia es idéntica a su existencia, algo que simplemente es la existencia
misma subsistente.
24. Dado que no puede haber en principio más de una cosa
cuya esencia sea idéntica a su existencia, esta causa que es la existencia
misma subsistente es única.
25. Dado que es única, cualquier otra cosa que exista tiene
que ser algo cuya esencia sea distinta de su existencia.
26. Cualquier cosa cuya esencia sea distinta de su
existencia la tendrá, directa o indirectamente, impartida por la causa que es
la misma existencia subsistente.
27. Por tanto, esta causa única que es la existencia misma
subsistente es la causa de todo aparte de sí misma.
28. Dado que cualquier cosa que carezca de una distinción
real entre su esencia y su existencia existiría de modo necesario y no
contingente, esta causa única que es la existencia misma subsistente existe de
modo necesario.
29. Cualquier cosa que sea la existencia misma subsistente
no necesita ni podría tener una causa propia.
30. Por tanto, esta causa única que es la existencia misma
subsistente es incausada.
31. Si aquello que es la existencia misma subsistente
tuviera alguna potencia para existir que necesitara ser actualizada, entonces
la existencia le tendría que ser impartida por alguna causa.
32. Por tanto, aquello que es la existencia misma
subsistente no tiene ninguna potencia para existir que necesite ser
actualizada, sino que existe de modo puramente actual.
33. Cualquier cosa que sea puramente actual tiene que ser
inmutable, eterna, inmaterial, incorpórea, perfecta, omnipotente, totalmente
buena, inteligente y omnisciente.
34. Por tanto, cada una de las cosas de nuestra experiencia
tiene la existencia impartida en todo momento por una causa que es la
Existencia Misma Subsistente y que es una, necesariamente existente, la causa
incausada de todo aparte de sí misma, puramente actual, inmutable, eterna,
inmaterial, incorpórea, perfecta, omnipotente, totalmente buena, inteligente y
omnisciente.
35. Pero que tal causa exista es lo que significa que Dios
existe.
36. Por tanto, Dios existe.
ALGUNAS OBJECIONES REFUTADAS
Algunas de las objeciones que podrían plantearse contra este
argumento son las
mismas que vimos contra la prueba aristotélica del capítulo
1, a las que ya he respondido o responderé. Por ejemplo, algunos podrían
plantear varias objeciones a los argumentos dados para pensar que una causa que
sea la existencia misma subsistente
tiene que tener los atributos divinos. Vamos a discutir estos atributos en
detalle en otro capítulo, donde abordaremos tales objeciones. Baste por el
momento señalar que lo dicho muestra que no sirve la sugerencia facilona (a la
que los críticos suelen apelar) de que incluso si hay una primera causa de las
cosas, no hace falta que sea una causa divina. Justo acabamos de ver las
razones para pensar lo contrario.
Alguno podría también objetar que el argumento tomista asume
que el universo tuvo un comienzo, o que es susceptible de la crítica de «Si
todo tiene una causa, ¿entonces qué causó a Dios?». Ya vimos en el capítulo 1
por qué estas objeciones no tienen ninguna fuerza contra la prueba
aristotélica, y se cumple lo mismo con la tomista. Fíjate primero que el argumento
sencillamente no está para nada interesado en la cuestión de si el universo
tuvo un comienzo en el tiempo. Lo que se dice no es que la cadena causal se
remonta hacia atrás en el pasado hasta que termina en una causa que es la
Existencia Misma Subsistente. Al contrario, es aquí y ahora que se remonta
hasta esa causa. Incluso si el universo ha existido siempre, o es parte de un
multiverso que ha existido siempre, esto no afectaría en lo más mínimo el
resultado
de la prueba.
El argumento tampoco descansa en la premisa de que «todo
tiene una causa». Lo que dice es que cualquier cosa cuya esencia y existencia
sean realmente distintas requiere una causa. Y el motivo por el que Dios no
tiene una causa no es que sea una excepción arbitraria a esta regla general,
sino más bien que no hay en él distinción real entre esencia y existencia. Algo
que sea la existencia misma subsistente no sólo no necesita una causa de su
existencia, sino que no podría haber tenido una. Tampoco es esto algo que los
defensores del argumento se han inventado para esquivar la objeción de «¿Qué
causó a Dios?», sino que ha sido siempre lo que la tradición tomista ha tenido
en mente desde el principio. Como con la prueba aristotélica, esta objeción,
lejos de ser el golpe devastador que muchos ateos creen, es de hecho
incompetente hasta el extremo, malinterpretando del todo los argumentos contra
los que se dirige.
Recomiendo al lector interesado revisar la respuesta a las
objeciones del capítulo 1, pues mucho de lo dicho ahí es relevante también
ahora. Por ejemplo, algunos críticos pueden apelar a Hume o a la mecánica
cuántica con el objetivo de poner en duda la premisa de que cualquier cosa cuya
esencia y existencia sean distintas requiere una causa. Estas objeciones, por
los motivos dados en el capítulo 1, tienen el mismo éxito contra la prueba
tomista que contra la aristotélica.
¿Por qué tiene que haber una primera causa?
Hay otra objeción contra argumentos para una «primera
causa», famosamente planteada por Hume —y distinta de su crítica al principio
de causalidad, vista en el capítulo 1-, que tampoco tiene ninguna fuerza contra
la prueba tomista. Hume pregunta: si hemos explicado cada miembro de una serie
causal por referencia a un miembro anterior, ¿qué necesidad hay de una primera
causa? Pues incluso si la serie de
causas se extiende hacia atrás infinitamente, nunca tendremos una cosa
individual que quede sin explicación. Como vimos en el capítulo 1, si
estuviéramos hablando de una serie lineal, podemos coincidir con Hume en que no
es necesaria una primera causa. Pero la prueba tomista, igual que la
aristotélica, se ocupa de una serie causal jerárquica, y aquí la necesidad de
una primera causa se sigue del hecho de que en tal serie todas las causas
distintas de la primera son puramente instrumentales, y no tienen poder causal
propio. Proseguir la serie hasta el infinito no cambiará este punto. Como
señalamos en el capítulo 1, incluso si una serie causal jerárquica fuera
infinita, mientras cada miembro sea puramente instrumental, y por tanto
causalmente inerte por sí mismo, tendrá que haber una causa fuera de la serie
que imparta poder causal a todos sus miembros: una causa que, entonces, sería
«primera» no en el sentido de estar a la cabeza de la serie, sino en el sentido
de ser aquello en lo que cada miembro depende para tener poder causal.
La irrelevancia de la objeción de Hume es aún más obvia
cuando consideramos el papel que juega en el argumento tomista la distinción
entre la esencia de una cosa y su existencia. El tipo de serie que Hume
(correctamente) dice que puede en principio ser infinita es una serie de cosas
generadas en el tiempo a partir de materiales preexistentes. Dados los padres
de Fido, la materia de la que están hechos, los poderes causales que poseen,
etcétera, podemos dar cuenta de la concepción de Fido; y podemos dar cuenta de
sus padres del mismo modo, y de los padres de sus padres, etcétera. Pero la
prueba tomista se preocupa en cambio de lo que conserva a algo en la existencia
en cualquier momento del tiempo, evitando que sea aniquilado. Aquí la cuestión
es por qué Fido, o sus padres, o cualquier cosa en absoluto —incluyendo la
materia de la cual están hechos y sus poderes causales— persisten en la
existencia incluso por un instante, dado que no hay nada en su esencia que
implique su existencia. Incluso si cada perro en la serie lineal de perros que
se extiende hacia atrás en el tiempo fue generado por otro perro anterior,
yendo la serie hasta el infinito, mientras la existencia de cada perro sea
distinta de su esencia, cada uno tendrá que ser conservado en el ser en cada
momento. Sin una causa conservadora, Fido o sus padres serían nada, y lo mismo
se cumple para cualquier causa conservadora cuya esencia sea distinta de su
existencia. Una serie infinita de tales causas conservadoras no puede darte un
perro real, igual que una serie infinita de pagarés no puede darte dinero real.
Del mismo modo que los pagarés tienen que ser respaldados en algún punto por
dinero de verdad, una serie jerárquica de causas que imparten la existencia a
Fido en cualquier momento tiene que terminar en algo que, por ser la Existencia
Misma Subsistente, no necesite que la existencia le sea impartida por otra
cosa.
Barry Miller ha sugerido que la forma lógica de una
explicación que apela a la necesidad de terminar un regreso de causas sería
algo como lo siguiente: Dada esta forma,
no importa cuantas repeticiones de «___ en la medida en que exhibe G gracias a
__ » queramos añadir para describir una serie aún más larga, la frase no puede
realmente completarse de manera que deje abierta la posibilidad de un número
infinito de repeticiones como ésta. El único modo de completarla sería
insertando en algún punto un término como «M» (o lo que sea), que represente un
primer miembro?. En nuestro caso, si ponemos «Fido» en lugar de «A» y
«existencia» en lugar de «G», entonces, con independencia del número de causas
intermedias de la existencia de Fido que postulemos, estamos lógicamente
forzados a terminar el regreso con alguna primera causa M. Y dado que la existencia
de M tendría la misma necesidad de una causa que Fido, B o C si su esencia y
existencia fueran realmente distintas, el único modo no arbitrario de
detenernos en M es que M sea aquello que es la Existencia Misma Subsistente.
Otra objeción contra los argumentos para una «primera causa»
es que cometen una «falacia de composición». Si cada ladrillo de una pared pesa
un kilo, no se sigue que la pared como un todo pese un kilo. De modo similar
(sigue la objeción), si cada cosa en el universo requiere una causa, no se
sigue que el universo como un todo deba tener una causa. Pero hay dos problemas
con esta objeción, al menos en tanto dirigida contra la prueba tomista.
Primero, como los lógicos saben muy bien, razonar desde la parte al todo no
siempre es falaz. Por ejemplo, si cada ladrillo de una pared construida con
piezas de Lego es rojo, entonces se sigue que la pared como un todo es roja. De
modo similar, dado que la distinción entre la esencia de una cosa material
particular y su existencia basta para mostrar que necesita una causa,
claramente es correcto decir que el universo espacio-temporal como un todo -que
está conformado de cosas materiales y que tiene él mismo una esencia distinta
de su existencia— ha de tener una causa.
Pero segundo y más importante, la prueba tomista ni siquiera
emplea este tipo de razonamiento de la parte al todo. Para que la prueba
funcione, no es necesario considerar el universo como un todo, sino simplemente
cualquier cosa individual cuya esencia sea distinta de su existencia: Fido, una
piedra cualquiera, un árbol, un ser humano o lo que sea. Explicar incluso esta
única cosa requiere apelar a una causa conservadora que es la Existencia Misma
Subsistente. Por supuesto, antes dije que, dado que todo aquello cuya esencia
es distinta de su existencia tiene que ser causado por la Existencia Misma
Subsistente, y dado que aquello que es la Existencia Misma Subsistente es
Único, se sigue que esta causa lo es de todo aparte de sí misma: en cuyo caso
es la causa del universo entero. Pero esta afirmación acerca del universo como
un todo es una consecuencia del argumento, no una premisa del mismo.
La objeción de Kenny
Anthony Kenny ha sido muy crítico con la doctrina tomista de
la distinción real entre la esencia de una cosa y su existencia”, Kenny
distingue entre dos ideas de existencia2, La primera es la «existencia
específica», que está expresada por el cuantificador
existencial de la lógica moderna. La existencia específica, pues, es lo que se
captura en proposiciones de la forma «Hay un x tal que ...». Tiene que ver con
si hay o no algún ejemplar de una determinada especie. La existencia
específica, en esta visión, es por tanto un predicado de segundo orden acerca
de los conceptos — en vez de un predicado de primer orden acerca de los objetos
individuales— y «Hay un x tal que x es F» es verdadero de un concepto F cuando
F es instanciado. La segunda noción de existencia de Kenny es la «existencia
individual», que es lo que se captura en proposiciones como «La Gran Pirámide
aún existe, pero la Biblioteca de Alejandría, no». La existencia individual,
pues, es simplemente aquello que la Biblioteca de Alejandría perdió cuando fue
destruida, pero que la Gran Pirámide aún tiene. Tiene que ver con lo que es
verdad de un individuo, más que de una especie”,
Ahora, la prueba tomista mantiene que la esencia y la
existencia son idénticas en Dios pero realmente distintas en todo lo demás.
Pero para Kenny esto no puede ser cierto en ninguna de las dos ideas de
existencia. Supón que leemos la tesis tomista en términos de la existencia
específica. En tal caso, argumenta Kenny, o bien la esencia y la existencia son
tan distintas en Dios como lo son en todo lo demás, o bien la posición tomista
no tiene ningún sentido. Pues lo que significaría decir que la esencia de una
cosa es distinta de su existencia específica es simplemente algo como lo
capturado en la proposición «Podemos saber lo que un unicornio es sin saber si
hay un x tal que x es un unicornio». Pero por la misma moneda, podemos saber lo
que Dios es sin saber si hay un x tal que x es Dios”. Si el tomista está
insistiendo en que la esencia y la existencia específica en Dios no son
distintas, entonces su posición ni siquiera es inteligible. Equivale a decir
algo como «La esencia de Dios es hay un x
tal que ...Y,
Supongamos, pues, que lo que el tomista tiene en mente no es
la existencia específica, sino la individual. A diferencia de la específica, la
existencia individual puede predicarse inteligiblemente de una cosa. Tiene
sentido decir de la Gran Pirámide o de Fido que aún existen. Lo que esto, dice
Kenny, significa para Fido simplemente es seguir siendo lo que es: a saber, un
perro. Si insistimos en que la esencia y la existencia de Dios son idénticas,
entonces, en opinión de Kenny, esto es inteligible sólo si lo que queremos
decir es simplemente que, si Dios existe, entonces sigue siendo lo que es: a
saber, Dios. Pero en tal caso, la esencia y la existencia serían idénticas no
sólo en Dios, sino también en Fido y todo lo demás, porque por tener existencia
individual, todas las cosas siguen siendo lo que son?.
Pero hay varios problemas con la crítica de Kenny que han
sido hábilmente expuestos por Gyula Klima'”. Para empezar, cuando argumenta que
la noción de existencia individual no puede salvar la posición tomista, Kenny
claramente presupone que una distinción real implica separabilidad. Escribe:
«¿Podemos decir que la esencia de Fido y la existencia de Fido son distintas?
Si una distinción real entre A y B significa que podemos tener una sin la otra,
entonces parece que la
respuesta tiene que ser negativa», Pero como señala Klima, y
por las razones expuestas más arriba,
una distinción real no implica separabilidad, y meramente asumir lo contrario
es pedir el principio contra el tomista'%, Por tanto, que Fido sea lo que es
=su esencia— no tiene por qué ser idéntico con su existencia individual,
incluso si no podemos tener la una sin la otra. Y por todo lo que Kenny ha
mostrado, los argumentos que hemos considerado a favor de la distinción real
muestran que no
son idénticas.
De todos modos, Kenny pide el principio contra el tomista de
un modo mucho más profundo: asumiendo que las nociones de existencia que él
apoya son las únicas respetables. Pues, de entrada, el tomista no estaría de
acuerdo con ese presupuesto. Ahora, un argumento estándar a favor de la visión
de que la noción de existencia específica es la única legítima es que si la
existencia fuera un predicado de primero orden acerca de objetos, entonces (así
se dice) proposiciones existenciales negativas como «Los marcianos no existen»
serían auto-contradictorias, y claramente no lo son. Pues si pensamos que esa
proposición está diciendo que los marcianos no tienen el atributo de la
existencia, esto parecería implicar que hay (esto es, que existen) ciertas criaturas
—a saber, los marcianos— que carecen de existencia. Como esto es absurdo, «Los
marcianos no existen» no puede ser interpretado como una negación del atributo
de la existencia para un objeto u objetos. Tiene que ser interpretado, en
cambio, en términos de la existencia específica, como diciendo «No es el caso
que hay al menos un x tal que x es un marciano». Esto es, lo que la proposición
dice es algo acerca del concepto ser un marciano: que no hay nada a lo que se
aplique.
No obstante, como John Knasas ha argumentado, entender la
existencia como un predicado de primer orden no tiene por qué llevar a la
consecuencia absurda de que «Los marcianos no existen» es auto-contradictoria%,
Pues esto se sigue sólo si, cuando aprehendemos el concepto marciano, necesariamente
lo aprehendemos como que se aplica a algo existente en la realidad, de modo que
«Los marcianos no existen» equivale a «Los marcianos existentes no existen», lo
cual, por descontado, es autocontradictorio. Pero las proposiciones que
atribuyen existencia o inexistencia a una cosa, dice Knasas, no funcionan desde
un punto de vista lógico del mismo modo que otras proposiciones atributivas. En
concreto, sus sujetos son aprehendidos de un modo existencialmente neutro. En
el caso que nos ocupa, nuestra mera aprehensión del concepto marciano no
implica por sí misma ni el juicio de que existen ni el juicio de que no
existen, sino que deja la cuestión abierta. «Los marcianos no existen»
significa, pues, no «Los marcianos existentes no existen», sino más bien algo
así como «Los marcianos, que de suyo son existencialmente neutros, de hecho no
existen». En general, para el tomista, cuando la mente aprehende la esencia de
una cosa, la aprehende como algo distinto de su existencia (o carencia de tal),
incluso si aquello de lo que se predica en último término la existencia es la
cosa misma y no un mero
concepto”,
En cualquier caso, hay muchos motivos para dudar de que la
noción de «existencia específica» capture todo lo que tiene que ser capturado
por un análisis de la existencia.
Considera que cuando se nos dice que «los gatos existen» significa que «hay al
menos un x tal que x es un gato» o que algo cae bajo el concepto ser un gato,
aún queda la pregunta de qué hace que esto sea así, de qué es exactamente eso en
virtud de lo cual hay algo que cae bajo tal concepto. Y la respuesta a esta
pregunta es, como han señalado Knasas y muchos otros, aquello a lo que el
tomista está apuntando cuando argumenta que la existencia de una cosa es
distinta de su esencia (en este caso, de la esencia de un gato), y que tiene
que serle impartida para actualizar lo que de otro modo es meramente potencial,
si es que la cosa ha de ser realS,
¿Una distinción real o meramente conceptual?
Uno de los argumentos que hemos visto más arriba a favor de
la distinción real entre la esencia de una cosa y su existencia descansaba en
la premisa de que podemos saber cuál es la esencia de una cosa sin saber si
existe o no. Pero un crítico podría objetar que inferir de esto una distinción
real es inválido, sobre la base de que lo que los lógicos llaman la
«sustitutividad de los idénticos» se rompe en contextos intencionales. La
aspirina es ácido acetilsalicílico, pero si sé que la aspirina es un
analgésico, no se sigue que sepa que lo es el ácido acetilsalicílico. El
concepto de aspirina es distinto del concepto de ácido acetilsalicílico, y por
esto puedes saber lo primero sin saber lo segundo, pero esto no implica que la
aspirina y el ácido acetilsalicílico sean distintos. De modo similar, podría argumentarse,
puedo saber lo que son un león o un unicornio sin saber si existen, pero de
aquí no se sigue que su esencia sea distinta de su existencia. Lo que es verdad
es sencillamente que el concepto
de un león o el concepto de un unicornio son diferentes del
concepto de su existencia”,
Pero en respuesta a este tipo de objeciones, Klima señala
que la lección a aprender de la ruptura de la sustitutividad de los idénticos
en un contexto intencional depende de si los conceptos involucrados son
lógicamente independientes o no. Incluso si aprehendiera de modo claro y
completo el concepto de aspirina, puedo saber que algo es aspirina sin saber
que a día de hoy es un analgésico menos popular que el acetaminófeno. Esto no
es sorprendente, dado que el concepto de aspirina es lógicamente independiente
del concepto de ser a día de hoy un analgésico menos popular que el
acetaminófeno. Pero supongamos que tengo sólo un conocimiento vago y confuso
acerca de lo que la aspirina es. Por ejemplo, puede que sepa sólo que es algún
tipo de sustancia química que se vende con el propósito de aliviar el dolor,
pero que no sepa nada acerca de su estructura química. En tal caso, es cierto
que puedo saber que algo es aspirina sin saber al mismo tiempo que es ácido
acetilsalicílico. De todos modos, si tuviera un conocimiento completo de la
esencia química de la aspirina, no podría no saber que es ácido
acetilsalicílico. Pues el concepto de aspirina, aprehendido de modo claro y
completo, no es lógicamente independiente del concepto de ácido
acetilsalicílico.
Ahora, si la esencia de una cosa —un león, por ejemplo—
fuera realmente idéntica a su existencia, entonces la situación tendría que ser
como en este último caso. Es decir, un
conocimiento claro y completo de la esencia de un león tendría que implicar
conocimiento acerca de su existencia. Pero no es cierto de un león, o de una
piedra, o de un árbol, o de cualquier otra de las cosas de nuestra experiencia,
que si tuviéramos un conocimiento claro y completo de su esencia, conoceríamos
su existencia.
El crítico puede responder que esto implica pedir el
principio al suponer que ni siquiera un conocimiento pleno y completo de la
esencia de una cosa arrojaría conocimiento acerca de su existencia. Pero, como
señala Klima, cabe refutar una acusación de circularidad contra un argumento si
tenemos razones independientes para creer sus premisas. En este caso, argumenta
Klima, si conozco la esencia de una cosa que es de un determinado tipo,
entonces sabré a priori que cualquier otra cosa de ese tipo que existe, ha
existido, existirá o podría existir tendrá los atributos que se siguen de ser
tal. Pero no sabré a priori si hay alguna otra cosa de ese tipo que de hecho
existe, ha existido o existirá. Eso sólo lo podré saber a posteriori. Ahora,
esto nos da un motivo para pensar que conocer la esencia de una cosa no implica
conocer su existencia, y es un motivo que podría tener con independencia de si
se me ocurre preguntarme acerca de si la esencia y la existencia son idénticas.
Por tanto, puedo aceptar el argumento tomista a favor de la distinción real sin
estar pidiendo el principio.
Antes hemos señalado también algo que es relevante para
responder a la crítica de circularidad. Supongamos que sé que la aspirina es un
analgésico pero no que es ácido acetilsalicílico. En tal caso, tengo una idea
incompleta de lo que la aspirina es, pero no tengo de ella una idea equivocada.
Por el contrario, si juzgo que la aspirina no es ácido acetilsalicílico,
entonces sí habré malinterpretado lo que es. Por contraste, si juzgo que la
aspirina no existe, entonces, aunque habré juzgado falsamente, no habré
malinterpretado lo que la aspirina es. Ahora, este ejemplo nos da una razón
para pensar que concebir correctamente la esencia de una cosa puede darse por
separado de conocer si existe, y esto con independencia de que a uno se le haya
ocurrido preguntar si la esencia y la existencia son idénticas. Por tanto,
tenemos aún otro motivo no circular para pensar que el conocimiento pleno y
completo de la esencia de una cosa no conllevaría conocimiento acerca de su
existencia.
¿Tienen las cosas realmente esencias?
Igual que algunos han puesto pegas acerca del lado
«existencial» de la distinción entre esencia y existencia, otros pueden hacerlo
por su lado «esencial». Recordemos que la esencia de una cosa es su naturaleza,
aquello por lo cual es lo que es. Para el tomista, es lo que aprehendemos
intelectualmente cuando identificamos su género y su diferencia específica. De
nuevo, la definición tradicional de ser humano como un animal racional pone
animal como el género bajo el cual caen los seres humanos y la racionalidad
como aquello que los diferencia como la especie a la que pertenecen dentro de ese género (es decir, la
«diferencia específica»). Si la definición es correcta, nos da la esencia de un
ser humano.
Que describimos las cosas como sí tuvieran esencias es más
que obvio. También es obvio que las esencias de algunas cosas son, al menos en
parte, producto de la convención. Lo que hace que algo sea un carburador o un
abrelatas, por ejemplo, es determinado por los propósitos por los cuales
hacemos tales artefactos. Para los tomistas y muchos otros filósofos, no
obstante, las esencias de al menos algunas cosas, y en particular de los
objetos naturales o de las sustancias, son reales e independientes de la mente,
en contraposición a ser meramente el producto de la convención. El esencialismo
es la tesis de que hay tales esencias reales .
¿Pero puede probarse que los objetos naturales tienen
esencias o naturalezas reales e independientes de la mente? ¿No podría un
crítico sostener que fodas las esencias son convencionales? Un modo de abordar
este tema sería seguir la visión de Aristóteles, expresada en el libro H de la
Física, de que sería absurdo intentar probar que las cosas tienen naturalezas.
La idea no es que sea dudoso que las cosas tienen naturalezas o esencias, sino
más bien que es obvio que las tienen: en efecto, que la creencia de que las
cosas tienen esencias es más obviamente correcta que cualquier argumento que
pueda darse a favor o en contra suya. Como con el desafío humeano al principio
de causalidad, argumentaría el tomista, la realidad de la esencia sólo puede
ponerse en duda seriamente si asumimos presupuestos filosóficos de lo más
controvertidos y sospechosos.
Pero, dado que hay quienes dudan de ello, es necesario decir
algo más al respecto”, Para empezar, podemos señalar que el mundo simplemente
es como esperaríamos que fuera si las cosas realmente tuvieran esencias. En
particular, las cosas exhiben la unidad que esperaríamos de ellas si tuvieran
esencias reales, en dos aspectos!%, En primer lugar, están relacionadas entre
sí de un modo que exhibe unidad. Este roble, aquél y el de más allá están
unidos de un modo que no lo están con las piedras, los perros o las personas;
este oso polar, aquél y el de más allá están unidos entre sí de modo similar;
lo mismo se cumple para esta muestra de cobre, aquella otra y una tercera;
etcétera. Estas cosas manifiestan poderes causales comunes y otras propiedades
justo de la manera en que esperaríamos que lo hicieran si hubiera una esencia o
naturaleza real común que todas instanciaran, pero que sería misterioso —en
efecto, parecería un milagro— si su agrupación fuera meramente una cuestión de
convención humana. En segundo lugar, cada cosa individual exhibe una unidad
propia consigo misma. Un roble, un oso polar y una muestra de cobre se
comportarán cada una en el tiempo de modo uniforme y predecible, exhibiendo
propiedades características y patrones de operación, persistiendo a pesar de
cambios en rasgos superficiales, y con partes que funcionan de modo integrado.
Esto también es justo lo que cabría esperar si cada una de estas cosas tuviera
una esencia O naturaleza real, y sería misterioso si lo que pensáramos como sus
esencias fuera
meramente una cuestión de convención humana.
Por supuesto, si ciertos objetos naturales tienen que ser
realmente agrupados en la misma clase o no, y qué propiedades y operaciones
exhibe persistentemente un objeto dado, pueden ser algunas veces preguntas
difíciles de responder. Precisamente cuál es la esencia de una cosa no siempre es
algo fácil de determinar. Pero estas consideraciones, por sí mismas, no ponen
en duda la realidad de la esencia. Dejando de lado caricaturas frecuentes,
ningún esencialista serio sostiene que siempre es fácil descubrir las
naturalezas de las cosas, como si se pudiera hacer desde el sofá, por así
decirlo, o a partir de la experiencia cotidiana. En cualquier caso, lo que está
en juego ahora mismo no es cuáles son las esencias de diversas cosas, ni si
podemos descubrirlas siempre, sino si, a pesar de ello, están ahí incluso en el
caso de que no todas las veces podamos saber cuáles son. Y el punto es que la
unidad y el orden de las cosas sería misterioso si la esencia no fuera un rasgo
omnipresente de la realidad extramental.
Todo esto es evidente a partir del sentido común. Pero tanto
la práctica como los resultados de la ciencia moderna refuerzan lo dicho. Con
respecto a la práctica científica, los filósofos de la ciencia que pertenecen a
la escuela del «nuevo esencialismo» han argumentado (como su nombre indica) que
la física busca descubrir las esencias de las cosas, así como sus poderes
causales, en la medida en que los poderes que la ciencia persigue revelar son
los que tales cosas tienen esencialmente. Como enfatiza Nancy Cartwright, las
regularidades que las ciencias duras tienden a revelar raramente son
observadas, y de hecho en circunstancias ordinarias son imposibles de
observar'% Los alumnos de física se acostumbran rápido a idealizaciones como la
noción de una superficie sin fricción, y con el hecho de que, estrictamente
hablando, leyes como la ley de la gravitación de Newton sólo describen el
comportamiento de los cuerpos en la circunstancia de que no haya otras fuerzas
que actúen sobre ellas, algo que nunca se da. Aún más, los físicos no asumen una
regularidad como una ley de la naturaleza hasta después de varias pruebas,
según el modo común de representación del razonamiento inductivo. Más bien,
sacan sus conclusiones a partir de unos pocos experimentos altamente
especializados conducidos bajo condiciones artificiales. Esto es exactamente lo
que cabría esperar si la ciencia se ocupara de descubrir las naturalezas
ocultas de las cosas. La práctica experimental real indica que lo que los
físicos están buscando son los poderes que una cosa manifestará cuando el resto
de condicionantes sean removidos, y el hecho de que unos pocos experimentos, o
incluso un único experimento controlado, basten para establecer los resultados
en cuestión indica que se entiende que estos poderes reflejan una naturaleza
que es universal para las cosas de ese tipo. Escribe Cartwright: «La física
experimental moderna mira al mundo precisamente bajo circunstancias controladas
o sumamente artificiales; y en el mejor de los casos, basta una sola
mirada. Esta es, en mi opinión, justo la manera en la que
uno busca naturalezas»,
El filósofo de la ciencia Brian Ellis adopta la tesis (que
brevemente discutí en el capítulo 1) de que las esencias son necesarias de cara
a fundamentar las leyes de la
naturaleza*. Y como Ellis señala, los resultados actuales de
la ciencia moderna (junto con su
práctica o método) apoyan la tesis de que hay clases naturales de cosas, cada
una con su propia esencia:
Cada tipo distinto de sustancia química parecería ser un
ejemplo de una clase natural, dado que las clases conocidas de sustancias
químicas existen todas con independencia del conocimiento y entendimiento
humanos, y las distinciones entre ellas son reales y absolutas. Por supuesto,
no podríamos haber descubierto las diferencias entre las clases de sustancias
químicas sin mucha investigación científica. Pero estas diferencias no las
inventamos nosotros, ni las escogimos por motivos pragmáticos para imponer
orden en una masa de datos que de otro modo era amorfa. No hay ningún espectro
continuo de variedad química que tuvimos que categorizar de algún modo. El
mundo químico sencillamente no es así. Al contrario, da toda la sensación de
ser un mundo hecho de sustancias de clases químicas discretas, cada una con sus
propiedades distintivas. Suponer lo contrario es volver
ininteligible la historia entera de la química desde
Antoine Lavoisier. 112
En cualquier caso, la visión de que todas las esencias son
convencionales es, en último término, incoherente, como ha sido puesto de
relieve por el filósofo Crawford Elder'*, El convencionalista sostiene que la
esencia de una cosa, aquello por lo cual es lo que es, es un producto de
nuestro modo de pensar, o de nuestros hábitos lingúísticos, etcétera. Es, en
resumen, dependiente de la mente. Pero para el convencionalista consistente
esto tendría que ser verdad también de la mente humana misma (la identifiquemos
con el cerebro o con algo inmaterial). Es decir, lo que hace que la mente sea
lo que ella es tendría que depender de la mente: de nuestros modos de pensar,
convenciones lingiiísticas, etcétera. Pero que algo dependa de la mente
presupone, y por ende es posterior a (en un sentido ontológico, si no
temporal), la existencia de la mente. Pero la mente necesariamente será
anterior a aquello que depende de ella y existe sólo por relación a sus modos
de pensar o hábitos lingisísticos. Por tanto, el convencionalista consistente
tendrá que decir que la mente es tanto anterior como posterior a sí misma. Pero
esto no tiene sentido.
Por tanto, no podemos adoptar coherentemente una visión
convencionalista acerca de nuestra propia esencia, o al menos acerca de la esencia
de nuestras mentes. Que hay al menos una esencia real, nuestra esencia, no
puede ser negado. Y el punto de Elder puede suplementarse del siguiente modo.
Si han de tener ninguna fuerza en absoluto, los argumentos del convencionalismo
se aplicarían a nosotros igual que a todo lo demás. Pero sabemos que se
equivocan por lo que a nosotros respecta. ¿Qué motivos podemos tener, pues,
para tomarlos en serio cuando se dirigen al resto de cosas?
En cualquier caso, que las esencias de al menos algunos
objetos naturales son independientes de la mente, en vez de ser convencionales,
basta para los propósitos de la prueba tomista acerca de la existencia de Dios.
Incluso si resultara que las esencias de otros objetos naturales son producto
de la convención, esto no sería mayor problema para la prueba que el hecho de
que lo sea la esencia de un carburador o de un abrelatas. Supongamos, por
ejemplo, que resultara que la esencia de un perro es cuestión de convención. Lo
que realmente existe de modo objetivo (podría decirse) son sólo partículas
físicas de ciertos tipos, y cuando se combinan de tal y tal manera, la mente
humana les aplica el concepto perro. Incluso en este caso, as partículas físicas mismas tendrían una
esencia no-convencional, y también (como hemos visto) la mente humana que
aplica el concepto perro a la combinación de estas partículas. Y la esencia de
cada una de estas cosas sería realmente distinta de su existencia, lo que abre
la puerta al razonamiento de la prueba tomista.
Por tanto, las objeciones contra el argumento tomista
fracasan, dejándonos con una cuarta prueba a favor de la existencia de Dios.
5. LA PRUEBA RACIONALISTA
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 1
El sentido común y la ciencia presuponen que hay
explicaciones para la existencia de las cosas que nos rodean, los atributos que
exhiben y los eventos que ocurren. Y típicamente nos encontramos con que es
así. Descubres unas gafas de sol en el sofá y, tras preguntar un poco, infieres
que se las ha dejado un amigo tuyo que ha estado de visita. Notas un sarpullido
en tu brazo y tras reflexionar un poco concluyes que probablemente te rozaste
con una hiedra venenosa en tu última excursión. Oyes ruido de arañazos viniendo
de la azotea y descubres, tras investigarlo, que lo producía un gato vecino o
una familia de mapaches. Los biólogos explican el origen de nuevas formas de
vida en términos de mutaciones y selección natural. Los físicos explican la
temperatura del agua en términos de la energía molecular cinética media, y las
órbitas de los planetas en términos de la ley de Kepler del movimiento
planetario. Incluso cuando no encontramos una explicación, no dudamos de que
haya una, y a menudo tenemos una explicación del hecho de que no podamos
explicar lo que sea que estamos investigando. Por ejemplo, cuando un asesinato
queda sin resolver, sabemos que la razón es que el asesino se cuidó mucho de no
dejar huellas, de que no hubiera testigos, de esconder el cuerpo de modo que
costara mucho tiempo encontrarlo, etcétera.
¿Pero tiene de hecho todo una explicación, incluso si es una
que aún no hemos descubierto y nunca descubriremos? La tesis de que es así se
conoce como el principio de razón suficiente, o PRS, para abreviar. Este
principio suele asociarse sobre todo con el filósofo racionalista moderno G. W.
Leibniz, pero ha sido formulado de muchas maneras por escritores de diversos
movimientos filosóficos. Dos formulaciones tomistas características serían
«todo lo que es tiene una razón suficiente para existir» y «todo es
inteligible»"*, Una tercera es que «hay una razón suficiente o explicación
adecuada necesaria y objetiva para la existencia de todo lo que es y para todos
los
atributos de cualquier ser»,
El PRS recuerda al principio de causalidad, que ya hemos
visto en capítulos anteriores, pero es importante enfatizar que se trata de
principios distintos. Una diferencia es que, mientras una causa tiene que ser
distinta de su efecto, no tiene que haber una distinción entre una razón
suficiente y aquello respecto de lo cual es tal razón. Es decir, aunque nada
puede ser causa de sí mismo, podría en principio haber algo que fuera
auto-explicativo. (Si hay de hecho tal cosa es una pregunta que abordaremos en
seguida). Otra diferencia relacionada es que, mientras (como hemos visto) el
principio de causalidad no implica que todo tiene una causa, el PRS sí implica
que todo tiene una razón suficiente. Todo lo que tiene una causa tiene su razón suficiente en algo distinto de sí
mismo, mientras que si hay algo que no tiene una causa, tendría que tener su
razón suficiente en sí mismo. Todas las causas son razones, en el sentido de
hacer sus efectos inteligibles, pero no todas las razones son causas.
¿Por qué deberíamos creer el PRS? Un argumento importante a
favor consiste en una variación del argumento empírico a favor del principio de
causalidad que consideramos en el capítulo 1. Visto como una generalización
inductiva, el PRS tiene tanto apoyo como cualquier otra proposición. Pues, de
entrada (como ya hemos dicho), realmente tendemos a encontrar explicaciones cuando
las buscamos, e incluso cuando no es así, solemos tener motivos para pensar que
hay una explicación pero que, por cualquier razón (por ejemplo, ausencia de
pruebas), no tenemos acceso a ella. Por otro lado, el mundo simplemente no se
comporta del modo que cabría esperar si el PRS fuera falso*, Acontecimientos
sin explicación evidente ocurrirían constantemente y el mundo no tendría la
inteligibilidad que hace que la ciencia y el sentido común ordinario sean tan
exitosos. En resumen, que el mundo sea tan ordenado e inteligible sería un
milagro si el PRS no fuera verdad.
Pero el PRS es mucho más seguro que una mera hipótesis
empírica. Si parece difícil de probar, no es porque sea dudoso, sino por lo
contrario: porque es más obvio que cualquier cosa que se pueda decir a su favor
o en su contra. Como escribe Reginald Garrigou-Lagrange: «Aunque no puede
demostrarse directamente, cabe hacerlo indirectamente por medio del método de
prueba indirecto conocido como reductio ad absurdum»%. Un modo en el que se podría
hacer esto viene sugerido por algunos comentarios de Alexander Pruss, que a su
vez estaba desarrollando un argumento de Robert Koons!%. Negar el PRS, señala
Pruss, implica un escepticismo radical acerca de la experiencia. Pues si el PRS
es falso, entonces puede que no haya ninguna razón en absoluto para las
experiencias sensibles que tenemos. En concreto, puede que no haya ninguna
conexión en absoluto entre nuestras experiencias sensibles y los objetos
externos y acontecimientos que suponemos que las producen. Tampoco tendríamos
ningún fundamento para sostener que una desconexión tan radical entre nuestras
percepciones y la realidad externa es improbable. Pues las probabilidades
dependen de las tendencias objetivas de las cosas, y si el PRS es falso, entonces
pueden ocurrir sucesos de un modo que no tiene nada que ver con ninguna
tendencia objetiva de las cosas. Por tanto, no se puede negar el PRS y, de modo
consistente, estar justificado en confiar en la evidencia de nuestra percepción
sensible, ni en la ciencia empírica, que se basa en la percepción.
Por supuesto, un crítico convencido del PRS quizás crea que
puede hacer de tripas corazón y aceptar ese escepticismo sobre la experiencia,
pero la línea argumentativa de Pruss y Koons puede extenderse aún más allá.
Piensa que siempre que aceptamos algo que pensamos que está racionalmente
justificado, suponemos no sólo que tenemos una razón para aceptarlo (en el
sentido de una justificación racional), sino también que esta razón es la razón
por la que lo aceptamos (en el sentido de ser la causa o explicación de que lo aceptemos).
Suponemos que nos inclinamos a asentir a cierta tesis porque las
consideraciones racionales en su favor son buenas, y también que nuestras
facultades cognitivas siguen la pista de la verdad y los estándares de la
argumentación racional, en vez de conducirnos a abrazar conclusiones de un modo
que no tiene en absoluto conexión con la verdad o la lógica. Pero si el PRS es
falso, no podríamos tener ninguna razón para pensar que nada de esto es
realmente así. Por todo lo que sabemos, lo que nos mueve o lleva a asentir a
una tesis podría no tener en absoluto nada que ver con los resultados de
nuestras facultades cognitivas, y éstas mismas podrían a su vez tener tales
resultados de un modo que no tuviera nada que ver con la verdad o los
estándares lógicos. Quizás pensamos lo que pensamos por ningún motivo en
absoluto, y aún así podría falsamente parecer (de nuevo por ningún motivo en
absoluto) que lo hacemos por buenas razones. Ahora, esto se aplicaría a
cualquier razón que pudiéramos tener para dudar del PRS, tanto como a cualquier
otra conclusión que pudiéramos sacar. Por tanto, dudar o negar el PRS socava
cualquier motivo que podamos fener para dudar o negar el PRS. El rechazo del
PRS, pues, se destruye a sí mismo. El crítico dispuesto a abrazar el
escepticismo acerca de la experiencia sensible y a parapetarse en un reducto de
conocimiento a priori no encontrará aquí ningún refugio: rechazar el PRS es
socavar la posibilidad de toda indagación racional.
Hay otro modo en el que la ciencia en concreto presupone
implícitamente el PRS. Algunos filósofos han adoptado la visión de que puede
haber explicaciones genuinas, incluyendo explicaciones científicas, incluso si
el PRS es falso. Uno encuentra esta tesis en J. L. Mackie y Bertrand
Russell". La idea es que podemos explicar al menos algunos fenómenos en
términos de las leyes de la naturaleza, estas leyes en términos de otras leyes
más fundamentales, y quizás éstas en términos de aún otro nivel de leyes más
fundamental. El último nivel de leyes, no obstante, carecería de toda
explicación: que el mundo esté gobernado por ellas sería simplemente un «hecho
bruto» ininteligible.
Pero esto es incoherente. Supón que te dijera que el hecho
de que cierto libro no ha caído hasta el suelo se explica porque descansa en
cierta estantería, pero que el hecho de que la estantería misma no ha caído al
suelo no tiene explicación en absoluto, sino que es un hecho bruto
ininteligible. ¿Acaso he explicado realmente la posición del libro? Es difícil
ver cómo. Pues la estantería no tiene en sí misma ninguna tendencia a
permanecer en alto: que lo haga es, por hipótesis, sencillamente un hecho bruto.
Pero si no tiene tal tendencia, no puede tampoco impartírsela al libro. La
«explicación» que la estantería provee en este caso sería completamente
ilusoria. (Tampoco ayudaría atribuirle al libro tal tendencia, si el hecho de
que la tenga es él mismo sólo un hecho bruto ininteligible. Simplemente
habremos cambiado de sitio la ilusión, no la habremos eliminado).
Por la misma razón, no sirve de nada decir: «La operación de
la ley de la naturaleza C se explica por la operación de la ley de la
naturaleza B, y la operación de B por la
de la ley A, pero la operación de A no tiene ninguna explicación en
absoluto y es simplemente un hecho bruto ininteligible». La apariencia de haber
«explicado» C y B es completamente ilusoria si A es un hecho bruto, porque si
no hay nada acerca de A misma ni nada más allá de A que pueda explicar su
propia operación, entonces A no tiene nada que impartir a Bo C que pueda
realmente explicar sus operaciones. La noción de un regreso explanatorio
nomológico que termina en un hecho bruto, cuando la examinamos con cuidado,
resulta tan incoherente como la noción de un efecto producido por un
instrumento que no es el instrumento de nada. (Una serie de «leyes de la
naturaleza» cada vez más fundamentales es, en este sentido, como una de esas series
causales jerárquicas de los anteriores capítulos).
Por tanto, el conocimiento racional en general, y el
conocimiento científico en particular, presuponen el PRS. Otro argumento en
apoyo de este juicio ha sido desarrollado por el filósofo Michael Della Rocca”.
Della Rocca señala que incluso entre los filósofos que rechazan el PRS, las
tesis filosóficas a menudo son defendidas recurriendo a lo que él llama
«argumentos de explicabilidad». Un argumento de explicabilidad (a partir de
ahora, AE) es un argumento según el cual tenemos motivos para negar que se dé
cierto estado de cosas si fuese inexplicable o un «hecho bruto». Della Rocca
ofrece varios ejemplos de esta estrategia. Cuando un filósofo materialista
defiende una aproximación reduccionista de la conciencia sobre la base de que
ésta (dice) sería de otro modo inexplicable, está utilizando un AE. Cuando los
primeros filósofos modernos rechazaron la noción aristotélica de sustancia
formal (o lo que los aristotélicos verían como una caricatura de esa noción),
lo hicieron sobre la base de que era una idea insuficiente desde un punto de
vista explicativo. Cuando los filósofos emplean un razonamiento inductivo,
están esencialmente rechazando la idea de que el futuro no será semejante al
pasado, o lo no observado a lo observado, sobre la base de que esto haría que
los fenómenos futuros y no observados fueran inexplicables. Etcétera.
Ahora, Della Rocca concede que apelar a un AE no te
compromete por sí mismo con el PRS. Pero supón que aplicáramos la estrategia del
AE a la pregunta de por qué existen las cosas. Cualquiera que acabemos pensando
que sea la respuesta correcta —no importa para el argumento de Della Rocca=, si
empleamos un AE en su defensa, sí estaremos implícitamente comprometiéndonos
con el PRS, porque el PRS sencillamente es la tesis de que la existencia de
cualquier cosa ha de tener una explicación.
En respuesta a estos diferentes ejemplos de AE, uno podría,
dice Della Rocca, decantarse por una de tres opciones:
1. Sostener que algunos AEs son argumentos legítimos,
mientras otros —en concreto, cualquier AE acerca de por qué las cosas existen
en absoluto— no.
2. Sostener que ningún AE para ninguna conclusión es
legítimo.
3. Sostener que todos los AEs, incluyendo cualquier AÉ
acerca de la pura existencia de las cosas, son argumentos legítimos.
Ahora, el crítico del PRS no puede tomar la opción n” 3,
porque eso sería, en efecto, aceptar el PRS. Y tampoco puede adoptar la opción
n* 2 si utiliza AEs en defensa de otras tesis, y la estrategia del AE, como
señala Della Rocca, es bastante común dentro de la filosofía contemporánea (y,
por supuesto, la ciencia).
Por tanto, eso nos deja con la opción n” 1. El problema es
que el crítico del PRS no parece tener ningún modo no circular de defender tal
opción. ¿Pues por qué deberíamos creer que los AEs son legítimos en otros
casos, pero no cuando intentamos dar alguna explicación acerca de la existencia
de las cosas? Parece arbitrario permitir un tipo de AE, pero no el otro. El
crítico del PRS no puede responder diciendo que simplemente es un hecho bruto
que algunos tipos de AEs son legítimos y otros no, porque eso sería pedir el
principio contra el PRS, que niega que haya hechos brutos. Tampoco le va a
servir al crítico sugerir que es intuitivamente plausible que los AEs son
ilegítimos en el caso de explicar la existencia de las cosas, dado que el punto
de Della Rocca es que el hecho de que el crítico acepte los AE en otros ámbitos
pone en duda la fiabilidad de esta intuición. Por tanto, apelar a la intuición
también sería pedir el principio.
En resumen, Della Rocca concluye que no parece haber ningún
modo convincente de aceptar los AEs sin aceptar el PRS. Lo que esto implica es
que no podemos tener ningún buen motivo para pensar que nada es explicable a
menos que admitamos que todo lo es.
En mi opinión, el argumento de Della Rocca se puede llevar
aún más lejos. Della Rocca concede que, mientras sería «extremadamente
problemático» hacer de tripas corazón y tomar la opción n” 2, puede que
estrictamente no sea «lógicamente incoherente» hacerlo. De todos modos, creo
que esto es ser demasiado generoso con el crítico del PRS. Incluso si el
crítico decide rechazar los diversos ejemplos de AEs citados por Della Rocca
—AEs que tienen que ver con tesis acerca de la conciencia, las formas
sustanciales y demás—, aún así hará uso de diversos patrones de razonamiento
que considera formalmente válidos o inductivamente fuertes, rechazará otros que
considerará falaces, etcétera. Y así lo hará precisamente porque estos
principios lógicos encarnan estándares de inteligibilidad o de adecuación
explicativa.
Para ser claros, es un lugar común en lógica decir que no
todas las explicaciones son argumentos, y a veces se dice (de modo menos
plausible, en mi opinión) que no todos los argumentos son explicaciones. Pero
ciertamente muchos argumentos sí lo son. Lo que los filósofos aristotélicos
llaman «demostraciones explicativas» (por ejemplo, un silogismo como Todos los
animales racionales son capaces de lenguaje, todos los hombres son animales
racionales, por tanto todos los hombres son capaces de lenguaje) son
explicaciones. Las inferencias a la mejor explicación son (obviamente)
explicaciones y, como señala Della Rocca, el razonamiento inductivo en general
parece presuponer que las cosas tienen explicaciones. Por tanto, abandonar cualquier tipo de AE (la
opción n* 2) parece que es abandonar la práctica misma de la argumentación, o
como mínimo gran parte de ella. No hace falta decir que es difícil ver cómo
hacer eso podría no ser lógicamente incoherente, al menos si uno intenta
defender su rechazo del PRS con argumentos. Por ende, aceptar la práctica
general de dar argumentos rechazando, al mismo tiempo, los AEs específicos que
Della Rocca ofrece como ejemplos sería realmente estar adoptando la opción n”
1, en lugar de la n” 2. Y, como hemos visto, no hay ningún motivo no circular
para decantarse por esa opción.
Por tanto, tenemos la mejor de las razones para afirmar el
principio de razón suficiente. Ahora, la explicación de cualquier cosa la vamos
a encontrar o en su propia naturaleza, o en algo distinto de ella. En el último
caso, podemos decir que la cosa es contingente: que depende de circunstancias
que le son externas, y que por tanto no existirá si éstas no se dan. En el
primer caso, podemos decir que la cosa es necesaria: que hay algo en su propia
naturaleza que implica que no puede no existir, de modo que no depende de nada
exterior a sí misma. No hay posibilidad de una tercera opción. Si una cosa no
se explica ni por algo distinto de ella ni por su propia naturaleza, entonces
no sería explicada por nada en absoluto, pero que algo no tenga explicación
queda descartado por el PRS.
Ahora, sabemos que hay cosas contingentes, dado que estamos
rodeados de ellas: piedras, árboles, perros, seres humanos, etcétera. ¿Puede
todo ser contingente? Supongamos que por cada cosa contingente, hay alguna otra
cosa contingente que la ha producido. Supongamos que esta serie de cosas
contingentes continúa infinitamente. Los detalles de este escenario se podrían
describir de distintos modos. Podríamos pensarlo en términos de un universo sin
comienzo, en el que la cosa contingente A fue causada por una cosa contingente
B anterior, que a su vez fue causada por otra cosa contingente C anterior, y
así sucesivamente, continuando para siempre en el pasado, sin que hubiera en
ningún sentido un inicio de la serie. O podríamos pensarlo en términos de una
serie que es como ésta excepto en que este universo particular de seres
contingentes sí tuvo un comienzo en el Big Bang, pero en el que el Big Bang
mismo fue el resultado de la implosión o Big Crunch de algún universo anterior.
Podemos entonces imaginar que este universo anterior empezó a existir también
con un Big Bang propio, que fue resultado de la implosión de otro universo aún
más temprano. Y podríamos suponer que ha habido una serie infinita de
universos, cada uno emergiendo con un Big Bang y acabando con un Big Crunch que
generaría el siguiente Big Bang. Podríamos también suponer que durante el
tiempo de vida de un universo, otros universos se separan de él, continuando
después de que éste colapse sobre sí mismo. Podemos imaginar que este proceso
da lugar a un «multiverso», una serie de universos paralelos precedidos por
otros que fueron precedidos por otros, todo sin comienzo.
Exactamente cómo funcionaría esto en detalle no es relevante
ahora mismo. Lo que importa es que tendríamos en cada caso alguna variación de
una serie infinita de seres
contingentes. Concedamos, por el bien de la discusión, que tal cosa es posible.
Podría parecer que, si tal serie existe, entonces tendríamos una explicación
para todas las cosas, justo como requiere el PRS, y esto sin afirmar la
existencia de un ser necesario. Pues cada ser contingente sería explicado por
algún otro ser contingente previo. Por tanto, no haría falta postular nada que
existiera de modo necesario. David Hume, como es sabido, saca precisamente esta
conclusión en sus Diálogos sobre la Religión Natural.
Pero se trata de una ilusión. En este escenario, no todo lo
que requiere una explicación es de hecho explicado. Hay varias maneras de
verlo, empezando con una consideración enfatizada por los filósofos
racionalistas Leibniz y Samuel Clarke. Incluso si hay una serie infinita de
seres contingentes, cada uno causado por uno previo, queda aún la pregunta de
por qué la serie misma existe en absoluto. Pues la serie es tan contingente
como las cosas contingentes individuales que la componen. Podría no haber existido,
así que: ¿por qué existe? 2
A veces se dice que hay algo ilegítimo en esta pregunta,
pero los motivos que se dan para pensar esto no son demasiado buenos. Por
ejemplo, se suele sugerir que la pregunta descansa en una falacia de
composición. Si cada piedra de una cierta colección de piedras pesa menos de un
kilo, no se sigue que la colección entera pese menos de un kilo. De modo
similar, si cada cosa individual de una serie es contingente, entonces (se
dice) no se sigue que la serie como un todo sea contingente. Pero como vimos en
el anterior capítulo, este argumento es muy malo. No toda inferencia de la
parte al todo comete una falacia de composición: que se dé tal falacia depende
del tipo de característica de las partes a partir del que estamos razonando.
Por lo que respecta al peso, no podemos razonar legítimamente a partir de lo
que es cierto de las partes hasta lo que es cierto del todo. Pero por lo que
respecta (por ejemplo) al color, sí cabe hacer una inferencia legítima desde la
parte hasta el todo: si todas las piezas de Lego de un montón son rojas,
entonces cualquier objeto que hagamos con ellas será también rojo.
Ahora bien, la contingencia es, en el sentido relevante para
nosotros, más como el color que como el peso. Tomemos cualquier cosa contingente:
una piedra, una pieza de Lego, un árbol, un ser humano, lo que sea. Una
colección de tres piedras es obviamente igual de contingente que una sola
piedra, y una colección de trescientas o tres millones de piedras es igual de
contingente que la de tres. De hecho, las colecciones son en cualquier caso más
obviamente contingentes que la piedra individual. La piedra individual es
contingente con respecto a cosas como, por ejemplo, que las leyes de la física
continúen funcionando de modo que los átomos que la forman no se disipen. Pero
la colección depende, primero, de que todas las piedras que la componen estén
reunidas justo de ese modo, y de que cada piedra individual exista porque las
leyes de la física siguen operando de tal modo que, por ejemplo, sus átomos no
se disipen. La colección es, por tanto, contingente por partida doble. Es una
tontería pretender, entonces, que cuando llegamos a la colección de todas las piedras que existen, o de todas las
cosas contingentes, de repente obtenemos algo que no es contingente.
Aún más, es sencillamente falso suponer (como Hume hace) que
cuando hemos identificado, para cada cosa contingente individual, otra cosa
contingente individual como su causa inmediata, entonces hemos explicado todo
lo que hay que explicar. Para tomar prestado un ejemplo de Leibniz, supón que
hay una serie infinita de libros de geometría, cada uno de los cuales fue
copiado de uno anteriorY. Tendríamos una causa inmediata para cada libro, pero,
como es obvio, no lo habríamos explicado todo. Por ejemplo, ¿por qué tiene la
serie de libros el contenido específico que tiene, en lugar de cualquier otro?
¿Por qué el tema del que se ocupan es la geometría? ¿Por qué no es, en cambio,
una de las obras de Shakespeare, o un libro para colorear, o un manual para
reparar coches, el que es copiado y recopiado infinitamente? Por el mismo
motivo, incluso si suponemos que la serie de cosas contingentes que forman
nuestro universo se extiende, de un modo u otro, hacia atrás hasta el infinito,
aún así no lo habremos explicado todo. Por ejemplo, ¿por qué consiste la serie
justo en esa clase de cosas contingentes, en vez de en cualquier otra? ¿Por qué
está formada la serie infinita de seres contingentes por piedras, árboles,
perros, seres humanos, planetas, estrellas, sistemas solares, galaxias,
etcétera? ¿Por qué no por otro tipo de seres contingentes? ¿Por qué está
nuestro universo eterno (suponiendo que lo sea) o la serie infinita de
universos (suponiendo que exista) o el multiverso (suponiendo que este es el escenario
correcto) gobernado exactamente por las leyes de la naturaleza que lo rigen, en
vez de por cualesquiera otras?
Para responder a tales cuestiones, necesitamos apelar a algo
que esté por encima y más allá de la serie de cosas contingentes, incluso si
suponemos que esta serie es infinita. Ahora bien, alguien podría aceptar esto
pero aún así pensar que no hace falta afirmar la existencia de un ser
necesario. Podría decir que hay en efecto una causa de toda la serie
contingente infinita que existe y que está fuera de esta serie, pero que es
ella misma contingente. El problema con esta propuesta, claro, es que dado que
tal causa es contingente, va a requerir una causa propia. Y si ésta es también
contingente, requerirá a su vez una causa propia, y lo mismo se cumplirá de
cualquier otra causa que sea contingente. Y si postulamos una serie infinita de
tales causas contingentes superiores, entonces simplemente habremos recolocado
el problema, en vez de haberlo resuelto. Estaremos explicando una serie infinita
de causas contingentes en términos de una segunda serie infinita de causas
contingentes superior. Y las razones por las que tuvimos que movernos de la
primera serie a la segunda se aplicarán igual a ésta, lo que significa que, si
seguimos queriendo evitar un ser necesario, tendremos que postular una tercera
serie infinita de causas contingentes para explicar la segunda, una cuarta para
explicar la tercera, y así hasta el infinito. Y en cada caso estaremos
meramente trasladando la carga explicativa, en vez de explicar nada. El mismo
motivo por el que la primera serie infinita de causas contingentes era insuficiente se aplicará a
la segunda, la tercera, la cuarta, y de hecho incluso a la infinita serie de
series infinitas de causas contingentes.
Por tanto como concluyeron los filósofos racionalistas como
Leibniz y Clarke, dado el PRS, no hay modo de evitar la conclusión de que hay
una causa fuera de la serie de seres contingentes que no es contingente, sino
necesaria: algo que por su propia naturaleza no podría en absoluto no haber
existido, y que por tanto no depende de ninguna otra cosa para existir. Nada
que fuera menos que tal ser necesario podría servir de término para el regreso
explicativo.
No hace falta, de todos modos, que uno proceda como Leibniz
y Clarke, a saber, preguntando por la causa de la colección de cosas
contingentes como un todo. Uno podría proceder, en cambio, como sigue.
Supongamos una vez más, por el bien de la discusión, que la serie de cosas
contingentes se extiende hacia atrás infinitamente, se describa esto en
términos de un universo eterno, de una serie de universos, de un multiverso o
de lo que sea. Aún así tenemos que preguntarnos, de cada cosa contingente
particular, por qué sigue existiendo en cualquier momento en el que existe, en
vez de ser aniquilada. Esta no es una pregunta que se responda identificando la
cosa contingente que la generó en algún momento del pasado. Después de todo,
siendo contingente, no hay nada en su naturaleza que implique su existencia, y
esto es tan cierto ahora y en todo momento como cuando fue generada por primera
vez. Por tanto, dado que no hay nada en su naturaleza que pueda explicar por
qué existe aquí y ahora, ¿por qué lo hace?
Para explicar por qué existe aquí y ahora, pues, tendremos
que apelar, dado el PRS, a algo que cause su existencia aquí y ahora. Y si tal
causa es contingente, entonces tendremos que hacernos la misma pregunta acerca
de ella. Y el regreso de causas simultáneas que esto implica tendrá los mismos
problemas que el regreso de causas ordenadas temporalmente que la línea
argumental de Leibniz y Clarke considera. Es decir, mientras nos confinemos a
causas contingentes, acabaremos con un regreso causal infinito, y por tanto con
algo —la serie causal simultánea considerada como un todo- que requerirá, igual
que la cosa contingente particular con la que empezamos, una explicación
externa. El único modo de terminar con el regreso de explicaciones, y por ende
de satisfacer el PRS, es afirmando la existencia de una causa que exista
necesariamente, por su propia naturaleza, en vez de por alguna otra cosa. Y en
tal caso, habremos alcanzado esta conclusión no preguntándonos por una
explicación del universo como un todo, o de la serie de universos, o del
multiverso, o de nada de ese tipo. En cambio, habremos llegado a ella meramente
a partir de considerar la pregunta de qué explica aquí y ahora la existencia de
cualquier cosa contingente particular.
No hace falta decir que este modo de formular el argumento
recuerda a las pruebas aristotélica, neoplatónica y tomista presentadas en los
capítulos anteriores. Y uno podría tomar esos argumentos y el de este capítulo
como complementarios entre sí. El motivo de fondo por el que las cosas de
nuestra experiencia son contingentes, y por
ende requieren una explicación fuera de sí mismas —tanto respecto de su ser
generadas por causas precedentes como de su existencia continuada en todo
momento- es porque son mezcla de acto y potencia, están compuestas de partes y
sus esencias son distintas de su existencia. Y el motivo de fondo por el que
tales cosas requieren una causa es que de otro modo no serían inteligibles, y a
la luz del PRS sabemos que todas las cosas lo son.
Hay diversas maneras, pues, en las que podría desarrollarse
el núcleo central de la prueba racionalista. Podríamos proceder argumentando
que la colección de cosas contingentes que forman el universo (o el multiverso
o lo que sea) requiere ser explicada en términos de una causa externa. O
podríamos proceder argumentando que lo que la requiere es la existencia, en
todo momento, de cualquier cosa contingente particular. O (asimilando algunas
de las otras pruebas) podríamos argumentar que todo lo que es una mezcla de
acto y potencia o que está compuesto de partes o cuya esencia es distinta de su
existencia requiere, en todo momento, una causa. Sea como sea, la prueba
racionalista empieza con una defensa del PRS y muestra —por una o varias de las
vías descritas— que, dado el PRS, es inevitable reconocer que existe un ser
absolutamente necesario. Es decir, es inevitable reconocer que Dios existe.
PRESENTACIÓN INFORMAL DEL ARGUMENTO: FASE 2
¿Por qué deberíamos pensar que este ser necesario es Dios?
Considera en primer lugar que, a partir del hecho de que es necesario, se sigue
que existe de modo puramente actual, más que con potencialidades que han de ser
actualizadas. Pues si tuviera tales potencialidades, entonces su existencia
sería contingente con respecto a la existencia de algo que las actualizara, en
cuyo caso realmente no existiría de modo necesario. Por el mismo motivo, un ser
necesario no puede estar compuesto de partes de ningún tipo, pues de lo
contrario su existencia dependería de algo que las combinara, en cuyo caso, de
nuevo, no sería realmente necesario. Tampoco podría ser algo cuya esencia fuera
distinta de su existencia, pues entonces necesitaría una causa que le hiciera
existir, y por ende tampoco sería necesario. Por tanto, un ser necesario en
sentido estricto tiene que ser puramente actual, absolutamente simple o
no-compuesto y la existencia misma subsistenteS,
Ahora, vimos en los capítulos anteriores que, por principio,
no puede haber más de una cosa que sea puramente actual, absolutamente simple o
la existencia misma subsistente. Por tanto, si empezamos con la colección de
seres contingentes y llegamos a un ser necesario como su causa, sabemos que
sólo puede haber un ser necesario tal. O, si empezamos con la pregunta de qué
mantiene en la existencia una cosa contingente particular en cualquier momento
y llegamos a un ser necesario como su causa —y entonces vemos que, por el mismo
motivo, toda otra cosa contingente tendrá que tener en todo momento un ser
necesario como su causa conservadora—, entonces, dado que sólo puede haber un
ser necesario, sabemos que es el mismo
ser necesario el que es la causa de todos los seres contingentes. Aún más, dado
que este ser necesario es único, y aparte de él sólo existen seres contingentes
— todos los cuales, de nuevo, son causados por él-, podemos inferir que este
ser necesario es la causa de todo aparte de sí mismo.
Yendo más lejos, dado que, como vimos en los capítulos
anteriores, lo que es puramente actual, absolutamente simple o no-compuesto,
intelecto necesariamente existente y existencia misma subsistente son en
realidad una y la misma cosa alcanzada desde puntos de partida diferentes,
sabemos que el ser necesario que es la causa de todas las cosas contingentes es
dado que es algo puramente actual, no-compuesto, etcétera (de lo cual, de
nuevo, no puede haber por principio más de una cosa)exactamente la misma realidad
divina que fue antes alcanzada desde otro punto de partida.
Por tanto, todo lo que ya hemos dicho acerca de esta
realidad divina única en los anteriores capítulos —por ejemplo, que es
inmutable, eterna, inmaterial, incorpórea, perfecta, omnipotente, totalmente
buena, inteligente y omnisciente— se cumple para el ser necesario alcanzado por
la prueba racionalista. Pero que exista algo que es absolutamente necesario,
único, causa incausada de todo aparte de sí mismo, puramente actual, simple o
no-compuesto, la existencia misma subsistente, inmutable, eterno, inmaterial,
incorpóreo, perfecto, omnipotente, totalmente bueno, inteligente y omnisciente
es justo lo que significa que Dios existe. Por tanto, la prueba racionalista
nos conduce, igual que todas las demás, a la existencia de Dios.
UNA PRESENTACIÓN MÁS FORMAL DEL ARGUMENTO
Habiendo aclarado el núcleo general de este quinto argumento
a favor de la existencia de Dios, será útil de nuevo disponer de un resumen
presentado de modo más formal. Podría plantearse como sigue:
1. El principio de razón suficiente (PRS) sostiene que hay
una explicación para la existencia de cualquier cosa que existe y para el hecho
de que tiene los atributos que tiene.
2. Si el PRS no fuera verdad, entonces las cosas y los sucesos
sin explicación alguna o inteligibilidad serían extremadamente comunes.
3. Pero esto es justo lo contrario de lo que tanto el
sentido común como la ciencia descubren.
4. Si el PRS no fuera verdad, entonces no podríamos confiar
en nuestras propias facultades cognitivas.
5. Pero de hecho sí podemos confiar en estas facultades.
6. Aún más, no hay modo justificado de negar la verdad del
PRS y aceptar al mismo tiempo, de modo general, que hay explicaciones genuinas
en la ciencia y la filosofía.
7. Pero hay muchas explicaciones genuinas en la ciencia y la
filosofía. 8. Por tanto, el PRS es verdad.
9. La explicación de la existencia de cualquier cosa va a
encontrarse o bien en alguna otra cosa que la causa, en cuyo caso es
contingente, o bien en su propia naturaleza, en cuyo caso es necesaria; el PRS
descarta cualquier presunta tercera alternativa en la cual la existencia de una
cosa no sea explicada por nada.
10. Hay seres contingentes.
11. Incluso si la existencia de una cosa contingente
individual pudiera ser explicada por referencia a alguna otra cosa contingente
previa, que a su vez fuera explicada por otro miembro anterior, y así hasta el
infinito, el hecho de que la serie infinita como un todo existe quedaría sin
explicar.
12. Explicar esta serie por referencia a otra causa
contingente fuera de la serie, y entonces explicar ésta en términos de otra
cosa contingente más, y así hasta el infinito, meramente daría lugar a otra
serie cuya existencia quedaría sin explicar; y postular aún otra cosa
contingente fuera de esta segunda serie acabaría generando el mismo problema
otra vez.
13. Por tanto, ninguna cosa contingente o serie de cosas
contingentes puede explicar por qué hay cosas contingentes en absoluto.
14. Pero que hay cosas contingentes tiene que tener alguna
explicación, dado el PRS, y la única explicación que queda es en términos de
una causa que sea un ser necesario.
15. Aún más, el hecho de que una cosa contingente individual
permanece en la existencia en cualquier momento requiere una explicación, y
dado que es contingente, esta explicación tiene que estar en alguna causa
simultánea distinta
de ella.
16. Si esta causa es ella misma contingente, entonces
incluso si tiene aún otra cosa contingente como su propia causa simultánea, y
ésta, Otra más, y así hasta en infinito, entonces tendremos de nuevo una serie
infinita de seres contingentes la existencia de la cual seguiría quedando sin
explicación.
17. Por tanto, ninguna cosa contingente o serie de cosas
contingentes puede explicar por qué una cosa contingente particular permanece
en la existencia en cualquier momento, y la única explicación que queda es en
términos de una causa simultánea que sea un ser necesario.
18. Por tanto, tiene que haber al menos un ser necesario
para explicar por qué existen en absoluto cosas contingentes y por qué
permanece cualquiera de ellas en la existencia en todo momento.
19. Un ser necesario tendría que ser puramente actual,
absolutamente simple o no-compuesto, y la existencia misma subsistente.
20. Pero por principio sólo puede haber una cosa que sea
puramente actual, absolutamente simple o no-compuesta y la existencia misma
subsistente.
21. Por tanto, sólo hay un ser necesario.
22. Por tanto, es el mismo ser necesario el que es la explicación
de por qué existen cosas contingentes en absoluto y la causa de la existencia
de toda cosa contingente particular en todo momento.
23. Por tanto, este ser necesario es la causa de todo
excepto de sí mismo.
24. Algo que es puramente actual, absolutamente simple o
no-compuesto y la existencia misma subsistente tiene que ser también inmutable,
eterno, inmaterial, incorpóreo, perfecto, omnipotente, totalmente bueno,
inteligente y omnisciente.
25. Por tanto, hay un ser necesario que es uno, puramente
actual, absolutamente simple, la existencia misma subsistente, causa de todo
excepto de sí mismo, inmutable, eterno, inmaterial, incorpóreo, perfecto,
omnipotente, totalmente bueno, inteligente y omnisciente.
26. Pero que exista tal cosa es lo que significa que Dios
existe.
27. Por tanto, Dios existe.
ALGUNAS OBJECIONES REFUTADAS
Alguno podría rechazar este argumento precisamente porque es
presentado como un argumento racionalista, y esta corriente de pensamiento
—representada por pensadores como Descartes, Spinoza y Leibniz- se asocia con
tesis controvertidas como la doctrina de las ideas innatas y la pretensión de
que todo conocimiento se funda en verdades cognoscibles a priori o
independientemente de la experiencia sensible. Aún así, el argumento de este
capítulo de ningún modo exige aceptar todo lo que históricamente ha sido
defendido bajo la etiqueta «racionalismo», y ciertamente no presupone doctrinas
como las que acabo de mencionar. Es «racionalista» sólo en el sentido de que
rechaza la idea de que hay o podría haber «hechos brutos» inexplicables, y en
cambio entiende la realidad como completamente inteligible. Es decir, su
racionalismo consiste exclusivamente en su compromiso con el principio de razón
suficiente.
Pero es importante enfatizar que, incluso en este punto, el
argumento no requiere aceptar todo lo que ha sido defendido en nombre del PRS.
Por ejemplo, algunos filósofos contemporáneos suponen que las proposiciones
están entre las cosas que requieren una explicación según el PRS. Otros han
supuesto que el PRS exige que un explanans tiene que implicar lógicamente el
explanandum*. Pero no todos los defensores del PRS asumen estas tesis: los
filósofos tomistas, por ejemplo, las rechazarían*. Por este motivo, algunas de
las objeciones que se plantean contra otras
versiones del PRS no se afectan al modo en el que ellos lo
formulan.
Dicho esto, veamos una objeción común al PRS que pide que
consideremos la proposición que incluye la conjunción de todas las
proposiciones contingentes verdaderas. Dado que cada uno de sus componentes es
contingente, esta megaproposición es también contingente. En tal caso, sostiene
la objeción, la explicación de esta mega-proposición no puede ser una
proposición necesaria, pues cualquier cosa que esté lógicamente implicada por
una proposición necesaria es ella misma necesaria. Pero tampoco puede ser una
proposición contingente. Pues si lo fuera, entonces esa proposición contingente
formaría parte de la gran conjunción de proposiciones contingentes, lo cual
significaría que la mega-proposición se explica a sí misma. Pero ninguna
proposición contingente puede explicarse a sí misma. Por tanto (concluye la
objeción), la mega-proposición no puede tener explicación. Si
esto es así, entonces hay algo que carece de explicación,
con lo cual es PRS es falso,
Es fácil ver por qué esto sería un problema si estuviéramos
pensando en las proposiciones como objetos platónicos que existieran «ahí
fuera» en el mundo objetivo junto con las piedras, los árboles, los perros y
las personas. Igual que queremos saber de dónde han salido las piedras, los
árboles, los perros y las personas, también necesitaríamos saber de dónde han
salido las proposiciones, incluyendo la gran proposición conjuntiva que nos
ocupa. Pero las proposiciones son objetos abstractos, y como vimos en el
capítulo 3, para el realista escolástico esto significa que existen sólo en las
mentes que llevan a cabo la abstracción. No existen en un reino platónico,
igual que no lo hacen la triangularidad, la rojez u otros universales. Ahora,
para el tomista en tanto que realista escolástico, lo que necesita explicación
son los objetos concretos y sus atributos. Por lo que respecta a la
triangularidad, por ejemplo, una vez hemos explicado los triángulos
individuales concretos y las mentes individuales concretas (incluyendo la mente
divina) que retienen el concepto triangularidad, no hay nada que quede sin
explicar. La triangularidad no es una especie de tercer objeto que exista por
encima y más allá de los triángulos individuales y de las mentes, a la espera
de ser explicado después de éstos. Lo mismo sirve para las proposiciones:
cuando hemos explicado los objetos concretos y estados de cosas que las
proposiciones describen y las mentes (incluyendo la mente divina) que las
retienen, hemos explicado todo lo que hay que explicar. Las proposiciones no
son una especie de tercer objeto que exista por encima y más allá de éstos, a
la espera de ser explicado después.
También es fácil ver cómo la objeción podría ser un problema
si pensásemos en el ejercicio de explicar como en una cuestión de implicación
lógica. Pero el tomista no presupone que todas las explicaciones son así, ni es
plausible hacerlo. Como señala Alexander Pruss, «las explicaciones causales
científicas, en general, sencillamente no dan condiciones que impliquen el
explanandum»2. Esto es obvio en el caso de las explicaciones estadísticas, pero
también es verdad acerca de las no estadísticas. Por ejemplo, cuando explicamos
la órbita elíptica de los planetas por referencia a la influencia gravitacional
del Sol, no queremos decir que la existencia de esta influencia gravitacional estrictamente
implique que los planetas se moverán en órbitas elípticas, dado que podrían no
hacerlo si hubiera alguna influencia gravitacional que interfiriera. Lo que el
PRS requiere es que el explanans haga inteligible al explanandum, y no hay
razón para pensar que esto requiere implicación lógica.
Otras objeciones comunes contra el PRS son variaciones de
aquéllas dirigidas contra el principio de causalidad (por ejemplo, objeciones
humeanas según las cuales es concebible que algo podría empezar a existir sin
ninguna explicación), y fracasan por los motivos ya considerados en el capítulo
1. Las críticas que apelan a la mecánica cuántica son aún menos plausibles
dirigidas contra el PRS que contra el principio de causalidad. Pues queramos
decir o no que los fenómenos cuánticos excéntricos tienen una causa,
ciertamente tienen una explicación, dado que presuponen las leyes de la
cuántica, que los hacen inteligibles'2,
Tampoco le servirá al crítico simplemente plantear
rompecabezas extraños (como el de la gran conjunción de proposiciones
contingentes) contra alguna formulación particular del PRS (como aquéllas que
incluyen las proposiciones entre las cosas que han de ser explicadas). Pues,
por un lado, hay formulaciones del PRS que no hacen las presuposiciones que
abren la puerta a estos rompecabezas. Y, por el otro, como ya hemos visto, hay
argumentos a favor de la conclusión de que alguna versión del PRS es verdadera,
y de hecho que incluso los críticos del PRS lo tienen que presuponer. Estos
argumentos no se responden sólo con plantear puzles de este tipo. (Como señala
Della Rocca, alguien que intente utilizar la mecánica cuántica contra el PRS
aún nos debe una respuesta a la pregunta de dónde se supone que tenemos que
trazar la línea entre los «argumentos de explicabilidad» legítimos y los
ilegítimos, y por qué deberíamos ponerla justo ahí y no en otro punto). Por tanto,
la carga de la prueba no está en el defensor del PRS para mostrar que es
verdadero (aunque se trata, como he dicho, de algo que bien puede ser hecho),
sino en el crítico, que tiene que mostrar cómo puede rechazarse el PRS de modo
coherente.
Otras objeciones a argumentos racionalistas como el
defendido en este capítulo conceden el PRS al menos por el bien de la
discusión, pero niegan que la existencia de Dios se siga realmente del mismo.
Pues incluso si el PRS requiere que haya algo que exista de modo necesario, en
vez de contingente, ¿por qué (pregunta el crítico) tiene que ser este ente
necesario Dios? ¿Por qué no suponer que es simplemente el universo mismo? Pero
lo que ya ha sido dicho debería indicar dónde está el error con esta objeción.
Como hemos visto, lo que existe de modo necesario tiene que ser puramente
actual, simple o no-compuesto, etcétera. Pero el universo está sujeto a cambio,
cosa que implica que tiene potencialidades que son actualizadas y que, por
tanto, no es puramente actual; y tiene diversas partes, cosa que implica que no
es simple o no-compuesto. Por tanto, no puede ser un ente necesario. Y hemos
visto también por qué el ser necesariamente existente que es la explicación
última de la
existencia de las cosas contingentes tiene que tener el
resto de atributos divino Otras
objeciones resultan ser variaciones de aquéllas planteadas contra la prueba
aristotélica, la neoplatónica y la tomista, que ya hemos respondido en
anteriores capítulos. Démonos cuenta de que la más popular de las objeciones
—la de que «Si todo tiene una causa, ¿entonces qué causó a Dios?» es, si cabe,
aún menos efectiva contra la prueba racionalista que contra las demás. Pues,
por un lado, igual que el resto de argumentos, la prueba racionalista no
mantiene que fodo tenga una causa. Y, por el otro, mientras sí mantiene que
todo tiene una explicación, no hace ninguna excepción en el caso de Dios. Por
tanto, el crítico no puede objetar: «Si la existencia de Dios carece de
explicación, ¿entonces por qué no podríamos decir lo mismo de la existencia del
universo?». Porque la existencia de Dios no carece de explicación: la
explicación está en su propia naturaleza como aquello que es puramente actual,
simple o no-compuesto y la existencia misma subsistente. La existencia del
universo no puede explicarse en términos de su propia naturaleza, porque no es
puramente actual (dado que tiene potencialidades), ni simple (dado que tiene
partes), ni la existencia misma subsistente (dado que es tan contingente como
sus partes). Su explicación, por tanto, tiene que encontrarse en algo distinto
de él. La diferencia entre Dios y el mundo, entonces, no es que uno tenga una
explicación y el otro no, sino más bien que uno es auto-explicativo y el otro
no*. Y la diferencia no es arbitraria, sino que se basa en distinciones a las
que hemos llegado de modo independiente: entre lo que es puramente actual y lo
que es una mezcla de acto y potencia, lo que es simple y lo que es compuesto,
lo que es la existencia misma subsistente y lo que tiene una distinción entre
su esencia y su existencia.
Como en los anteriores capítulos, pues, las objeciones
contra la prueba racionalista fracasan, dejándonos con el éxito de un quinto
argumento a favor de la existencia de Dios.
Pero comprendamos estamos bien las cosas desde el ser en sí,
si lo vemos desde el para si es decir desde los fenómenos, las cosas resultan
contradictorias y aunque en la última fenomenología
del acontecimiento aceptamos los fenómenos saturados de Jean-Luc Marion esto no prueba que haya un ser en sí, en los fenómenos
vemos tanto azar y caos como orden y estos como tal no prueban nada, conectar
el ser en si con el ser para si es un acto de fe y es que el ser para si no dirá
su última palabra hasta el final de nuestra
meta historia es decir de nuestra existencia, nosotros comprendemos el ser pare
si como la nada porque es la inversión del ser en sí, pero para esto debe de
haber un ser en sí y para que lo haya se necesita de un acto de fe.
Nuestra atención, hasta el momento, ha estado centrada en la existencia de Dios, aunque hemos avanzado algunas tesis acerca de su naturaleza y de su relación causal con el mundo. En el siguiente texto aclarare estos dos últimos temas con más detalle. Esto nos va a exigir apelar a varios principios filosóficos generales, así que empezaremos por desarrollarlos. Acto seguido los utilizaremos para inferir, a partir de la naturaleza del mundo considerado como efecto, la naturaleza de Dios como su causa. Pero luego invertiremos todo estos principios para llegar al ser para sí y comparar los dioses andinos prehispánicos con el Dios cristiano dando cuenta del choque cultura que significo la conquista y la colonia y tratando de dar una salida muy distinta a la plantea Mareategui.